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Jaime Luis Martín

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Publicado en La Nueva España

Enrique Tirador
Espacios para la memoria
Del 2 de Mayo al 26 de junio
Centro de Escultura de Candás. Museo Antón


En 1961, cuando Piero Manzoni creó un cubo de hierro y bronce, de un metro de lado, con la inscripción invertida «Socle du monde» (Pedestal del mundo) y convirtió a nuestro planeta en una obra, la escultura ya había sido abatida del pedestal y buscaba su expansión en una época que empezaba a cuestionarse la propia definición de escultura como algo sólido desplegado en el espacio para introducir otras tensiones que derivarían más hacia el concepto que a un inventario de formas. Enrique Tirador, que regresa al Museo Antón de Candás siete años después haber ganado la beca «Antón de Ayuda a la Creación Escultórica» e instalado su pieza «Oda a los marineros» en el Parque Escultórico de la mencionada localidad, no es ajeno a estas transiciones -su pieza «Vestigio» (2001), una máquina de coser partida a la mitad y unida por un neón estaría en la línea de producción especulativa que propugnaba Duchamp- pero su desarrollo creativo le llevó a trabajar con el hierro, del que extrae, mediante un proceso de fundición y moldeado, formas constructivistas y ritmos geométricos.

En su pasión por la materia algo tendrá que ver su formación en forja artística y un uso intensivo de los verbos curvar, laminar, torcer y plegar, vocabulario con el que se puede definir una obra que sigue manteniendo registros experimentales y una rigurosidad técnica que le permite afrontar productos de una indudable complejidad. En sus últimas piezas se han introducido nuevas relaciones espacio-temporales, conocedor de que «la escultura -según Rosalind Krauss-, es un medio peculiarmente localizado en el punto de unión entre el reposo y el movimiento, el tiempo detenido y el tiempo que pasa». Pero sobre todo se ha generado una apertura de las formas y se han incorporado nuevos materiales, como la madera de castaño, que han servido para enriquecer su obra. Sin duda, el cambio de residencia del barrio de El Natahoyo en Gijón a Las Campas (Castrillón) propició una mirada a la naturaleza que se introdujo entre la rotundidad de sus piezas.

Si en su anteriores series el hierro se plegaba, encerrándose en una introspección que abrazaba la piedra, en un dialogo entre masas, volúmenes y materiales, en estos nuevos trabajos Tirador realiza un ejercicio de gesticulación, y a la manera de Chirino dibuja en el aire, predominando la línea en algunas piezas que se hacen, literalmente, en el espacio. No es que hayan desaparecido las obras cerradas sobre si mismas, pero se percibe la intención del artista de abrir la forma, disminuir la tensión y emplear, con mayor exigencia, elementos cursivos. En algunos trabajos la madera queda atrapada entre dos planchas de hierro o crea una especie de simbiosis con el metal, propiciando una indefinición que puede recordar a las estrategias del collage, enriqueciendo la lectura.

Por ello no es de extrañar que acompañe sus volúmenes de una selección de obra gráfica en la línea gestual de sus esculturas. Estos aguafuertes, monotipos trabajados con óleos y carboncillo, pueden considerarse propuestas sutiles y complejas que recorren un camino convergente con lo escultórico. Son lenguajes distintos pero con las mismas exigencias en los planteamientos e igual coherencia en la búsqueda de un espacio personal.



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