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Juan Carlos Gea

Javier Soto convierte Vorágine en un tanque de tiburones

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En ‘Haai op die aas’, el naviego se desborda en todo tipo de técnicas y recursos para pintar el escualo como demonio y tótem


Publicado en La Voz de Asturias

Mucho antes de que Steven Spielberg soltara para siempre el fantasma de un gigantesco tiburón blanco en los fondos del inconsciente colectivo y , la figura del escualo -estilizada, primitiva y voraz- era ya un emblema de muerte y terror primordial en un buen número de imaginarios, sobre todo en los de personas vinculadas al mar; y, sin embargo, la belleza y la eficiencia predadora del tiburón, como la del lobo, destilan un sentimento de fascinación e incluso admiración que es capaz de sobreponerse al horror. Así sucede también con los tiburones que el artista naviego Javier Soto ha soltado en los tanques de Espacio Vorágine, en Avilés, bajo un complicado lema: Haai op die aas; una expresión en lengua afrikaans que literalmente significa ‘el tiburón ha mordido el cebo’, pero que también puede leerse como ‘los tiburones están comiendo opio en el muelle’.
“Es una expresión que asocio con un viaje a Sudáfrica hace seis años, y que encontré en un número de National Geographic”, comenta Soto, para quien es menos importante lo que quiera decir exactamente la frase que su referencia a los escualos y la ambigüedad que encierra su doble significado y al modo en que abre un mundo asociado a su íntimo trato con el mar desde siempre, sobre todo como practicante de surf. Porque, del mismo modo, los tiburones encierran para él “una referencia clara a los miedos, a las fobias, a los temores que se convierten en una debilidad”, como “un componente de admiración ante una figura que ves también como algo protector”.
A partir de esa ambivalente consagración del tiburón como demonio y tótem, Javier Soto ha desplegado en Vorágine “una fantasía terrorífica” con la franqueza y la intensidad que caracterizan a su pintura; y también con esa especie de voracidad casi de tiburón con que es capaz de engullir, utilizar y asimilar cualquier recurso para permitir que fluyan las vivencias y los procesos psíquicos que desencadenan en el artista. Soto ha pintado sobre materiales relacionados con el surf con tanta avidez como sobre la madera o sobre el propio muro; ha incluido en sus cuadros objetos e incluso organismos de origen marino; ha alternado la acuarela con la brillantina o la sangre de cerdo; ha intervenido el escaparate de la sala con una pieza de doble lectura o ha utilizado el texto como una especie de letanía conceptual que envuelve la obra (y al espectador) como el medio marino envuelve simultáneamente al nadador y al tiburón, y los sumerge en un mismo mundo que desata las debilidades de uno y otro.
No quedará, por cierto, rastro de tiburones en nueva e inminente cita con Javier Soto. Será a partir del 15 de septiembre, abriendo la temporada de la galería ovetense Lola Orato con otra muestra de poderoso título: The fucking power of love.

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