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Jorge Fernández León, Patrono-Fundador de Laboral

Lo que vale la cultura

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La labor de Rosina Gómez-Baeza al frente de Laboral Centro de Arte

El desarrollo de la riqueza de las sociedades tiene que ver con sus capacidades para producir, acumular y utilizar sus recursos de manera adecuada. Recursos materiales y recursos intelectuales que los estudios económicos y la economía política han clasificado y analizado en detalle. Y dentro del análisis, el papel de la cultura ha sido objeto de numerosas reflexiones y estudios.  Aplicar esta experiencia  a la realidad asturiana puede colaborar a  un sano debate respecto al sentido y futuro de las políticas culturales en el actual contexto de crisis. Y verlo en un caso concreto, la tarea de Rosina Gómez-Baeza al frente de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, es una ocasión para encarnar e incardinar ese debate. Eso trata de abordar esquemáticamente este artículo de homenaje y respeto a su figura.
Durante mucho tiempo el pensamiento crítico internacional pareció contentarse con ubicar todo lo referido al papel y sentido de la cultura en el marco de lo que en términos de valor se dio en llamar la producción y acumulación simbólicas.  Por ejemplo se explicaba cómo la mejor muestra de riqueza de una sociedad era su capacidad para acumular patrimonio construido, artistas en alquiler y obras de arte, proceso que llegaba tan solo cuando la generación de excedentes en los negocios superaba las necesidades de capital para mantener y ampliar la producción o para diversificarla. Entonces los propietarios se interesaban por la construcción del prestigio, y reunían riquezas cuya importancia iba más allá de su valor inmediato en los mercados, hasta convertirse en un signo de referencia. Así nacieron las grandes colecciones de arte en Florencia, lugar de referencia desde el siglo XV hasta hoy para los interesados en las artes y la arquitectura, y eje de una de las grandes rutas precursoras del turismo cultural, el Grand  Tour.
Vemos como la cultura es fuente desde hace muchos siglos de fenómenos asociados al viaje y la visita, y es sobre todo generadora de producción y acumulación de patrimonio simbólico, es decir de creaciones artísticas de todo tipo llevadas a cabo por miembros de una comunidad, que son aceptadas por la generalidad o una parte de la misma como aglutinadoras de valores comunes. Y esos procesos han llegado a constituirse en derechos internacionalmente reconocidos en convenciones y constituciones, incluyendo la española: Los derechos culturales como derechos humanos. La cultura no es pues principalmente un proceso asociado al entretenimiento ni tan solo al tiempo libre, es un derecho fundamental que  marca el estado de riqueza y de salud cívica de una sociedad.  En ese contexto se convierte pues en un activo de gran complejidad, que no puede caricaturizarse sin más como algo prescindible.
En un artículo titulado “El capital cultural”(*), referencia inmediata  para explicar los valores de la cultura  a partir de entonces, David Throsby, autoridad reconocida en la materia en el mundo, describía hace doce años los elementos específicos que distinguen un tipo de capital, el cultural, medible y cuantificable en términos de impactos en el empleo y los servicios, además de en la generación de valores para las comunidades y los individuos. Añadía esta nueva forma de identificación de un valor económico a las ya tradicionalmente aceptadas de capital físico, capital humano y capital natural, e identificaba los componentes de ese nuevo valor para la economía como una parte importante de lo que comúnmente llamamos “valores culturales”. Para Throsby tanto los elementos tangibles como los intangibles del capital cultural  (desde edificios a obras de arte, lugares patrimoniales, objetos de colección, etc. hasta las ideas, prácticas y tradiciones de las comunidades que las identifican, incluyendo elementos parcialmente intangibles como la música o la creación literaria) constituyen un cuerpo común que resume diciendo que ambos aspectos de la cultura, el constituyente de sus contenidos y el funcional de los mismos, pueden medirse en términos de activos culturales.
Viene esta larga introducción a cuento de las noticias culturales que la actualidad asturiana trae a las páginas de los periódicos. Y se une a la preocupación sincera de cada vez más gente por hacer de las inversiones culturales, las destinadas a bienes materiales y las dirigidas a generar capital intangible, un factor que contribuya tanto a la gestión eficaz y eficiente de las mismas como a crear riqueza para la comunidad.
Y entre estas noticias está la de la finalización de las responsabilidades de gestión de Rosina Gómez-Baeza en LABoral Centro de Arte y Creación industrial, proyecto que nació de su mano y que durante cinco años la ha mantenido al frente del que es hoy el más reconocido centro artístico español especializado en su campo entre los medios y las instituciones culturales internacionales. Y esta afirmación, indiscutible (a los medios y las instituciones de referencia me remito), merece encontrar su lugar en la ecuación anteriormente establecida, es decir, ser comentada no como una cuestión emotiva sino en términos de generación de valor tanto tangible como intangible.
La política cultural es una de las materias más constantemente sometidas al público escrutinio, y las apuestas estructurales en el campo que, en palabras del historiador Raymond Williams, se hacen con “…el deseo de convertir el aprendizaje en parte del proceso mismo del cambio social”, no atienden necesariamente a los tiempos tasados de la alternancia política. No todo tiene resultados en cuatro años, pero todo ha de ser justificado satisfactoriamente cada vez que sea necesario, y no siempre se comprende que los programas de la cultura pública, en su función internacionalmente reconocida de proceso transformador de personas y comunidades, han de tener horizontes generacionales y estrategias de continuidad hasta alcanzar sus frutos. Eso conlleva desde luego costes importantes de inversión en capital material, humano y cultural.  Y confianza institucional, más allá de los debates miopes sobre el efecto inmediato de los mismos. Si miramos alrededor vemos dos casos paradigmáticos en Asturias de esas apuestas, el Museo de Bellas Artes de Asturias y la Orquesta Sinfónica del Principado (OSPA), que durante décadas han desarrollado su labor de formación y acumulación de saberes y patrimonios materiales e inmateriales, y que ahora comienzan a dejarnos vislumbrar la potencialidad extraordinaria de esos trabajos hechos. Pese a no ser materia de este artículo analizar ambos casos, cualquiera podrá detenerse en ellos como ejemplos de lo que digo.
Medir pues el valor del trabajo desarrollado por Rosina y sus equipos en LABoral en los últimos cinco años es materia compleja, que seguramente en el futuro podrá desarrollar alguna investigación académica. De momento hay que decir que la evolución conocida de los resultados de la misma, el contexto y comparación con proyectos de similar ambición en España y fuera permiten, más allá de controversias, una defensa sólida de lo hecho y hacen del Centro de Arte un valor a estimar en sus términos, en la dinámica de hacer de la cultura un factor de riqueza y un activo multiplicador que está generando una presencia de Asturias en el mundo, a través de los medios de comunicación especializados y generalistas, sean analógicos o digitales que ningún otro proyecto cultural ha generado nunca, con excepción del Centro Niemeyer de Avilés.
¿Cómo medimos esos impactos, y cómo podemos por tanto estimar su valor en el contexto del gasto público asturiano? Si nos remitimos al valor comercial en términos publicitarios de la presencia de LABoral Centro de Arte en los medios, la cifra resultante de impactos conseguidos es gigantesca. Y puede compararse en resultados con las grandes campañas de imagen turística de cualquier comunidad. Son muchos los millones de personas que han recibido noticias favorables del Centro de forma periódica, noticias que redundan en la imagen positiva de la ciudad de Gijón y de Asturias en general. La presencia de visitantes ha ido creciendo sin parar desde su inauguración, pero mucho más ha crecido la de participantes en sus programas permanentes, seminarios, talleres, etc., así como en las ofertas diseñadas específicamente para la red. Y el usuario electrónico es hoy ya una medida sustantiva de la eficacia social de un producto (de hecho resulta inexplicable que muchas instituciones culturales sigan sin prestar atención al espacio en el que se crea y se disputa la opinión, y se constituyen o se destruyen los espacios simbólicos). 
Comparar los presupuestos del Centro con los de otras instituciones culturales españolas e internacionales es fácil. Moviéndose a la baja sucesivamente entre los 3.4 y los 2.9 millones de euros anuales, con aportaciones del Gobierno del Principado en 2011 de 1.1 millones y con subvenciones a fondo perdido y aportaciones privadas conseguidas en estos cinco años superiores a los 5 millones de euros, LABoral Centro de Arte maneja una partida anual tres veces inferior por ejemplo a la Casa Encendida madrileña, otro centro cultural de referencia. Es similar al del MUSAC, el Museo de Arte contemporáneo leonés y mucho más modesto que el de otros centros de referencia internacional en su campo como Ars Electronica de Linz o ZKM de Karlsruhe, que doblan y triplican sus gastos anuales contando con programaciones y visitantes maduros, tras décadas de funcionamiento. Comparar LABoral con otras instituciones asturianas (Museos, eventos culturales de prestigio…) es un ejercicio que merecerá la pena.
Los medidores del valor de los activos culturales son suficientemente complejos como para no poder tratar de simplificar groseramente el argumento crítico, y requieren una mínima reflexión y conocimiento para durar más allá del debate de urgencia. Y en estos tiempos de verborrea demagógica y cultura de consumo rápido no siempre son los factores que determinan las decisiones de quienes tienen prisa por durar. Por eso quiero resaltar el trabajo hecho en estos años por Rosina, su generosidad para con Asturias y su capacidad para ayudarnos a estar más y mejor en el mundo y representarnos ante las instituciones culturales internacionales llevando la marca de la Comunidad allí donde nunca antes había estado, y abriendo puertas que habrá que procurar sigan abiertas desde ahora. Y la medida de esos efectos, económicamente ya mensurable, es desde luego social y culturalmente todavía imposible de medir.

(*)Thosby,David. Cultural Capital. Journal of Cultural Economics 23, 1999

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