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Juan Carlos Gea

‘Hanami’, ‘sakura’ y algo más que pintura

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Yoshihiko Kitano traslada al espacio de la galería Guillermina Caicoya los colores, y las sensaciones y el espíritu de la gran fiesta que celebra cada año en Japón la floración de los cerezos

Publicado en La Voz de Asturias

Para cualquier japonés, sakura es una palabra que vibra con hondas resonancias afectivas. Entre otros significados relativos al campo de la botánica, alude a la flor del cerezo; y la flor del cerezo es en la cultura nipona mucho más que una delicada manifestación de la llegada de la primavera: se trata de un emblema nacional y, ante todo, de un símbolo tradicional de la fugacidad de la vida y de la belleza asociado a las creencias budistas. La floración anual de la sakura es, de hecho, el centro del hanami, la multitudinaria fiesta que entre finales de marzo y principios de abril llena los parques y jardines japoneses. Y todo ello conviene tenerlo en cuenta ante la obra con la que Yoshihiko Kitano (Osaka, 1960) ha ocupado -o, por mejor decir, intervenido- el espacio de la galería Guillermina Caicoya, ya que ha decidido titular su exposición precisamente con una referencia a ese universo visual y simbólico tan de su país: Color de sakura.
También conviene acercarse a esta obra de Kitano con la actitud que demanda el hanami: una disposición sosegada y receptiva capaz de disfrutar al mismo tiempo de los accidentes del detalle y de la armonía del conjunto, del mismo modo que la que permite percibir simultáneamente la minúscula belleza de flor de cerezo y la espectacularidad de los cúmulos de sakura llenando los parques de nubes rosa pálido durante unos días. La exposición de Kitano en Guillermina Caicoya tiene esa misma cualidad ambivalente. El autor ha trabajado exclusivamente con el color de la sakura en todos los cuadros de la muestra, que oscilan entre las series de gran formato y medianos y pequeños cubos en los que se evidencia la fuerte tensión hacia la escultura e incluso lo arquitectónico que evidencia la pintura de Kitano.
En todos ellos la materia se ha aplicado minuciosamente, capa tras capa, configurando gruesas masas de pintura cuya superficie ha sido trabajada con exquisita obstinación hasta levantar en ellas relieves, accidentes y texturas que registran referencias exteriores: paisajes, climas, elementos del medio cotidiano. Cada cuadro tiene su propio ritmo, sus propias huellas y trazas, que invitan a desmontar una aparente monotonía que en modo alguno se sigue del monocromatismo. Y al mismo tiempo, cada cuadro compone un conjunto que ha de disfrutarse como tal: Kitano ha interiorizado al milímetro la peculiar fisonomía de la sala y concebido la exposición para su espacio con un sentido de la armonía que excede la escultura y la instalación.
La misma armonía y entendimiento con el espacio (y también entre dos creadores) se manifiesta en Colores de Pravia, la instalación que ocupa el sótano, y en la que han trabajado conjuntamente el artista de Osaka y su anfitrión y comisario, Tadanori Yamaguchi: veinte pequeños cubos de mármol que se distribuyen por el suelo y en una de cuyas caras Kitano ha pintado minúsculos cuadros monocromáticos con el cromatismo del paisaje praviano.

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