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Juan Calos Gea

Armesto sigue la ‘Luz blanca’

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El artista asturiano profundiza en la madrileña galería Marlborough un discurso basado en el uso de la tecnología y en la hibridación de lenguajes y procedimientos, sin perder de vista la gran tradición de las artes


Publicado en La Voz de Asturias
De todos los jóvenes artistas asturianos, Pablo Armesto (Schaffhausen, Suiza, 1970) es uno de los que ha asumido con mayor naturalidad y rigor la convergencia entre las nuevas opciones tecnológicas aplicadas a la creación artística y una poética que enarbola valores asociados a la tradición del arte: perfección formal, belleza, espiritualidad, conocimiento... Sus investigaciones, que han circulado con fluidez entre la instalación, la escultura, la obra pública y, más que la pintura propiamente dicha, ciertos conceptos pictoricistas, tienen su registro más reciente en la exposición que exhibe estos días en la sede madrileña de la galería Marlborough; una plaza destacada que, significativamente, no suele estar pendiente en exceso del arte basado en los nuevos procedimientos y discursos tecnológicos.
Desde el mismo título de la muestra, Luz blanca, queda claro que el eje conceptual, simbólico y material del trabajo que el artista asturiano expone en Madrid sigue estando en el mismo elemento que ha alimentado la última época de su obra. La resolución de uno de los grandes problemas de la historia del arte -la presencia y la representación de la luz-, se resolvió hace un tiempo en el taller de Armesto de la manera más expeditiva: incorporando la fisicidad de la luz misma a la pieza mediante recursos de la tecnología actual, como neones, leds o fibra óptica.
Pero, por descontado, ese gesto no constituye un punto de llegada, sino uno de partida. Y no es sino un recurso más, aunque medular, al servicio de una concepción del arte que bebe de tradiciones muy distintas y que se mueve en todo momento entre varios lenguajes y disciplinas.
En ese contexto, lo que Pablo Armesto viene haciendo desde que decidió incrustar la energía lumínica y sus soportes y emisores en el corazón de estructuras de resina, metal, PVC y ahora también madera es explorar de mil maneras las rutas que quedan iluminadas por esos focos de luz. No es un arte tecnológico en sentido estricto, porque los aparatos emisores, en realidad, a pesar de ser visibles, no aparecen como tales: son reducidos a sus cualidades plásticas o simbólicas, del mismo modo que el pigmento tiende a dejar de ser visto como tal al integrarse en la representación de una figura. Así, por ejemplo, la fibra de vidrio es un medio en estas obras para connotar un gesto, un itinerario, un arañazo luminoso en el soporte.
Por otra parte, los propios soportes, que nunca han sido para Armesto meras estructuras en las que instalar los dispositivos luminosos, son en Luz blanca menos neutros que nunca. El interés continuado del artista por los aspectos arquitectónicos y escultóricos de la ocupación del espacio conducen a lo que describe como una “dualidad” en sus obras de Marlborough: una pieza funciona de un determinado modo mientras permanece iluminada, pero se sustenta también con otra lectura una vez que la luz se ha apagado.
¿Y la blancura que proclama el epíteto asociado a la luz? De un lado, forma parte de la opción de Armesto, siempre, por una estética (y casi una ética) de lo minimalista; de otra, alude al simbolismo de este color en nuestra cultura: pureza, limpieza, paz, contemplación, incluso -señala el autor- un mensaje de optimismo que conforta en los tiempos, en absoluto luminosos, que transitamos.

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