AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

Un artista para recordar

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Paulino Vicente el Mozo. Artista de memoria.
LUGAR: Galería Nogal, calle Asturias, 12 (Oviedo). Lunes a viernes, de 10.15 a 14 y de 16.30 a 20.45 horas. Sábados, de 11.30 a 14 y de 17.30 a 21 horas.
FECHA DE CLAUSURA: 20 de enero.

En 1946, Paulino Vicente hijo tuvo que abandonar repentinamente, a los veintidós años, sus estudios de Bellas Artes en Madrid al serle declarada una tuberculosis pulmonar, la misma enfermedad que había causado la muerte de su madre. Paulino Vicente fue internado en un sanatorio en Pola de Gordón, buscando sin demasiado éxito los beneficios del seco clima leonés, y, tras meses de convalecencia, fue operado en Madrid sin resultados. Sus familiares opinan que la enfermedad le cambió el carácter, le hizo más introvertido, más reconcentrado, pero lo que podría haber repercutido negativamente en un pintor todavía en ciernes redundó en cambio a favor de su arte, que se convirtió por fin en el centro de su vida y en su verdadera razón de ser, tras una dedicación distraída.
Durante sus tres años de internamiento en León dibujó tanto que en junio de 1949 pudo celebrar, en la Universidad de Oviedo, su primera exposición individual, que estuvo formada sobre todo por retratos, los cuales seguían, básicamente, la línea realista marcada por su padre, el también pintor Paulino Vicente, pero con mayor acierto en el manejo del color y en la expresividad de las formas. La crítica ensalzó entonces “la nobleza y la valentía” de Paulino Vicente el Mozo o, singularmente, su “delicadeza” y “dignidad” a la hora de realizar sus dibujos, en palabras del académico Enrique Lafuente Ferrari, para quien constituyeron una grata sorpresa.
Muchos de estos dibujos, si no todos, habían sido impulsados por el amor, no sólo a una mujer en concreto sino a la vida en general, y su notable acierto explica que hoy se guarden algunos de sus mejores ejemplos en el Ayuntamiento de Oviedo o el Museo de Bellas Artes de Asturias. Por desgracia, otros de estos dibujos –y, al parecer, algunos óleos de la misma época– no han podido ser conservados, en parte debido a una dominante y abusiva relación paterno-filial que no viene al caso comentar ahora, por lo que supone una oportunidad única ver ahora reunidos, en la galería Nogal de Oviedo, tantos dibujos y además inéditos, procedentes de una colección particular propiedad de alguien que conoció bien al pintor y le quiso y le respetó hasta el fin de sus días. Son dibujos pintados de memoria, desde su reclusión sanitaria, y con pasión torera.


LA RISA DE LA GIOCONDA
La exposición de dibujos de Paulino Vicente el Mozo, que se complementa con algunos bocetos para vidrieras y otros apuntes al óleo, entre ellos una cabeza de Pío Baroja que le sirvió para realizar su magnífico retrato del escritor vasco, una de las obras clave de su producción pictórica, combina bien con otra exposición que se ha abierto estas navidades a unos pocos metros, al lado precisamente de la galería llena de grabados antiguos propiedad del hermano de Paulino, en los soportales comerciales del Hotel de la Reconquista de Oviedo. Se trata de una colectiva homenaje a uno de los mejores dibujantes y pintores de todos los tiempos, el zurdo y enigmático Leonardo da Vinci, arquitecto, inventor, anatomista, genio que por sí solo representa al hombre total del Renacimiento, con permiso de Miguel Ángel, quien, como muchos de sus contemporáneos, seguramente se quejaría de que su rival casi nunca llegara a acabar sus encargos, manteniéndolos en el limbo irreprochable de la incierta idea, lo que explica que sus bocetos sean a veces tan impresionantes como sus pinturas.
            Entre los escasos cuadros que realizó en sus sesenta y siete años de vida, de los cuales sólo unos setenta han llegado hasta nuestros días, destaca sin lugar a dudas el llamado La Gioconda, también conocido como Mona Lisa, hoy conservado en el Museo del Louvre en París, que es sin duda el retrato más famoso de la historia del arte, debido en parte a razones extra pictóricas. Por eso se convirtió, con su atractiva media sonrisa, en el objetivo declarado de las intenciones demoledoras de Marcel Duchamp, quien, en su afán iconoclasta, se atrevió a pintarle bigotes y perilla y a añadirle una inscripción ofensiva (sobre una reproducción, eso sí, no como otros maleantes y dementes, que no han dudado en robar o intentar mutilar el original), y no es de extrañar que también se haya convertido en el emblema indiscutible de este homenaje, pues a la supuesta mujer del marqués de Giocondo está dedicada la mayoría de las inspiradas obras que se exponen en Ángulo. Los artistas participantes alegan que es porque así se les había pedido, pero las inquietas galeristas, que hace un año habían organizado un festival semejante con Las Meninas, niegan la mayor y afirman haber defendido la libertad absoluta, incluso la ironía y el descaro, pues se atreven a reivindicar con Leonardo hasta la risa de los muertos.

Publicado en la Voz de Asturias el 5 de enero de 2007

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