AJIMEZ ARTE

Crítica

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Jaime Luis Martín

La soledad pegajosa

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Publicado en La Nueva España
Olaya Pazos
Solitude
Del 5 al 30 de Diciembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés
 



 Siempre nos quedarán viajes por hacer, paisajes que nos atrapen la mirada, recorridos -como pretendía Francesco Careri- a modo de estructuras narrativas, derivas «psicogeográficas» como experimentaban los situacionista, o entregarse al extravío y la perdida a la manera de Robert Smithson en Yucatán, cuando descubrió la «soledad pegajosa». Pero Olaya Pazos (Gijón, 1978) ha emprendido su particular viaje, marcado por la nostalgia del regreso a casa y la experiencia del «no lugar», esos espacios sin identidad, ni memoria, tan del gusto de los artistas contemporáneos atrapados en esos territorios del anonimato que con tanto acierto describió Marc Augé. Esta artista licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Europea de Madrid y en Publicidad y Relaciones Públicas por dicha universidad y la Université Catholique de Louvain (Bélgica) ha expuesto individualmente en Santiago de Compostela y Gijón los proyectos «Viaje» (2003), «Sueños» (2004), «Bailando la vida» (2007) y «Ser y sentir» (2008).

El paisaje es una construcción cultural, una suma de miradas y sensibilidades históricas, una experiencia de lo visible pero, también, de lo no visible, de lo inmaterial. Hay paisajes que se asocian a la belleza o a lo sublime y paisajes que, habitualmente no miramos o nos pasan desapercibidos: los terrenos yermos, las construcciones inacabadas, las medianeras o, como nos propone Olaya, las torres de alta tensión, los silos, los cobertizos, los postes telefónicos, los reclamos publicitarios.

Esta invisibilidad se produce como consecuencia de la movilidad, la velocidad que nos impide detenernos a mirar, la inestabilidad de los modelos y una realidad, cada vez más engañosa y compleja que nos confunde. A la tarea de hacer visible lo invisible se aplica esta artista que define en los «Papeles de Plástica» esta propuesta como «un viaje en el que el paisaje pasa de ser contingencia para convertirse en protagonista imprescindible del relato. Se trata de un paisaje conformado por la propia naturaleza y la intervención del ser humano cuya creación se integra en el entorno».

El resultado son una serie de fotografías que muestran una mirada fugaz, veloz y «líquida», recuperando la acertada expresión de Zygmunt Bauman, sobre el mundo actual sometido a un proceso de liquefacción. Un paisaje volátil, en tránsito, sin certidumbres ni solidez. Un túnel envuelto en niebla, el letrero luminoso desenfocado de una gasolinera, cables eléctricos, un autobús por una carretera solitaria, un árbol difuminado, son las sencillas historia que nos narra Olaya, llenas de ausencias y de soledades. Las fotografías, también, aparentemente simples, realizadas, algunas, tras los cristales del automóvil, según se pasa, van descubriéndonos momentos imperceptibles, lugares sin referencia, terrenos desolados. Pero la simplicidad responde a la búsqueda de una eficacia narrativa ajena al espectáculo.

El ser humano se encuentra ausente de esta serie, quedando tan solo sus creaciones e intervenciones, y la artista traza un mapa de líneas melancólicas para evitar el olvido, la historia de un retorno veloz, con el asfalto moviéndose, un paisaje que se va haciendo en la ruta, con la soledad pegada al cuerpo.

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