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Ángel Antonio Rodríguez

Aún quedaban flores

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Publicado en El comercio
Sorprendente y hermosa reaparición en el circuito expositivo asturiano de José Paredes (San Claudio, 1949), que ayer presentó en la galería Cornión una veintena de acuarelas recientes, originales y vibrantes, donde la singular vena surrealista del pintor ovetense ha dado paso a un lírico espíritu compositivo. Una muestra que, como reza en su título, recupera el sentido de la naturaleza para experimentar con la materia, el color y la forma, sin amaneramientos ni excesos.
Paredes es un clásico del arte asturiano que, en plena madurez, se percibe hoy más reposado que antaño, aunque igualmente intenso. Expositor habitual en salas y museos de la región desde mediados los años setenta, ha conjugado siempre los ingredientes expresionistas y surrealistas, aprovechando incluso ciertos recursos conceptuales, manteniendo un equilibrio entre cotidianeidad, compromiso y evolución que se expresa en una impronta muy personal.
Figuras anónimas y paisajes industriales cercanos a Magritte o Max Ernst fueron sus armas iniciales, lejos de las metodologías automáticas del surrealismo al uso. Durante años, más que impulsos del subconsciente, las obras de Paredes se han venido nutriendo de masas filiformes, ambigüedades y reflexiones dotadas de grandes recursos técnicos.
En Cornión expuso ya en otras ocasiones sus naturalezas muertas, que no eran más que excusas temáticas para homenajear instantes históricos y reinterpretar las iconografías clásicas. Registros metafísicos extraídos de la lectura y la pintura que mantienen un sólido proceso de investigación entre perspectivas, contrastes, dibujos y algunas combinaciones geométricas. Sus esculturas también revisaron las vanguardias, rendiendo tributo a la literatura y a la vida.
Pero, aunque esos ingredientes oníricos han llenado sus obras, hoy Paredes los envuelve en un diálogo que exprime la memoria y el juego de la mano de la naturaleza. Pintura diluida y dinámica que permite cruzar las líneas y los primeros planos, en composiciones constructoras de fantasías más o menos ocultas. Símbolos de un mundo que permanece aunque se desmorone donde, pese a todo, siempre vuelve a crecer la yerba. Nuevos lugares del misterio repletos de veladuras, caligrafías, luces, sombras y escenarios para escudriñar desde muy cerca.
Aún quedan flores en el imaginario artístico contemporáneo para decir más con menos, como hace este concienzudo pintor asturiano que sigue adentrándose en los límites de lo irreal, entre lo sensorial y lo material, al tiempo que permite analizar sobre estos pequeños papeles un lento proceso creativo, repleto de tensiones.

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