AJIMEZ ARTE

Crítica

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Jaime Luis Martín

Dando forma a lo informe

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Publicado en La Nueva España
Verónica Rubio Camín
Homenaje a mi padre
Del 3 al 27 de Febrero
Casa Municipal de Cultura de Avilés

La obra de Verónica Rubio Camín es el resultado de una sedimentación hiperrealista envuelta en silencio e irrealidad, una sobriedad que oculta una técnica depurada, perfeccionista y de exquisita limpieza, «donde parece -como señala el crítico Giancarlo Aprile- que cualquier elemento de más se volvería un intruso de una impertinencia insoportable». Pero, esta artista que realizó su primera exposición individual en la galería Módena (Madrid) en 1977 y desde entonces ha recorrido un intenso camino que le ha llevado de Roma a Santiago de Chile, de Nápoles a Ginebra, hija de la pintora Trinidad Fernández y del artista Joaquín Rubio Camín, ha conseguido un trabajo con una personalidad propia, a pesar de la alargada sombra de su progenitor, con el que siempre mantuvo un diálogo emocionado. De hecho dos piezas escultóricas de Camín -«Yunque» y «Pueblo»- de la colección de la Casa Municipal de Cultura de Avilés se encuentran en el centro de la sala, como eje evocador alrededor del cual gira la producción de la artista, produciéndose en el encuentro entre padre e hija una vibración complementaria, un fulgor creativo.

Pero estos relatos pictóricos se encuentran en el filo entre lo real y su disolución, entre lo maravilloso y lo cotidiano, entre la poética y la ficción, y reclaman una mirada sensible, anterior a este momento pos-histórico que nos ha vuelto unos descreídos, agotados tras el desmantelamiento de las vanguardias. Sin embargo, Verónica reconstruye minuciosamente la ilusión, provoca imágenes que se mueven entre el lirismo y la ironía, juega con el vacío y se acerca a los objetos con enorme delicadeza, se cuestiona y nos pregunta por la pintura como representación, afirma su voluntad simbólica y se entretiene en juegos, trampas para el ojo que toca el engaño de un realismo excitado, técnicamente impecable.

Las bolas, los hilos y las cuerdas se convierten en protagonistas de estas austeras narraciones que muestran un universo a partir de lo cotidiano, que deviene misterioso, atado a la tradición pictórica, como esas cuerdas que recorren el lienzo, que viene de lejos y van más allá, como esos hilos que cosidos a la pintura, de formas geométricas o sinuosas, reparan las heridas. Pero, también, están los objetos -bolas y copas- depositados sobre una extensa blancura llena de matices, blancos sobre blancos, y el rojo que, en algunos cuadros, salpica de intensidad la pureza. Pero encontramos en su pintura, además, los papeles rasgados que recuerdan los magníficos «collages» de su padre que realizaba con cartulinas de colores, consiguiendo, con mínimos elementos, paisajes, formas, sueños, con resultados de innegable calidad. Es una cuestión de contenido, de esencia, que a Camín nunca le faltó.

Verónica ha encontrado su sendero en el que despliega, como señala María Giovanna Musso, «la elegancia sobria y esencial de un universo etéreo y sin embargo palpable, ascético y sensual», pero sin renunciar a su raíces, escuchando la obra de su padre, pero manteniendo su identidad, dando forma a lo informe. Como siempre hizo Joaquín.



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