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Crítica

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Jaime Luis Martín

Morder la realidad

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Texto del catálogo de la exposición “Contexto” comisariada por Jaime Rodríguez y celebrada en el Centro Municipal de Artes y Exposiciones de Avilés del 3 de agosto al 1 de septiembre del 2012



En diciembre de 2008, el grupo activista ruso Vaina simuló el ahorcamiento de tres trabajadores asiáticos ilegales, de un gay y de una lesbiana, en un supermercado de la cadena Auchan para denunciar la política xenófoba de Yuri Luzhkov, alcalde de Moscú. Y más recientemente, como co-comisarios de la 7ª Bienal de Berlín, declararon que “todo artista que no cultive una posición política es tan sólo un decorador”, una expresión que trataba de romper la necesidad de influir en la realidad. Cuando la globalización enseña su cara más amarga y empobrecedora y el capital recorre el mundo como un fantasma sin rostro, desmaterializado, extremadamente violento, engreído y dispuesto a desposeernos de cualquier derecho, arrebatarnos los escasos reductos democráticos que nos quedaban y reducir lo público a una fantasía abocada a convertirse en parque temático, resulta imprescindible la apuesta por una estética de la resistencia, por un arte que transforme la mirada y abandone entornos decorativos, sumergiéndose en la reflexión y el conflicto, reivindicando aquello de lo que se avergüenzan o para lo que se encuentran incapacitados muchos políticos: la actividad política. En una viñeta de “El Roto”, un personaje sonriente alarga la mano para saludar al otro, un ciudadano anónimo que sentencia: “el candidato me saludo efusivamente pero lo miré a los ojos y vi que no estaba allí”. Esta distancia, alejamiento, ha terminado en vaciamiento.
Pero, ¿realmente existe alguna práctica artística que no conduzca a la complicidad con el poder? ¿resulta creíble una resistencia sin enfrentamiento con el mercado? y ¿no sigue el arte político teniendo muy mala fama como en 1970 indicaba Margaret Harrison? Aunque estas prácticas culturales combativas hunden sus raíces en los años sesenta cuando la eclosión de los
movimientos por los Derechos Civiles, las revueltas juveniles y contraculturales cuestionaron la autoridad y el poder establecido. Los colectivos artísticos surgidos en aquella década como Art Workers Collection (AWC) se involucraron en la denuncia de la guerra de Vietnam y en estrategias feministas, para ya en las décadas siguientes incluir otros temas como la colonización, el imperialismo, la política racial, el medioambiente, el SIDA, la identidad y el multiculturalismo. Todo ello desembocó en la Bienal del Whitney de 1993 – comisariada por Thelma Golden, John Hanhardt, Lisa Phillips y Elizabeth Sussman- que abrió sus puertas al compromiso político y social, promoviendo, con coraje y determinación, un discurso político que prevalecía sobre otras lecturas estéticas más abstraídas.
En la Documenta X (1.997), Catherine David recuperó la voz crítica del arte, separado de su contexto sociopolítico por una creciente mercantilización, con obras que desactivaban la utilización del arte para el consumo y el turismo cultural y lo rearmaban como un caudal de representaciones simbólicas que escapaban al dominio de lo económico. En todo caso se trataría de sustituir un arte vacío y vaciado de contenidos por estrategias de politización concretas. Y Okwui Enwezor planteaba en una de las cuatro plataformas que configuraron la Documenta XI (2002) el tema de la “Democracia No Realizada”, un foro que exploraba el desmantelamiento de los sistemas democráticos por las presiones del capitalismo global que pone el acento en las políticas liberales y en los derechos individuales frente a los colectivos, al tiempo que desecha al no consumidor: marginados, refugiados políticos e indocumentados. El fatalismo del arte en su acercamiento a la política resulta, como señala Gerardo Mosquera, como consecuencia de la búsqueda de su legitimación en los canales tradicionales. Pero ello no es óbice para que otros proyectos escapen a este destino, bien por su posicionamiento en entornos críticos de representación social, bien por su trabajo en la esfera pública, definida por Hanah Arendt, como un espacio de aparición, de visibilidad, o por reformular lo público fuera de las formas tradicionales de producción y distribución. En este último caso podríamos encontrar proyectos como Technologies To The People (TTTP) una empresa ficticia creada en 1996 por Daniel G. Andujar para desarrollar entornos críticos en la Red o el colectivo Critical Art Esemble que en sus inicios participó en sabotajes electrónicos y actualmente trabaja en recursos biotecnológicos y su uso con fines políticos.
Manuel Borja Villel, director del museo Reina Sofía, en unas declaraciones a Artforum sitúa entre los diez acontecimientos culturales más importantes del año 2.011 al movimiento de 15-M al apreciar el modo en que los indignados “propusieron nuevas formas de institucionalidad y replantearon la tradicional división entre privado y público, promoviendo en su lugar la noción de lo común”. Y el escritor y crítico Paul Ardenne, ha definido esta mirada a lo real en el arte contemporáneo como un «arte contextual» (Un arte contextual. Murcia,Cendeac,2006) y considera que el artista se convierte en un actor implicado en la problemática social que ha dado la espalda al arte por el arte y se encuentra ligado y comprometido con la realidad bruta.
Jaime Rodríguez, comisario de la exposición “El pretexto como contexto”, consciente de que las instituciones culturales se enfrentan a la paradoja de existir como espacio material pero con contenidos difusos, cuando no espurios, contempla la necesidad de un ejercicio de redefinición y reflexión. “Tal vez -señala- involucrándonos en la transformación y reclamando espacios en los que convencionalmente hemos participado. El arte tiene ahí una función también política que requiere de posicionamientos éticos evidentes”. En este sentido la muestra se estructura en cinco apartados: el contexto presencial y performativo (Mind Revolution, Tamara Norniella y Mariate García), el contexto lingüístico y pictórico (Juan Carlos Suárez y Nacho Suárez), el contexto del Hight Tech y Low Tech (Alberto Valverde y Sonia del Corro), el contexto de lo irrepetible (César Naves, María Pérez Gil, Jaime Rodríguez Y Sofía Santaclara) y, por último, el contexto interactivo (María Castellanos, Lucia Morandeira Novo y Laura Fernández Patiño) que intenta una aproximación a lo contemporáneo. Y si bien, éste es un posible recorrido, no cabe duda de que nos enfrentamos a unas prácticas artísticas que pueden describirse como colaborativas, en el sentido de que el artista abandona el principio de su autonomía creativa para negociar en diversas situaciones y con diferentes actores, articulando un nuevo relato social y político.
Y hoy más que nunca tenemos que tener claro que el arte no puede convertirse en una abstracción en busca de la belleza, merodear alrededor de juegos florales o geométricos y entretenerse con los fuegos de artificio, que podrán satisfacer al mercado pero lo volverán de una mudez insoportable. El arte tiene que morder la realidad, responder a la complejidad de una sociedad que demanda respuestas, pero también, preguntas, atender a las preocupaciones sociales, comprometer la imaginación en la construcción de otro mundo y acompañar a quienes gritan que “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”.

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