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Ángel Antonio Rodríguez

Pinturas, instalaciones y vídeos de cinco jóvenes mexicanos, en la sala Espacio Líquido

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Publicado en El Comercio


En la película de Luis Buñuel ‘El ángel exterminador’ (1962) varias personas conviven en una habitación claustrofóbica, entre la necesidad de escapar fuera y el deseo de permanecer dentro. En cierta medida, cada exposición colectiva supone una ceremonia de confraternización donde los individuos estudian los límites y la manera de superarlos. Esas tesis y la condición de ‘encierro’, son algunas claves del proyecto de Ruth Estévez, que ha comisariado para Espacio Líquido la muestra ‘La periferia del círculo’, con obras de cinco jóvenes artistas mexicanos. La galería tiene la mirada puesta en varias ferias latinoamericanas y, con su pequeña sede de la calle Jovellanos (la sala ha reducido mucho su anterior espacio expositivo) pretende ahora abordar nuevos proyectos, bajo una suerte de estética relacional donde se transmutan los argumentos individuales viajando a otras direcciones posibles.
En el caso que nos ocupa se trata de piezas en distintos soportes, que aluden al eterno retorno de artistas formados en zonas periféricas, cuya pobreza ha sido, y aún es, la génesis de sus vivencias culturales, sociales y creativas. El círculo se toma aquí como una suerte de metáfora sobre esa (imposible) huída, y sobre la falta de recursos.
Edgardo Aragón presenta su serie ‘Efectos de familia’, un conjunto de videos sobre las estrategias del narcotráfico y el ejército, planteando recreaciones de esa frontera ‘doméstica’ que el propio artista tuvo que habitar cuando era niño. Ricardo Cuevas, en ‘Walking with the Ghost’, ironiza sobre una frontera simbólica, en formato pseudoliterario. El libro está vacío y su contenido se ha perdido para siempre. El fin del encierro nos lleva, de nuevo, hacia la soledad del principio.
El vídeo de José Jiménez Ortiz (‘El mapa no es el territorio’) atesora ritmos narrativos. Una joven trata de escapar en las calles de Monterrey, pero no lo consigue, atrapada en el silencio de la gran ciudad. No hay música, ni ruidos, sólo angustia y acongojamiento. Algo similar propone Begoña Morales en ‘La continuidad del lugar’, que en su caso ha escogido al espectador como protagonista de la historia. Reductos en forma de viviendas sociales, alegorías de los sueños imposibles que ofrece el gobierno local.
La obra central de la exposición son las composiciones de José Antonio Vega Macoleta, un cúmulo de dibujos de huellas que generan el micromundo de un preso y las frases percibidas durante sus caminos por la cárcel. Recorridos alienantes y claustrofóbicas espirales, de tragedias más o menos anónimas.


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