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Juan Carlos Gea

La música pintada de Tom Gomes vuelve a sonar en Cornión

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El pintor neoyorquino afincado en España regresa a Gijón con su pintura inmediata, pura y espiritual

Publicado en La Voz de Asturias

La tarea: instinto sobre emoción sobre mente sobre nada”. Hace unos años, Tom Gomes (Nueva York, 1954) recuperaba esta escueta pero profunda poética, formulada por la exquisita pintora canadiense Agnes Martin, como centón para una de las no demasiado frecuentes muestras individuales de su pintura. A la vista de las obras que expuso entonces -y también ante las que estos días expone en su regreso a la galería Cornión ocho años después de su primera individual en Gijón-, es de suponer que el pintor neoyorquino afincado en Cercedilla asumía decididamente como suyo el precepto de Martin, una de las cimas contemporáneas de la pintura entendida como ejercicio de pureza, inmediatez y espiritualidad. Más que nada porque en esas tres cualidades se resume también su forma de entender y practicar la pintura.
En primera instancia, quien recorra las piezas de muy variado formato -pero casi siempre con tendencia a lo recogido, a lo intimista- que integran esta exposición significativamente carente de título se encontrará una pintura directa, casi cruda. Tanto, que en la mayor parte de las obras Gomes la ha aplicado desde el mismo tubo o la ha extendido con sus dedos sobre la superficie; por lo general, lino apenas tratado, o tabla también desprovista de toda imprimación o enmascaramiento, de tal manera que sus texturas y su misma presencia forman parte de la gramática de Gomes tanto como el color, la mancha, la línea o la cremosa materia del óleo con el que trabaja.
Aunque, quizá “gramática” no sea la palabra más adecuada al caso. Porque la referencia más idónea para la pintura de Tom Gomes no es el lenguaje escrito, sino el musical. No sorprende que le informen a uno de que el neoyorquino es o ha sido también músico. La espiritualidad contemporánea más despojada y pura, sobre todo la que se ha canalizado a través cualquier manifestación artística apoyándose en supuestos ajenos a la representación o en poéticas formalistas, ha recurrido de modo insistente a la música como arte de referencia, matriz simbólica y modelo.
Y así sucede una vez más en este caso, en el que con muy escasos elementos, y con ningún referente salvo su propia forma físicamente emitida sobre el cuadro, el autor compone complejas armonías cromáticas usando pigmentos puros; melodías lineales en forma de sencillas cadenas o estructuras de geometría imperfecta; ritmos a base de gotas o breves trazos de óleo que percuten sobre el parche del lino. En este contexto de interpretación, el hecho de que la pintura salga directamente del tubo o sea extendida y mezclada con las manos, con los dedos, enriquece los sentidos de palabras como composición, ejecución o incluso interpretación aplicadas al ejercicio de la pintura. O quizá, más bien, desvela su carácter metafórico y el origen de esas metáforas.
Claro que, partiendo de esos sencillos elementos, un músico (o un pintor) puede embarcarse en una sinfonía o crear una canción infantil. Por lo general, Tom Gomes se decanta más hacia esta última opción con pequeñas piezas en las que concentra con emoción y elegancia todos sus recursos. Pero también muestra un tríptico en el que, a base de pequeñas pinceladas, despliega una vibrante, casi ruidosa composición de gran complejidad, y otros de mayor tamaño en los que aparece una difusa tensión representativa que remite a las atmósferas de un Turner. Hay obras que sugieren improvisaciones fluidas y seguras y otras en las que Gomes exhibe toda la seguridad de sus convicciones como pintor y de su firmeza a la hora de ejecutarlas, como el lino completamente desnudo en el que sólo ha pintado tres minúsculas gavillas de trazos con apenas cuatro colores.
Esa seguridad proviene de algo que se evidencia en todas esas variantes: la convicción de que “lo exterior refleja el interior” de la manera más intuitiva y, a la vez, decantada a través de las formas desnudas, y de que en todo caso el vacío está al fondo. Tampoco extraña que Gomes escriba haikus. Y que en uno de ellos haya dado su propia versión de la poética de Agnes Martin: “dibujo en la ventana empañada / fuera / sólo oscuridad”.

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