AJIMEZ ARTE

Crítica

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Jaime Luis Martín

Fascinación por la máquina

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Julian Schnabel
Polaroids
Del 21 de mayo al 4 de Septiembre
Foyer del Auditorio
Centro Niemeyer


Para escribir de Julian Schnabel se precisa realizar un ejercicio de contención frente a la desmesura del personaje. Sus cuadros de media tonelada y enormes dimensiones, su pretensión de convertirse en el «artista follador más grande desde Picasso», sus apariciones públicas en pijama, su histrionismo y grandilocuencia, convierten a Schnabel en un personaje, resultado de una meditada puesta en escena que muchos consideran de mayor interés que su obra artística. Su mejor momento fue en los años ochenta, cuando Ronald Reagan y los neoconservadores afirmaban que la modernidad crítica había llegado a su fin y sonaban los clarines y trompetas al paso del ultraliberalismo. El conceptual que había dominado las décadas de los sesenta y setenta fue proscrito y se proclamó la vuelta al orden, a la pintura y al mercado.

En este contexto surge Schnabel, una figura que como Dalí sabe dar carnaza a los «mass media», jugando con una puesta en escena rupturista y provocadora pero manteniéndose en la órbita de la autoridad, con una obra respetuosa con las convenciones, al gusto del cliente de la época, poco entusiasta con los entornos críticos. Su pintura aunaba la tradición con lo nuevo, manejando hábilmente el «collage» y el «assemblage», pero sin la pretensión de forzar la pintura y provocarle nuevas salidas, sino con el propósito de reafirmarla. Este retorno a lo convencional y a lo tradición, a lo individual, a los excesos que afianzan esa idea popular del artista genial que puede hacer y decir cuanto le viene en gana fue muy apreciado por un mercado harto de obras desmaterializadas o excesivamente politizadas y ávido de figuras que entendían perfectamente el deseo de los marchantes y la función del arte: hacer caja. Y poco importaba que un crítico de la revista «Times» llegase a escribir que Schnabel era a la pintura lo que Sylvester Stallone al arte dramático, cuando crecía la burbuja de su obra y sus cuadros se cotizaban a un millón de dólares. Pero en la década de los noventa aquellos generosos compradores se vieron sorprendidos por la caída de la cotización y lo que antes parecía oro resultó ser, tan sólo, pintura sobre papeles, cartones y platos. Schnabel entendió que era el momento de retirarse y desapareció de la escena pictórica para reinventarse, con éxito, como director de cine. Pero, por entonces, su obra ya se encontraba en el MOMA, el Guggenheim, el Pompidou y el Reina Sofía.

En 1995, cuando su estrella ya había declinado, Cajastur organizó una significativa muestra en el palacio Revillagigedo, pero desde aquel año no había vuelto a Asturias. El Centro Niemeyer nos lo devuelve convertido en fotógrafo gracias a una enorme cámara Polaroid -sólo hay seis en el mundo- que emplea placas en formato de 20 x 24 pulgadas (50,8 x 60,9 cm), en blanco y negro y en color. La muestra comisariada por Petra Gilroy-Hirtz reúne ochenta fotografías de su entorno íntimo, amigos y familiares, y algún autorretrato, una variedad de impresiones con un toque nostálgico y romántico. Esta singular máquina de noventa kilos de peso produce imágenes que aún mantienen el aura debido al especial revelado de estas fotografías que las convierte en piezas únicas. Pero la serie «Crazy People», un trabajo de apropiación de inquietantes fotos tomadas a enfermos mentales, responde a un simple juego de referencias. Y si Andy Warhol y David Hockney supieron obtener de las polaroids un enorme potencial creativo y emocional, Schnabel se queda en la fascinación técnica, y ni el elenco de retratos de amigos famosos del artista consigue elevar la nota de la exposición.

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