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Juan Carlos Gea Martín

Superar a Frankenstein

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Texto del catalogo de la exposición Avatares de Laramascoto, del 5 de abril al 5 de mayo, en la galería Gema Llamazares

Desde la noche en la que Mary Shelley entrevió en su duermevela las imágenes de un cadáver humano volviendo a la vida y de un científico aterrado ante el ser que acababa de reanimar, nuestra imaginación cuenta los años agregándoles un “después de Frankenstein”. Aquella noche de junio de 1816 cristalizaba junto al lago Leman el mito crucial de los últimos dos siglos aunque, como todo lo engendrado en la imaginación, en su mayor parte estuviese compuesto de materiales tan viejos como la propia vida: Shelley había acertado a recoser en el cuerpo dividido de su doble-monstruo arquetipos inmemoriales (el del terror ante lo absolutamente otro, el de la revelación del monstruo que somos) para galvanizarlos con la chispa con la que echó a andar una criatura a la medida de un tiempo: el de la subjetividad hipertrofiada, la razón positivista, la tecnología científica, el capitalismo rampante, la inminente rebelión marxista.
Durante estos dos siglos, la doble-criatura de Shelley ha sufrido amputaciones, recibido prótesis, injertos y trasplantes; se ha multiplicado, se ha descompuesto y regenerado, ha servido a amos muy distintos, ha conocido versiones contradictorias, ha mutado bajo el influjo del marxismo, el darwinismo, el psicoanálisis, los totalitarismos, la radiactividad. Esa mutabilidad está en la naturaleza del mito. Como lo está su eficiencia, una persistente toxicidad viral que nos ha infundido una compulsión profunda a sospechar que los productos del laboratorio y la factoría (y, en el fondo, todo trabajo de nuestra imaginación más libre y subversiva) ocultan algo monstruoso, alguna violencia contra natura que, antes o después, habrá de revertir creación en destrucción.
Laramascoto nos han incitado a menudo explícitamente a ver monstruos en su obra, a enfrentarnos a ella como a un muestrario animado de seres deformes, híbridos y fabulosos. Sus entidades en proceso de mutación están modeladas a partes iguales por potencias que siguen operando desde los sustratos primigenios de nuestra naturaleza y nuestra cultura, pero también por fuerzas sociales, políticas, tecnológicas o psicológicas estrictamente coetáneas. Es verdad que su monstruosidad no provoca temor ni patetismo, sino esa mezcla de familiaridad y extrañamiento con la que las mitologías arcaicas y recientes nos fuerzan a reconocernos hoy con mucha más claridad en el rostro del replicante Roy Batty que en un personaje de Balzac o de Galdós.
Así ha sido, al menos, hasta ahora. Porque la obra de Laramascoto se ha ido distanciando progresiva pero decididamente de cualquier síndrome de Frankenstein y del fantasma de cualquier hybris prometeica en pos de algo tan radicalmente nuevo y a la vez tan radicalmente antiguo como la hibridación entre un trazo al carboncillo en un muro y una tableta digital. Sus seres semianimados sugieren cada vez menos casos clínicos producidos por un medio con el que mantienen una relación agónica, y sugieren cada vez más tanteos y ensayos de una nueva identidad colectiva e incluso de especie; planos (y planes) para unos seres capaces de convertir la pasividad y la lentitud de la evolución en revolución activa mediante un uso no culpable de la tecnología redimensionado a escala humana.
Laramascoto están ensamblando la iconografía de un neohumanismo capaz de superar el pesimismo tecnológico y cultural desde la humildad del hacer cotidiano, casi artesanal; capaz de cancelar el mito del creador faústico, solipsista y maldito; capaz de absorber la condena antropológica del monstruo-dentro-de-nosotros (la gran lección que, sin embargo, debemos preservar del siglo XX). Su arma es la sencilla praxis de quien se pone manos a la obra usando una tecnología de dimensiones humanas sin olvidar todo el material genético que, en sentido literal y figurado, nos ata a nuestros ancestros y al medio natural. De esa práctica artística, exenta de toda grandilocuencia pero capaz de forjar los balbuceos de una nueva mitología que entierre de una vez a Frankenstein, sale su humanidad mestiza: seres que intentan construirse y que se dejan construir con las manos en tiempos en los que no conviene olvidar que la monstruosidad más aterradora y alienante para el ser humano tiene dimensiones suprahumanas; ni siquiera ya el Leviatán: un engendro sin forma y de voracidad ilimitada que deja en mantillas a los dioses lovecraftianos. Contra ellos militan estos bocetos de una nueva humanidad en ciernes.



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