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Juan Carlos Gea

Lugares difíciles de abandonar

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Lucía Rivero extrae espacios poéticos de los objetos cotidianos en Adriana Suárez

Publicado en La Voz de Asturias


De aquí no me muevo”. El cartel, pintado con grandes letras y pegado de cara a la plaza desde el interior de la ventana de un primer piso del Parchís, no pasó desapercibido a bastantes de los transeúntes que cruzaban el Parchís la tarde del pasado jueves. Algunos de ellos se preguntaban de qué iba aquello. Una protesta ante un desalojo, me dijo alguien. El 15M, conjeturó sin mucha convicción otro. Ni idea, pero aquí estamos todos parados y mirando como bobos, proclamó un tercero. Y quizá este último es el que más se aproximó a la verdad. Porque el título de la exposición que Lucía Rivero acaba de inaugurar en la galería Adriana Suárez es tan elusivo e irresistible como la propia obra que agrupa: una selección de piezas de distinto lenguaje y formato realizadas durante los últimos años por la artista asturiana residente en Londres, cuyo común denominador es la capacidad para generar campos de fuerza poéticos que configuran territorios de los que, en efecto, es muy difícil moverse una vez atrapado por su influjo.
Rivero ha aprovechado la fisonomía de la galería para generar espacios independientes para cada trabajo, cuyo único nexo es el hilo conductor de una serie de pequeños paisajes con volcanes que despliegan sus humaredas llenas de un encanto herméticamente infantil (“volcanes idiotas”, los llama Lucía) a lo largo del muro de la galería. El espectador que no estuvo en la inauguración se perderá la expansiva (e invasiva) pieza I can’t wait for something beautiful to happen , en la que las letras de esa frase llena de anhelo e imposibilidad (una traducción posible es no veo el momento de que ocurra algo bello ) cobran cuerpo lentamente alimentadas por el débil aliento de un secador de pelo.
Sometimes doing nothing leads to something es una instalación en la que Rivero cita y altera una conocida acción del artista belga Francis Alÿs, ( Sometimes doing something leads to nothing ) en la que este acarrea un bloque de hielo por todo México DF hasta que se funde, aludiendo entre otras cosas a lo alienante y absurdo de muchas actividades humanas. La misma sensación de proceso, acarreo urbano y sinsentido, pero exenta de la carga política de su contramodelo, se concentra en la masa de serpentinas enroscada en un rincón de la sala como una especie de melancólico e invertebrado monumento a algo efímero y festivo que ya ha acontecido. La escultura de papel de colores la formó un muchacho a base de empujar con el pie los restos del paso de una cabalgata de Antroxu en un proceso del que da cuenta el vídeo que completa la instalación.
Otra instalación, Sway , concentra toda la potencia de Rivero a la hora de crear mundos y acontecimientos saturados de una poesía que -como toda buena poesía- proviene de la perversión del uso de elementos cotidianos, no importa si el lenguaje articulado o dos secadores de pelo y la voz de Julie London cantando Sway . Y eso “balancearse”, “mecerse”, girar en una azaroso baile de cortejo es lo que hacen los dos secadores colgados del techo (un negro secador-macho y un rosa secador-hembra) impulsados por su chorro colapsar el uno enredado en el otro. Lo sorprendente es el modo en que, mientras se asiste al giro de estos dos contendientes, el resto del mundo deja de girar.
Los cuatro minutos y medio del vídeo The Pond se basan en un mismo principio -el hallazgo casual de objetos comunes, en este caso dos pelotas aparecidas al desecar un estanque en un parque- para construir un territorio que no es tanto no tanto imaginario como posible, poético a partir de las relaciones que pueden trazarse entre cosas y sucesos, líneas de posibilidad que irradian en todas direcciones del espacio y del tiempo en nuestro entorno más cotidiano.
El último de estos lugares de los que resulta tan difícil irse sembrados en Adriana Suárez es un dibujo realizado con tinta verde sobre una gran superficie de papel a base de minúsculos grafismos como los que se utilizan para llevar la cuenta de algo. No sabemos qué se cuenta, salvo la cuenta misma; lo que interesa es el modo en que un acto reiterativo, ritualizado, sistemático, acaba generando al mismo tiempo patrones inesperados y una forma caótica que, no obstante, está cargada de belleza.

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