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Benjamin Weil

La arquitectura experimental de Alicia González-Lafita Pérez

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Texto del catálogo de la exposición Forados de doble trayectoria de Alicia González-Lafita Pérez en la Sala Borrón del 30 de Noviembre de 2012 al 31 de Enero de 2013

Para su exposición en Sala Borrón, Alicia González-Lafita ha optado por remodelar el espacio y crear un modelo a gran escala de una calle, cuestionando, al hacerlo, la idea misma de interior y exterior, con la artista obligándonos a adentrarnos en la sala y luego en el entorno inmersivo por ella creado, un entorno que combina una serie de fachadas translúcidas animadas sobre las que se proyectan imágenes quietas y en movimiento. Sobre la cabeza del visitante cuelgan unas piezas de tela a modo de ropa tendida, un rasgo típico de muchas ciudades del sur de Europa.
La fachada funciona como una pantalla entre el espacio público y el privado y las ventanas —y los balcones— actúan de intermediarios entre ambos espacios, permitiéndonos asomarnos a la calle, implicarnos visualmente en ella y, posiblemente, establecer contacto con la gente del exterior. Pero a su vez, las ventanas ofrecen una visión del espacio privado mientras proporcionan al exterior una vista del interior. Otro elemento de intimidad con que nos topamos en las calles de cualquier ciudad de un país cálido es la colada puesta a secar al sol. En muchas localidades españolas, las cuerdas de tender atraviesan la calle y la ropa flota en el espacio sobre las cabezas de los viandantes, como un vínculo de conexión entre los dos lados, entre las dos fachadas, entre los dos espacios privados que alojan.  
Esos son los elementos escultóricos a los que Alicia González-Lafita recurre para escenificar una reflexión sobre los efectos que la arquitectura y el urbanismo contemporáneos tienen en la estructura social, en la forma que las personas tienen de interactuar —o no— entre sí y en cómo conforman —o no— una comunidad cohesionada.
De hecho, en las últimas cuatro o cinco décadas, se han construido nuevos barrios en la periferia de las grandes ciudades, y algunos de ellos han sido sometidos a remodelación. Y todos revelan un cambio total en la forma de concebir el espacio privado y el espacio público y, por ende, en el uso que los habitantes de las nuevas comunidades hacen de ellos. La vida de calle ha desaparecido por completo: tiendas y bares han sido reubicados en los centros comerciales cercanos, siendo necesario utilizar el coche para desplazarse desde el hogar hasta el espacio comercial. Las grandes cristaleras con balcones han sido sustituidas por pequeñas aberturas, y las cuerdas de tender han desaparecido. La calle es un lugar de tránsito acelerado, en donde aparcar el coche o que simplemente no se pisa si existe un parking subterráneo dentro del edificio.
Deambulando por las calles de Vallecas, ese particular barrio de las afueras de Madrid, Alicia González-Lafita pudo comparar y contrastar la parte vieja y la nueva. En la nueva no había signos de vida callejera, lo que provocó en la artista una reflexión sobre la ruptura de los vínculos sociales y la desaparición del espacio público como lugar de interacción e intercambio puramente social o comercial. La transferencia de la calle al interior, como en el caso del centro comercial, ha hecho que deje de ser un espacio público. Cuando el espacio discurre entre tiendas, la gente ya no pasea tanto sin un propósito concreto como cuando ese espacio está entre viviendas.

La instalación ocupa el centro del espacio expositivo. Sin embargo, no podremos experimentarla realmente a menos que penetremos en ella. La consecuencia será que el espacio público, el exterior a la instalación y el interior de la galería, permanecerá seguramente vacío, mientras el espacio interior, con su representación del exterior —del espacio público— queda, de algún modo, privatizado. Su estructura es precisamente la de esa calle a la antigua usanza, sólo que esta vez, la calle ha devenido en escenario, casi como si indicara la necesidad de escenificar la acción del intercambio humano para que éste tenga lugar. Y, del mismo modo que las relaciones sociales tienden a reconfigurarse, los barrios históricos de las ciudades tienden a ser remodelados para proyectar la imagen de un espacio público que nunca existió. Y uno acaba concluyendo que, en cierto sentido, muchas viejas ciudades se asemejan, cada vez más, a parques de atracciones; o pensando en una ciudad como Las Vegas, en la que el visitante entra a un edificio para vivir la experiencia de la vida callejera de una ciudad lejana, algo de lo que The Venetian es el ejemplo máximo, con su réplica a escala reducida de la Piazza San Marco, góndolas incluidas. La instalación en Sala Borrón aspira a ofrecer una sensación parecida de ese mundo al revés.

Volcada en un primer momento en las artes visuales, Alicia González-Lafita prosiguió después estudios en el campo de la arquitectura. Fusionando los dos ámbitos creativos pone en pie algo que podríamos denominar «arquitectura experimental», siguiendo así las trayectorias de numerosos arquitectos que han recurrido a las artes visuales para llevar a cabo sus experimentaciones. De hecho, si la arquitectura suele funcionar por encargo y, por tanto, está más cerca de ser un servicio, el campo del arte permanece bastante abierto y, por consiguiente, se adecúa a ese tipo de empeños. Nos viene a la mente el trabajo extraordinario de Didier Fiuza Faustino, un arquitecto portugués con base en París, o el del dúo formado por Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio.

Esta mirada poética sobre el fracaso de la modernidad y los efectos de la cultura del automóvil en las relaciones sociales resulta más sugestiva aun en un momento en el que las redes sociales tienden a sustituir por completo la idea de la interacción humana directa, con unas consecuencias sobre nuestra existencia cotidiana que están todavía por cuantificar.  

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