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Juan Carlos Gea

La muerte, esa ‘dancing queen’

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Benjamí Tous, Eleazar y Toni Clos reinterpretan al gusto contemporáneo el viejo tema medieval de las ‘danzas de la muerte’ en El Arte de lo Imposible

Publicado en La Voz de Asturias


Las danzas de la muerte fueron uno de los temas más recurrentes y difundidos en la literatura y las artes de la Baja Edad Media. La enorme mortalidad causada por la peste negra a mediados del siglo XIV permitió constatar a una escala sin precedentes que la guadaña no hacía distingos; que reyes, pordioseros, burgueses, campesinos, Papas, caballeros, prostitutas o abadesas eran, en la hora final, una sola y misma cosa: simples mortales. La gran novedad de la visión tardomedieval de esa verdad incontrovertible fue la de representar a la muerte de forma individualizada, bajo la encarnadura (es un decir) de un esqueleto o un cadáver, y la de imaginar su imperio como un gran baile sin fin al que su mano huesuda irá sacando de buen grado o por la fuerza a todos los seres humanos, uno por uno, generación tras generación, a despecho de su condición y del apego a la vida. Difundidas a través los frescos, los grabados populares y la obra de maestros como Holbein, las danzas de la muerte atravesaron países y siglos modificando su imaginería y su tono -siempre entre el moralismo y la sátira- y llegaron incluso al grabado decimonónico, renovadas por satíricos como Rowlandson. Y parece ser que aún pueden seguir inspirando a artistas del XXI. Aunque sea con una música más urbana y con un ánimo distinto.
La obra que estos días cuelgan Toni Clos, Eleazar y Benjamí Tous en la galería gijonesa El Arte de lo Imposible muestra tres de los modos posibles en los que un pintor contemporáneo puede releer esta vieja imaginería medieval. Para ellos es también un modo de danzar juntos, ya que en las danzas de la muerte acordaron los tres el asunto común para la muestra conjunta que venían proyectando desde hace un tiempo; y también hallaron un excelente pretexto para poner a dialogar sus propias iconografías y maneras entre sí y con la tradición centroeuropea, que les ha influido y fascina por igual. Comparten una misma panoplia de referencias en la que es evidente el peso de contemporáneos como Basquiat, la importancia del texto como elemento gráfico pero también como mensaje explítico y un fondo claramente underground.
De los tres, quizá Tous es el más ácido. Sus lienzos se desbordan, superpoblados de personajes y microhistorias como una tabla de El Bosco reajustada para acoger a la fauna humana contemporánea. Eleazar, el más económico de los tres, aplica su rotudidad gráfica al trazo de grandes figuras cadavéricas sobre papel de periódico, rodeadas como emblemas de lemas en latín que contrastan con modismos contemporáneos. Y Clos se decanta por el colorido y un mundo lleno de figuras ambiguas, entre lo grotesco y lo onírico.
Con ser tan distinto como cabía esperar, el conjunto es también llamativamente unívoco en el mensaje de fondo: manteniendo toda la fuerza crítica del tema, Clos, Eleazar y Tous coinciden en invertir el moralismo cristiano de las danzas originales; nada de arrepentimiento y virtud preventiva: carpe diem y a bailar ya en vida. De hecho, confiesan, “nos encantaría que la gente saliera así de la exposición: bailando”.

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