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Javier Ávila

El primer viaje. Irene de Andrés

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El primer viaje
Irene de Andrés
El Hervidero. Gijón
Hasta finales de Marzo de 2012.


Es significativo como cada vez con más frecuencia descubrimos obras y autores sumergidos en la construcción de un discurso que hunde sus raíces en las categorías estéticas instauradas en el Romanticismo, momento donde la experiencia estética supone una revelación íntima y sobrecogedora, significativo justo en un momento en que las tecnologías y los soportes electrónicos podrían aparentar una frialdad opuesta a estos sentimientos. Sin embargo las reflexiones vertidas en este tipo de piezas tienen la capacidad de desmontar este argumento, y liquidar de paso los presupuestos entorno a quienes opinan sobre el desvanecimiento del artista frente a la técnica.

“El primer viaje” título de la exposición que Irene de Andrés presenta estos días en El Hervidero tiene mucho que ver con todo ello. La delicadeza objetual y formal de sus obras tienen la capacidad de establecer una convivencia natural entre unos modos de hacer y los otros, existiendo una comunión perfecta entre una realidad virtual extraída de cámaras de vigilancia, o directamente de la red, con una serie de gestos repletos de referencias literarias que podríamos entender a priori completamente alejadas de las pantallas.

Ventanas privadas e intercambiables que muestran tras de sí, paisajes sugerentes emergidos de esas otras ventanas al mundo que encontramos al encender el ordenador o conectar una tableta digital. Ventanas desde las que observar el mundo, ocultos en la intimidad de nuestro refugio. Ventanas que, como indica Alfredo Aracil en el texto que acompaña la exposición y que guarda también un gesto en el formato de su presentación, funcionan como ojo colectivo y desde las que, gracias a la mística de lo técnico actuamos de espaldas a la memoria, en busca de un placer visual continuado.

Mapas de recorridos imaginarios, trazados por el relato y la imaginación. Mapas blancos que no representan nada, para poder dar cabida a todo lo deseado, a todo lo soñado. Mapas que dibujan su sombra sobre la pared, enmarcando las rutas posibles, todas la rutas. En el papel una pequeña inscripción, “ocean chart”, una carta náutica inaudita que nos lleva a aquellos viajes de Lewis Carrol gracias a los cuales también conocimos en su día otros mundos.

Viajes encapsulados en un documento burocrático como el pasaporte, trozo de papel indispensable para emprender determinadas rutas pero que difícilmente nos dará pistas de los caminos recorridos. Un documento que Irene de Andrés se empeña en incorporar al medio que se supone corresponde a la ilustración de otro viaje, encontrándose en un empeño imposible pues los recorridos ya son otros.

Imágenes descargadas e impresas digitalmente que sirven de soporte para travesías disparatadas en su incertidumbre, legadas de la mano y la mente de Friedrich, y de nuevo el individuo que busca lo sublime como meta inalcanzable.

Y el Mar, siempre el mar como referente de un destino oculto en su horizonte, en una distancia que escapa a nuestra vista, en proyecciones de lo captado por cámaras de seguridad que no captan nada, una línea de horizonte hacia la que perderse.

Entrar y descubrir la obra que Irene de Andrés ha desplegado en los muros de El Hervidero es una de esas experiencias que sencillamente te alegran el día y te hacen olvidar por un instante las problemáticas que todos arrastramos en nuestro quehacer cotidiano, atrapándote en ese “primer viaje” que representa y en el que te ves embarcado de inmediato.

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