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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

Romper las normas

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Publicado en El Comercio

Gabriel Truan presenta su serie ‘Anomia’, con pinturas realizadas en los últimos tres años
Cuervos, nubes, encuentros y desencuentros, perros, costas, montañas, landas, tramas, un escudo, Holbein, ‘polaroids’, la pared… pretextos y contextos variopintos, para que Gabriel Truan encaje sus obras recientes dominando cada la escenografía, al margen de recursos formales, aspiraciones figurativas o vivencias no-representativas. Para el artista estos trabajos son, básicamente, «la vigilancia de aquello con lo que hemos de vivir». Tras la exposición que presentó en 2007 en la desaparecida sala Durero, Truan vuelve a mostrar su trabajo estos días en Gijón, de la mano de la galería Gema Llamazares.
En aquella ocasión, Truan reinterpretaba el famoso grabado ‘Melancolia (I)’ que Alberto Durero realizó en 1514. Y lo hizo con un inteligente conjunto pictórico inspirado en la atmósfera abrumadora del maestro alemán, aprovechando los recursos del sol, el ‘cuadrado mágico’ sobre el muro o la triste ambientación general de la conocida obra renacentista. Ahí Truan trataba de modernizar su simbolismo señalando que la melancolía no es hoy depresión ni desesperanza, sino ‘otra cosa’. Con ese propósito, alternaba figuración, abstracción, rigor dibujístico, serenidad cromática y certeras geometrías, conjuntando las piezas en un montaje en serie.
Ahora, aunque su metodología es similar, el eje de partida de su propuesta es el concepto de ‘anomia’, o sea, la ausencia de estructuras en la sociedad actual o, más bien, su incapacidad para proveernos de lenguajes y metas. Con esas premisas Truan propone una ruptura de las normas ‘al uso’, que no de las leyes. «Esta serie comenzó tal vez en la plaza de San Giacomo dall’Orio, en Burdeos o en Basilea», dice. «Se desarrolló en capítulos, con la necesidad del homenaje que implica hoy toda pintura; luz y sombra de frágiles límites, territorio acuciado por el error y la verdad, por el gesto que se acerca y se aleja de la superficie». La anomia se proyecta aquí al hecho propiamente pictórico, su propia multiplicidad, en un homenaje más o menos evidente a la esencialidad de la pintura, y a la necesidad de seguir defendiéndola con fuerza. Su objetivo es, en este sentido, ocupar un espacio casi vital, tal como afirma en el catálogo. «Desde la primera tela escrita a máquina hasta la saturación de la materia negra y oleosa que sale del tubo, negro humo que se adhiere y se evade y se oculta ya sin la sucesión arbitraria de las horas».
Las obras de Truan expresan una gran pasión y anuncian una trayectoria, cuando menos, sincera. Sus composiciones viran del paisaje a la palabra, de lo pagano a lo profano, deteniendo el tiempo con el convencimiento de que el acto pictórico tiene plenas garantías. «Extraños elementos remiten a una ficción. Y el espejo se hace a veces necesario para mostrar lo que dejamos atrás».


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