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Crítica

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Javier Ávila

Lifefloor. Román Torre

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Foto by Fredy Fernandez


Aquellos que durante esas pasadas fechas hayan tenido el interés o fortuna de visitar la Iglesia de la Universidad Laboral, se habrá encontrado con la sorpresa de poder contemplar y participar de una de las mejores piezas que durante el recién clausurado año hemos podido disfrutar, tampoco se entiende que la programación de la misma haya sido tan corta y no se decidiese una prórroga de la muestra.

La versión de “Lifefloor” de Román Torre, evolución de una pieza mucho menor que en su día ya se presentara dentro de la exposición “Homo Ludens Ludens” en Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, en un momento en que se trataba de armar al equipamiento de un corpus discursivo de la mano de Erich Berger como Director Artístico, desafortunadamente su posterior renuncia interrumpe ese proceso. Esperemos que el inminente nombramiento de un nuevo director retome ese elemento intelectual del que tanto adolece el Centro, y tan necesario se hace para la comprensión del mismo por parte del público.

En esta ocasión se hace patente la experiencia acumulada por el artista en el terreno de la escenografía, mostrando un dominio y control del espacio, de la escala y la manera de construir los elementos, tanto a nivel visual como simbólico, dando forma a una instalación impecable en la que el sonido se convierte en pieza envolvente clave, resultando la mejor exposición que hasta el  momento se ha producido en este lugar desde que se diese un nuevo uso cultural y en el que hemos visto como otros artistas fracasaban ante la potencia y dificultad del mismo.

La proyección en el suelo del templo de un software desarrollado a partir de un algoritmo matemático, que genera una interrelación de los elementos en virtud de los movimientos que el público desarrolle sobre la misma, se completa con una pantalla situada en el lugar ocupado por el altar con los datos del propio software en tiempo real, mostrando con exactitud lo que está pasando en cada momento.

Hay algo que ya he comentado en otras ocasiones y que para mí constituye una suerte de justicia poética y no es otra cosa que el destinar el recinto histórico, repleto de símbolos fascistas del antiguo régimen, a usos culturales, a un espacio de libertad que devuelve a sus ideólogos aquello que tanto empeño pusieron en evitar. Ese mismo carácter simbólico se encuentra igualmente en “Lifefloor”, enfrentando la Razón Científica a la creencia, la superstición y lo justificado desde la fé de algunos, circunstancia comparable a determinadas legislaciones recientes, aprobadas “simbólicamente” pocos días antes de celebrar el nacimiento del “niño”.


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