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Jorge Fernández León

Cultura y pobreza: ¿Inversión emocional?

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Publicado en http://blogs.elpais.com/alternativas/2012/10/cultura-y-pobreza-inversion-emocional.html

Por: Alternativas


Estudios y acuerdos institucionales en todo el mundo, desde la UNESCO hasta la Organización Mundial del Comercio reconocen que no hay cambios que beneficien a la mayoría de la ciudadanía sin garantías y profundización de los derechos culturales. Ni sostenibilidad global y local posible sin una carta de garantías para que cualquier miembro de la comunidad disponga del derecho efectivo de acceso a los programas y servicios culturales básicos. Por eso, en un país como el nuestro en el que el número de españoles por debajo del umbral de la pobreza aumenta cada día, parece urgente que las instituciones culturales públicas afronten sus responsabilidades también frente a quienes menos tienen.
Hay quien cree que la pobreza extrema impide el interés por la creatividad o las artes. O que las artes acabarán convirtiéndose en un refugio para la inversión emocional de los más ricos, como sugiere el Informe sobre la Riqueza en el Mundo 2012, de las consultoras Capgemini y RBC Wealth Management. A mayor riqueza, mayor interés. Esa simplificación maslowiana hace mucho que ha sido pulverizada por la complejidad de los tejidos urbanos y las formas contradictorias de convivencia generadas en sus ejes y márgenes. La pobreza es la más brutal forma de exclusión, pero la obligación de las políticas públicas es la de impedir el crecimiento de esa brecha. Y la cultura puede ofrecer caminos para colaborar en la tarea. Algunas prácticas aquí y allí exploran esa relación posible.
La Asociación de Museos británica es una institución creada en 1930, que agrupa a más de 6.000 profesionales del sector, y que procura encontrar caminos nuevos para las prácticas de los servicios culturales básicos en su campo. Un artículo publicado en verano, como avance del número monográfico de su revista dedicado a los sin techo, y  a la relación que algunos Museos van desarrollando con las personas y colectivos sin techo de su comunidad, describe distintos programas de vinculación y colaboración, que incluso pueden significar vías de ingresos y de recuperación de la dignidad profesional y personal para sus participantes. Sostenibilidad, construcción de relaciones duraderas con ese nuevo tipo de usuarios, creación de confianza mutua, argumentos todos muy poderosos para constituir una estrategia con sentido de una organización de servicio público para la cultura.
En España también se ha explorado este diálogo de iguales desde distintas experiencias locales e incluso, con una mayor ambición, en el caso del Museo Nacional de Artes Decorativas, que hace dos años presentaba una iniciativa, ‘Diseño contra la pobreza. Una historia de superación’, de cuyo desarrollo presente, por desgracia, nada se sabe.  Ahora que, más que nunca, las instituciones buscan legitimidad, prestigio y recursos, no está de más pensar también en la urgencia de mirar afuera, hablar con quienes lo necesitan y establecer con ellos vínculos de largo alcance. La cultura, para los pobres también es un derecho, y una verdadera inversión emocional.

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