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Crítica

Imagen

Jaime Luis Martín

Artista muy a su pesar

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Publicado enLa Nueva España

   
Con la próxima jubilación de José Francisco Álvarez Busto (Avilés, 1952), licenciado en Ciencias de la Información, que formó parte desde el inicio, en 1980, del equipo de la Casa Municipal de Cultura de Avilés como Técnico de Publicidad y Diseño, concluye un ciclo y se pierde una imagen. Porque la imagen que proyectaba la Casa de Cultura y, a partir de 1992, el Teatro Palacio Valdés, en carteleras, calles y publicaciones, tenía el apellido Busto y respondía a un método de trabajo que unía, de una forma singular y extraordinaria, diseño y arte, como una promesa de una nueva y renovada plasticidad. El pop, el conceptual, la apropiación, el "collage", la fotografía, la poesía visual, todo sirve para sugerir, ironizar, criticar, atraer y poetizar estos "avisos", como los denomina el propio artista, auténticos artefactos de comunicación que sacuden la mirada y nos dejan perplejos, porque "el anuncio constituye -en palabras de Walter Benjamin- el ardid con que el sueño se impone hoy a la industria". Y, en el caso de Busto, sus sueños se imponen a la vulgaridad de imágenes que nos asaltan, cargando de significación cada cartel.
Su producción cartelística abarca desde la década de los setenta hasta nuestros días, más de cuarenta años de trabajo ininterrumpido, en los que ha conseguido que la mayoría de sus carteles no se consuman como cualquier anuncio y el mensaje, la metáfora, el concepto nos provoquen y sugieran como cualquier gran obra de arte. "En cierta medida los carteles de Álvarez Busto, -escribe Francisco José Montes- transmiten los momentos más potentes y vitalistas, más bellos y vibrantes del artista". En realidad, Busto resuelve el cartel tras asimilar la esencia de lo que anuncia, el concepto y lo concibe como una obra única aunque consciente de su reproductividad, si bien con trocitos de aura adheridos, lo irrepetible, una trama cercana.
Su trabajo fue, hasta los últimos años que incorporó tímidamente el ordenador, manual, con la paciencia y precisión de un joyero, un trabajo a fuego lento, deslumbrante en muchos casos, sorprendente en la mayoría, de gran impacto publicitario en todos. El dibujo, el collage, la fotocopia, el alfabeto de transferencia, la realización de maquetas que posteriormente se fotografiaban, conforman un universo visual que explora las tintas, el dramatismo de la imagen, la correspondencia analógica entre texto e imágenes, el lenguaje publicitario, los efectos visuales. En este sentido su obra puede compararse al maestro y gran diseñador Daniel Gil, con quien compartió, también, el interés por el diseño de portadas de libros, caso de las colecciones "La Caraba" y "En/torno" o la cubierta de la novela de Fernando Poblet "Tú serás Baudelaire", por citar algunos.
Por otra parte su obra pictórica, tan desconocida e inaccesible por su empeño en ocultarla, abarca diversas etapas, a una primera paisajística le sucedió un realismo fotográfico con influencia del pop-art, para más tarde decantarse hacia piezas de un cierto intimismo conceptual con claras referencias literarias. Cierto que el trabajo pictórico quedó sublimado por el diseño pero no es menos cierto que representa una singularidad en la pintura asturiana y merece la pena recuperarla en una exposición.
Busto es artista muy a su pesar, una leyenda entre muchos creadores y aquellos que lo conocemos; legendario, también, por su carácter, por su persecución del silencio, por negar su obra sin falsas vanidades, por su voluntaria marginación. Sus trabajos estimulantes y de gran lucidez, se encuentran conectados con las vanguardias, en su resolución y en la relación entre arte e industria, que estableció a lo largo de toda su trayectoria. Resulta, por tanto obligatorio, revisar, estudiar y exponer su obra, una labor que podría llevar a cabo el Museo de Bellas Artes de Asturias y la Casa Municipal de Cultura de Avilés, para situarla en el lugar que le corresponde en la historia del arte asturiano. Porque en esa historia José Francisco Álvarez Busto tiene mucho que decir, aunque él no quiera escucharlo.

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