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Jorge Fernández León

El derecho a la conversación.Los derechos culturales en tiempos revueltos. Notas de trabajo(1).

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Publicado en http://aulaconsultoresculturales.blogspot.com.es/

El origen de estas líneas es la duda y la preocupación. Y las conclusiones, seguramente poco alentadoras, aunque no desesperanzadas, tienen que ver con la reflexión, tras las evidentes constataciones, de que para mucha gente preocupada por el derecho a la cultura y su traducción en estrategias, planes y prácticas, está pendiente una agenda que contemple la realidad nueva del escenario complejo en el que se moverán en España, en los próximos años, las políticas culturales. Constataciones reafirmadas además tras seguir, ver y oír los comentarios sobre los programas y debates de algunos de los últimos encuentros profesionales nacionales del sector (el caso de Pública II en Madrid, como ejemplo más reciente). Y que, para la elaboración de esa agenda pendiente, será necesario echar mano de procedimientos que contemplen con apasionamiento y rigor el estado de las cosas, reduzcan su complejidad a términos compartibles y propongan maneras de abordar, con miradas nuevas, una lectura de la realidad y un camino para mejorarla.


En esta nota se avanza una de esas herramientas posibles, próxima, eficaz y que no necesita de grandes decisiones sino del principio individual o, si es posible, colectivo de voluntad transformadora, la voluntad de ampliar la esencia del ser (1), en palabras del profesor Teixeira Coelho. Frente a tanta intención estructural formulada, tanta articulación orgánica y tal preocupación por lo totalizador, la respuesta posible desde cualquier meseta sólida construida en torno a los derechos culturales ha de añadir a las prácticas críticas y el rigor exigible, fórmulas de fluidificación de los procesos de mediación, labor que es compromiso principal para las instituciones culturales y para las organizaciones que defienden el derecho a la cultura. Por eso elijo para esta primera nota el mecanismo de la conversación,  uno de los caminos modestos que nos acercan a esa tarea compleja de construcción colectiva de esa ampliación de nuestra esencia, a la razón misma de las políticas de derechos culturales tal y como las entiendo. Y me propongo razonar brevemente los motivos y el sentido de esa elección.


Estas líneas son pues, al tiempo, aluvión de preguntas y expresión de una convicción: La de que si queremos afrontar a tiempo el verdadero problema de la legitimación de las políticas de derechos culturales que se han ido estableciendo en las últimas tres década en España, las públicas de las administraciones y las públicas de la comunidad, deberemos saber si no serían necesarios y urgentes cambios estructurales que afecten tanto a nuestras maneras de comprender y aprehender esa complejidad, como a las formas de afrontar las tareas que permitan que ese proceso de legitimación encuentre espacio entre las estrategias de cambio global, que atravesarán la vida cívica en el futuro inmediato.

Y que, además, si buscamos que la tarea principal de esas políticas colabore sustancialmente a la profundización de los procesos democráticos, no podemos aceptar que sus enunciados y prácticas estén presididos por principios decididamente conservadores, y por la aceptación de las reglas que las grandes operaciones  de coerción y disciplina del pensamiento ciudadano vienen estableciendo en este campo. Como señalaban en su documento ‘Deslumbrados por la democracia’ (2)los miembros del colectivo Fundación de Realidades Avanzadas hace unos años, no es fácil de soportar la idea que un político español en activo, Aleix Vidal Cuadras, expresaba netamente, cuando afirmaba: “El espacio es de todos. No se puede pisar”

Mi preocupación es, creo, compartida por quienes tienen ocasión de percibir de forma global el desarrollo de la complejidad en la gobernanza mundial y sus efectos en el campo de la cultura. Esta (larga) cita que incluyo a continuación de un difundido trabajo de Jordi Pascual (3) destila una sensación muy similar a la que resulta de cualquier reflexión independiente en torno a lo que está ocurriendo en nuestro país en los últimos años. Incluso antes de que la crisis y el miedo permitieran a muchos Gobiernos locales españoles detener abruptamente cualquier signo de avance hacia una cultura transversal y esencialmente transformadora, con el pretexto de los “necesarios recortes para preservar el estado de bienestar”, como se describe ásperamente por sus ejecutores.

Dice el texto que “Por lo tanto, no debe sorprender que exista un miedo a que la cultura pueda perder su autonomía y el contenido crítico que constituye su propia esencia. Un ejemplo de este miedo a su instrumentalización es el texto European Cultural Policies 2015. A Report with Scenarios on the Future of Public Funding for Contemporary Art in Europe, de iaspis & eipcp [2005]. Hay miedo a “atontar” la cultura en una aplastante societé du spectacle (Guy Débord) que esconde la desigualdad y utiliza la cultura como el “ultimo recurso” (George Yúdice), que nos invita a “divertirnos hasta la muerte” (Neil Postman).Algunas estrategias culturales elaboradas por ciudades europeas durante la última década siguen este paradigma de instrumentalización; por supuesto estas estrategias no utilizan esta peligrosa palabra, pero un análisis de los programas y las acciones que priorizan, o una evaluación de las acciones implementadas (varios años después, si es que llegaron a llevarse a cabo) a menudo muestra el éxito de este paradigma, a costa de otros programas que pudieran promover el acceso a la cultura y la participación cultural. Los derechos humanos raramente se tienen en cuenta cuando una ciudad elabora una estrategia cultural.” (Pág.12)


Desde este punto de partida, mis apuntes para conversar no incluyen la totalidad de los campos de la meseta o plano del trabajo cultural, ni están estructurados conforme a proceso previo alguno, sino que solo reflejan mi experiencia autocrítica.  Vamos con ellas.

1.                  Un problema del país: La financiación de lo local y sus crisis afectará profundamente a la continuidad de las prácticas culturales de las instituciones locales en los próximos años. Un problema de ciudad y un problema de cultura: Desde donde partir. ¿redes de ciudades o redes de ciudadanía? El desafío de la ciudadanía cultural de la próxima década.





Son infinidad el número de proyectos culturales de distinta dimensión y rigor los que están hoy en peligro de desaparición. Muchos de ellos en el ámbito local. La mayoría de las situaciones críticas responde a la debilidad del posicionamiento de esos proyectos en su propio entorno. Y en los debates sobre su supervivencia ninguno de los argumentos relativos a los derechos culturales de las comunidades, a los valores transformadores que teóricamente conllevan o a la viabilidad económica real de los mismos está siendo utilizado como base de defensa. La ciudadanía local, invadida por el miedo a la pérdida de valores más urgentes que los simbólicos que representa sobre todo la cultura, no reacciona salvo en casos excepcionales, para mostrar su simpatía en favor de la continuidad de los mismos. Bastantes de entre ellos están seguramente participando en red con otros proyectos similares en otras ciudades y su capacidad para desarrollar partenariados está suficientemente demostrada. Pero su sostén, basado en esas redes institucionales, se tambalea como su prestigio, al no haber establecido en su entorno un diálogo suficientemente comprometedor con la civilidad más próxima.

Puede que, en el caso de la cultura, al menos, sea urgente debatir si no será necesaria para la supervivencia la constitución de redes de ciudadanía que amplíen la defensa de esos programas, en la medida en que sus contenidos apunten netamente a la consecución de derechos democráticos básicos percibidos por la gente.

Estos casos de proyectos en estado crítico de supervivencia, también revelan a las claras el relativo fracaso de la convicción- formal- de que las instituciones públicas han asumido que las políticas culturales deben cumplir un papel esencial entre las herramientas de profundización de la democracia deliberativa. O, al menos, nos encontramos con que una gran parte de los responsables políticos de las instituciones, contrarios a esa tesis, están aprovechando al máximo las condiciones favorables para eliminar cualquier posibilidad de que eso ocurra en los próximos años.


2.                 La profunda debilidad estratégica del sector y de sus representantes y sistemas de representación.

 Asistimos a un previsiblemente largo periodo de crisis. Crisis entre los creadores, cuyas generaciones no consiguen ponerse de acuerdo en una agenda común de derechos y soluciones a sus problemas profesionales o autorales; crisis de la distribución y de los modelos de negocio de la cultura, crisis de legitimación y de los papeles de los intermediarios públicos y privados. Tampoco el papel de las y los profesionales responsables del diseño, la ejecución y la crítica de los planes y acciones culturales deja en muy buen lugar nuestra capacidad prospectiva de la realidad, de la que constantemente se habla en los manuales de buenas prácticas. No acertamos en los protagonistas, en los caminos y estrategias. El estado de las cosas y las respuestas hasta ahora dadas por quienes componen  elcapital cultural activo del país, conforme a la conocida definición de David Throsby, hacen crecer mis dudas respecto a esa convicción de que estamos en la primera fase de la autoorganización civil de la cultura que algunos pronostican. No importa que excelentes documentos de Naciones Unidas, como el coordinado por Jeffrey Sachs (4), nos dibujen un panorama en el que ese compromiso estratégico es imprescindible para afrontar el difícil futuro del mundo con posibilidades de éxito.

3.              La transformación de los modelos de consumo y participación, y la percepción escasa de esos cambios ha traído ya al sector cultural una parálisis propia de la primera fase de una crisis estructural, cuyo escenario hemos de poder discernir y evidenciar de inmediato.

Si la crisis y las profundas transformaciones están siendo vividas intensamente en la cadena de producción-distribución-consumo, en el caso de las instituciones públicas destinadas a la implementación de estrategias y recursos para las políticas culturales se detecta un estado de confusión y duda, que lleva más hacia la quietud o la melancolía que hacia la reflexión transformadora. Los ejemplos son evidentes: La voluntad expresa o implícita de confirmación de la legitimación social del servicio cultural como servicio público de interés general, y de sus tareas como parte de la constitución de una cadena de derechos ligados a la cultura, no están en las agendas del día a día de la política local. Y eso a pesar de las indiscutibles voluntades expresadas en esfuerzos como la Agenda 21 y la constitución y dinámicas de la organización internacional Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), que agrupa a una mayoría de los entes locales del mundo.

Tras la aprobación de los documentos de desarrollo de la Agenda 21 por el Grupo de Trabajo de Cultura de la CGLU en 2006, esos materiales circulan entre Corporaciones locales comprometidas formalmente con la citada Agenda. El mejor ejemplo de la escasez de respuestas prácticas puestas en marcha desde Ayuntamientos, mancomunidades o Diputaciones es el simple comentario descriptivo, contrastado en la realidad española, del cumplimiento o importantes. Repasando las carencias tomamos conciencia del verdadero estado de las cosas. Por ejemplo:

Son demasiados pocos los líderes políticos locales que en España asumen y dirigen las estrategias culturales o intervienen en ellas. Ni tampoco se implantan en el conjunto de las estructuras municipales mecanismos que respondan a la asunción de los principios establecidos en la Agenda. Ni ocurren nuevos procesos significativos de participación cívica en materia de corresponsabilidad, formulación o crítica respecto a las políticas culturales. Ni tampoco el diseño de los planes de ciudad contempla generalmente los asuntos culturales más que de una forma testimonial, siguiendo sus responsables alejados de las tareas de planificación urbana más significativas para el futuro de los vecinos.

Los mecanismos de comunicación con la ciudadanía y el reconocimiento de las demandas de la comunidad no parecen reflejarse más ni en los programas ni en las prácticas de las instituciones. Tampoco son muchos los técnicos y expertos incorporados como garantía de mejora de la calidad de la acción cultural institucional.

La integración de las políticas de la comunicación y la cultura en un solo bloque estratégico, conforme a lo recomendado en la Agenda 21, no se lleva a cabo y los casos de restricción de la libertad expresiva local se incrementan. Las necesidades formativas se restringen y la circulación vertical, entre Gobiernos territoriales sigue sin tener fórmula ni guía, no contando tampoco todavía con indicadores culturales consensuados ni con una agenda de intercambios internacionales o una política de colaboración o buenas prácticas.
Eso nos lleva a la siguiente pregunta:

4. ¿Pueden entonces considerarse las políticas culturales cercanas, las de las ciudades que conocemos, como insertas en el ámbito de la “gestión dinámica” o en los postulados de la Agenda 21?
De las recomendaciones contenidas en el documento “Consejos sobre la implementación local de la Agenda 21 de la cultura” podríamos examinar en cuantos de los muchos municipios españoles formalmente adheridos o participando en procesos ligados a la citada Agenda, encontramos o bien las condiciones más arriba mencionadas de comportamiento en su estrategia o las denominadas “herramientas específicas”, aquellas que se refieren a la estrategia cultural local, la carta de derechos y responsabilidades culturales, el Consejo cultural y los procesos de evaluación del impacto cultural. Y sobre todo a qué se deben las pantomimas del cumplimiento formal de algunos de los puntos citados  en muchos de ellos (estoy pensando por ejemplo en Santander, por no citar mi propio Ayuntamiento).

Si somos rigurosos veremos como en casos como el citado, las formalizaciones de las estrategias culturales nacen principalmente para  vestir las condiciones necesarias para responder a la convocatoria de la Capitalidad Europea de la Cultura para 2016. Y aún siguen vivas pro puros motivos de táctica política. No quieren dar su brazo a torcer. Lo mismo podríamos decir de Cáceres, Valencia, Oviedo o Málaga, por mencionar algunos disfraces parecidos que, en cuanto se ahonda un poco, se revelan en su exigua desnudez de ideas y principios.

Por desgracia todo apunta a que aún hoy son muy pocas las excepciones y muy fuerte la regla de incumplimiento. No hay pues un número importante de ciudades españolas comprometidas con esos principios, poniéndolos en práctica (aunque sea con las limitaciones de los primeros pasos), disponiendo de Planes Estratégicos que sean algo más que documentos que se agotan en sí mismos, deliberando en torno a las cartas o compromisos de derechos culturales -que tan necesarios resultan para la ciudadanía y tan reconfortantes para los gestores, puesto que enmarcan y justifican sus buenas prácticas- , ni creando y haciendo funcionar órganos de consulta y debate, o, ¿por qué no?, decisión sobre las políticas culturales. Tampoco parecen percibirse procesos de análisis crítico y evaluación de las tareas que satisfagan mínimamente las condiciones establecidas en los Consejos antes mencionados, mediciones de los impactos culturales de las iniciativas estratégicas de las ciudades, ni formas de consulta ciudadana en las que la cultura tenga un papel activo y protagonista.

5.            No ha sido posible la generación de un modelo de sostenibilidad legitimado, en el que la creatividad/innovación nacida de la experimentación en todos los campos haya constituido un procedimiento aceptado y compartido por la mayoría de sus actores, en los campos de las rutinas de la gestión y los procesos de intermediación cultural.

Las acciones de las políticas culturales pueden estar guiadas objetivamente por propósitos dominantes de cambio o por propósitos y pulsiones principales de conservación (el “habitus” de Bourdieu). Y nuestra realidad es que, revisando retrospectivamente las políticas locales de las últimas tres décadas, nos encontramos con que, incluso aquellas que se dicen diseñadas para la inclusión de la creatividad en la vida ciudadana están creciendo, sorprendentemente, desde una perspectiva conservadora, temerosa y limitativa que impide el desarrollo de verdaderos procesos de cambio local.

Y la falta de estrategias de lanzamiento y consolidación de los procesos de cambio asociados a las tareas de las instituciones públicas, y por tanto al interés general, tras este largo período democrático, ha consolidado unas políticas desequilibradas con predominio claro de las políticas del patrimonio y de la difusión cultural, pero limitando o despreciando la necesidad de mecanismos de transformación que fueran innovando las prácticas de la cultura pública institucionalizada. Esa deriva, consolidada tras los 33 años de ayuntamientos democráticos, ha contribuido y mucho a la deslegitimación de los intermediarios públicos, políticos y gestores, frente a los colectivos más dinámicos de la cultura activa en las ciudades. Y esa pérdida de reputación, como establecen las reglas del mundo digital, puede ser fatal para el futuro.

6.              La idea del cuarto pilar de la sostenibilidad (5), es un argumento excelente pero está muy lejos de haber alcanzado el corazón de las prácticas políticas de nuestras ciudades.
 La idea del cuarto pilar de la sostenibilidad es un elemento de gran importancia a la hora de argumentar sólidamente  en favor de la cultura como valor y como derecho universal. Pero como ocurre con el resto de las ideas apuntadas para la mejora de la legitimación de las políticas culturales locales (y autonómicas y nacionales, podríamos añadir) como elementos transversales, integrados en las verdaderas planificaciones estratégicas del territorio, ha de poder responder a la pregunta de dónde está el peso de la cultura en el dimensionamiento estratégico de las ciudades, y cuál es su objetivo último en ese contexto.

Y mejor que argumentar las condiciones precarias del estado de la cuestión, creo que no sobra citar a Philipp Dietachmair, que en la introducción de la ya citada “Guía para la Participación ciudadana…” (pág.7) avanza sus prevenciones sobre el estado real de las cosas hace muy pocos años, y, aun conservando un tono positivo respecto a lo ya conseguido afirma cosas tales como que “…Sin embargo, no ha tenido lugar un intercambio comparado de los conocimientos puestos en práctica, ni una promoción amplia de los mecanismos para asegurar la participación ciudadana en la toma de decisiones culturales a nivel local aplicados a un nivel europeo general (especialmente entre el Este y el Oeste). Sin duda su texto no hace referencia específica a la tesis del cuarto pilar, pero el espíritu de la Guía, su origen y su desarrollo sí tienen esa idea, por lo demás como digo, esencial, como marco adecuado para su argumentario.


7.                 Los Planes Estratégicos de cultura surgen casi siempre de factores casuales que los hacen posibles pero dependen en demasía de liderazgos temporales.

Tanto en este punto como en el siguiente tomo como referente crítico la lectura del excelente trabajo recopilatorio que Félix Manito (6) viene haciendo en torno a los Planes estratégicos y a las Ciudades creativas. En los casos de buenas prácticas podemos ver cómo las iniciativas de puesta en marcha son en muchas ocasiones el resultado de las capacidades de un alcalde o alcaldesa, un concejal/a, un gestor con influencia que inician, por su experiencia previa en otros campos, la tarea de poner en marcha Planes estratégicos en materia de cultura. Pero, vistos hasta ahora los resultados, podemos afirmar que la implantación y el desarrollo de los mismos dependen en demasía de liderazgos temporales y que, salvo excepciones, el cuerpo estratégico de cada uno de ellos no ha sido capaz de integrarse en los núcleos duros de las políticas municipales, ni de hacer a los responsables de los servicios culturales convertirse en parte del cuerpo planificador del futuro de las ciudades.

8.                 Planificación cultural frente a espacio público.

Conforme a la idea sugerente que ya Eduard Delgado planteara hace más de una década de “planificación cultural contra espacio público”, (como tantas de las suyas por desgracia tan solo sugerida y no desarrollada posteriormente por otros investigadores culturales en los correspondientes documentos críticos), ¿cuántas de las políticas culturales nacen contando con los activos del espacio público ya ocupado por la cultura viva y cambiante del lugar, y cuántas con el estigma del control político o de la hegemonía cultural como máximos objetivos?

Muchas veces las tareas de planificación cultural hacen que las políticas, los planes y programas nazcan como contraposición o como imposición sobre un espacio cultural público preexistente, negando su valor o su preminencia, y condenando al espacio público cívico no institucionalizado a una labor subalterna. Por eso resultan tan artificiosos a veces los Planes Estratégicos, a pesar de sus complejas ceremonias de representación de la participación local, y sus constantes citas a la democracia activa y participativa.

9.                 ¿Cómo hacer entonces que un propósito estratégico en este campo sea algo más que papel mojado?
Es en esta dirección en la que avanzo una propuesta. Muy simple pero sin duda compleja en su ejecución. Sin nuevos avales necesarios de las instituciones (ya las condiciones del trabajo, los objetivos y herramientas han sido suficientemente descritos en los numerosos documentos de instituciones internacionales a los que estamos adheridos) y viralmente posible, si se dieran las condiciones de inteligencia necesarias.

10. La cultura de la conversación y la conversación de la cultura.

Entre las formas posibles de abordar la agenda pendiente, una, la de la conversación, se me viene constantemente a la cabeza. En la literatura en torno al trabajo de comunicación de las organizaciones culturales es frecuente encontrar el término “conversación” aplicado a la manera más eficaz de abordar el trabajo con los usuarios más dinámicos, los que comúnmente denominamos prosumidores. Conversar entre iguales, dialogar más allá de los desacuerdos, avanzar en la comprensión de las percepciones de los otros.

Hace casi cuatro siglos, durante la transición a la modernidad en algunos países europeos se desarrolló el formato cultural de los salones, en los que el diálogo entre diferentes permitía procesos inimaginables doscientos años después: conversaciones entre mujeres y hombres emancipados, de procedencias sociales muy distintas y con opiniones encontradas, que aceptaban la posibilidad de esos diálogos para comprender mejor su entorno, como magistralmente describe en sus libros la investigadora Benedetta Craveri(7). Ese diálogo, que muchos pensadores han reclamado para sus respectivos tiempos, desde Montesquieu a Richard Sennett, por citar dos bien diferentes en el origen y el campo de acción social, y que en nuestro espacio digital parece a veces que puede sustituirse por la limitada capacidad de las redes, condicionadas por múltiples constricciones que impiden los diálogos profundos y la intensidad de los desacuerdos. 

El antropólogo Philip Slater, en su conocida obra ‘The pursuit of loneliness’(8) desarrollaba hace más de dos décadas una tesis similar respecto a las maneras de afrontar los cambios necesarios en las culturas estadounidenses: Era (y es) necesario desarrollar un incesante intercambio de pareceres con la diversidad de nuestro entorno para poder encontrar las salidas desde las conversaciones entre iguales, para evitar el predominio de los atributos de dominación que articulan constantemente las relaciones de poder, y que mantienen la persistencia del silencio de los subalternos, y en definitiva el continuado intento de imposición del discurso dominante. Y ese mismo término, traducido a reflexiones sobre la acción emancipadora, encuentra en los textos de Jacques Ranciere (9) una significación clave. En sus propias palabras “La inteligencia colectiva de la emancipación no es la comprensión de un proceso global de sujeción. Es la colectivización de las capacidades invertidas en las escenas de disenso”(2010, pág.52).

Pero sin irnos tan lejos, acercándonos a las fuentes de referencia de este trabajo, las propias Naciones Unidas mantienen desde hace unos meses un programa, “Rio+20, el futuro que queremos”(10), que desde su origen hace mención a la conversación como mecanismo adecuado para afrontar el desarrollo de las propuestas de los Objetivos del Milenio. Dialogar para avanzar, y hacerlo en toda su complejidad y dificultades, como mejor forma para poder incorporar a la vida política, económica y social, a los compromisos de gobiernos y comunidades, la conciencia primero y la convicción después de que las transformaciones necesarias para una cultura mundial de la sostenibilidad, del reequilibrio social y de la consolidación de los derechos individuales y colectivos, necesita de procesos pautados y pactados en los que ese mecanismo de la conversación sea el hilo conductor y el procedimiento sistemático.

No se me ocurre que, ni por el espacio limitado de esta nota ni por mis propias limitaciones, pueda desarrollar aquí un asunto de tanta importancia con suficiente rigor y referencias. Pero creo que en las actuales circunstancias de la vida cultural española, el de la conversación sería un camino que hemos de explorar a fondo. Y trato de explicar por qué.

En los puntos anteriores he pretendido mostrar cómo, pese a la existencia evidente de razones y referencias internacionales, los caminos del desarrollo de políticas culturales capaces de ejercer un papel transversal en la realidad cercana, la local, están lastrados por multitud de realidades que tercamente niegan esa posibilidad. Ni hay una clase política consciente de la fuerza y la importancia de esa cultura fluida, que hace más permeables los procesos en distintos campos de la realidad social de las comunidades, ni entre los dirigentes económicos y sociales se percibe que los valores transformadores que los derechos culturales ofrecen sean deseables para sus objetivos a medio y largo plazo, ni los actores principales de la cultura, creadores, distribuidores, intermediarios y usuarios, perciben de forma nítida la urgencia o la prioridad de hacer real lo que está en el papel. Como dije antes, creo de verdad que son excepción las Corporaciones Locales que, habiendo firmado y confirmado sus compromisos para con la Agenda 21 de la sostenibilidad y la cultura, tienen intención real de llevarlos adelante (y, por desgracia, son cada vez más incontestables las señales de ese desprecio o desconocimiento, al menos en los lugares que conozco de nuestro país).

Así pues la creación de las condiciones para la aplicación de esos compromisos formales requerirá un tipo de soluciones y de mecanismos que no pueden dejar en manos de los actores tradicionales de las políticas culturales la solución del problema. Y, si somos conscientes de la necesidad de la incorporación de los nuevos actores sociales activos, esos prosumidores que generan sus propios espacios de diálogo pero que siguen desconectados de los mecanismos limitados de representación que la vida política y social mantiene todavía vivos, nuestra voluntad corre el riesgo de no encontrar procedimientos adecuados entre las formas habituales de trabajo de las instituciones.

Por eso los signos reclaman conversación y de forma inminente. Por eso las acciones que cuelgan de los Planes Estratégicos de Cultura no pueden seguir dependiendo de las rutinas que en ellos se definen formalmente: Hay que volver al principio. Y recuperar la ambición de los principios solo es posible ejercitando una transversalidad adecuada, que no necesariamente nace de la aplicación mecánica de esas rutinas, sino de la lectura inteligente de las cambiantes dinámicas que se entrecruzan en las vidas y las culturas locales en cada lugar.

Instituciones internacionales, comunidades y países han ido formalizando en este último medio siglo largo, seguramente de la manera oportuna, los conceptos básicos de la ciudadanía cultural para que su ejercicio pueda provocar una profundización en la dinámica democrática. Y también se ha hecho ese trabajo de definición y propuestas allí donde corresponde, en lo más próximo, en los municipios, los barrios, las comunidades. Y el acierto de estas estrategias resulta en un paisaje de lugares mucho más iguales cada vez, en territorios muy alejados en apariencia.  Y ahora, ante la situación crítica que atraviesan muchos de los derechos que creíamos consolidados, vemos que la legitimación de esos compromisos adquiridos exigirá repensar como defenderlos y actuar en consecuencia.

 La economía y la sociedad postfordista facilitan una fluidificación de las conversaciones entre iguales, y vemos cómo la similitud de los problemas estructurales, desde las dificultades para los plenos derechos de género hasta las crecientes desigualdades sociales y las quiebras y exclusiones de los procesos de digitalización comercializados, acercan a colectivos con ambiciones aparentemente diferentes. No podía imaginar hace dos años, por ejemplo, que un pequeño suceso cultural como el cese de un Director de un festival de Cine originara movilizaciones en la red y en la calle de la importancia de las que veo casi cada semana. Y movilizaciones no dirigidas por nadie, crecidas al calor de los iguales que se empoderan y son conscientes de ello.

Esas pequeñas cosas me hacen pensar que lo que Teixeira llama “disposiciones antihábitus”, esa disposición estética, filosófica y psicoanalítica, está creciendo entre comunidades desde distintos orígenes, de forma rizomática. Y quienes dedicamos nuestro tiempo a pensar o a trabajar en el campo de las políticas culturales tenemos que aprender de esos procesos, acercarnos a su origen y participar en sus a veces difíciles diálogos. Porque si nosotros no pensamos de otro modo nos veremos como el Angel Nuevo que citaba Walter Benjamin, mirando atrás y cegados por el viento de la historia.

NOTAS.
(1)     Teixeira Coelho, José (2009) El concepto de cultura en la política cultural. Apuntes del curso UOC/UDG/UIB. Pág. 27.También pueden encontrarse descripciones más detalladas del concepto en Teixeira Coelho, (2009) Diccionario Crítico de Política Cultural. Cultura e Imaginario. Gedisa Editorial, Barcelona.
(2)     Fundación Realidades Avanzadas RRAA (2007) Deslumbrados por la Democracia. Dvd/cd. Editorial Conservas.
(3)     Pascual i Ruiz, Jordi y Dragojević, Sajim con Dietachmair,Philipp (2007) Guía para la participación ciudadana en el desarrollo de políticas culturales locales para ciudades europeas.  Fundación Europea de la Cultura, Fundaciò Interarts, Asociación ECUMEST.
(4)     Sachs, Jeffrey D. (2005). Invirtiendo en el desarrollo: Un plan práctico para conseguir los Objetivos de Desarrollo del Milenio. www.un.org/millenniumgoals/
(5)     Hawkes, Jon. (2001). The fourth pillar of sustainability: Culture’s essential role in public planning. Cultural Development Network & Common Ground Press.Melbourne. Se puede consultar un sumario en http://www.culturaldevelopment.net/downloads/FourthPillarSummary.pdf
(6)     Manito, Félix (coord.) (2008) Planificación estratégica de la cultura en España. Ediciones y Publicaciones Autor. Madrid.
(7)     Craveri, Benedetta (2003) La cultura de la conversación. Ediciones Siruela. Barcelona.
(8)     Slater, Philip (1990). The Pursuit of Loneliness. American culture at its breaking point. Beacon Press.
(9)     Rancière, Jacques (2010). El espectador emancipado. Ellago Ediciones. Castellón.  Rancière, Jacques (2003) El maestro ignorante. Laertes. Barcelona.
(10)  UNO: Rio+20: The Future We Want. Consultado en la web el 03.02.2012.  Información adicional en la dirección  http://www.un.org/apps/news/story.asp?NewsID=40481&Cr=sustainable+development&Cr1

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