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Juan Carlos Gea

Los idiomas privados de la pintura

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Díaz Roiz, en «La forma humana», y Álvarez Arango, en «Mater Materia», invitan a «leer» obras cargadas de misteriosos signos plásticos

 
Publicado en La Nueva España

No es Clemente Díaz Roiz (Gijón, 1956) de prodigarsee en exposiciones. De hecho, han transcurrido seis años desde «Gentilicios», su última individual en Cornión. Y basta con sumergirse en las obras de «La forma humana», con la que ahora regresa a la galería de la calle de la Merced, para comprender las razones -al menos, las más superficiales- de esa tardanza; porque si Díaz Roiz es, sin duda alguna, uno de los pintores más personales e inconfundibles de cuantos trabajan en Asturias, lo es en primer lugar porque se toma su tiempo para redondear una obra concentrada, exigente, de una minuciosidad obsesiva y, sobre todo, destilada a partir de una inflexible necesidad interna de pintar justamente lo que se está pintando. 

Quienes disfrutaran de «Gentilicios», reconocerán inmediatamente que Díaz Roiz se ha adentrado aún más en el huerto cerrado de su pintura. O, mejor, en su «selva selvaggia»: un enmarañado bosque donde paisaje y las figuras se unificar en un mismo universo de formas reveladas por la aplicación (y hay que subrayar este último término) de todos los recursos posibles de lo plástico -línea, color, volumen, composición e incluso una sutil presencia de la materia pictórica-, quizá con el gesto del explorador que sabe que ha llegado ya demasiado lejos y demasiado adentro como para hacer otra cosa que seguir avanzando, casi con desdén al hecho de volver o regresar para contarlo. 

El explorador no viaja, sin embargo, enteramente a solas. Carga con naturalidad con toda una tradición, un juego de mapas de la pintura occidental; y a ese juego recurre constantemente, no tanto para alimentarse -son mapas ya perfectamente transitados, conocidos y asimilados- sino para inyectar órdenes posibles en el caos del mundo, que se contempla a la vez con ojos frescos y sabios, llenos a veces de reproche crítico o de extraño humor satírico. Y en cada caso, para cada obra, recurriendo en permanente vaivén y con idéntica soltura y virtuosismo a un idioma distinto de la historia de los símbolos, desde el arabesco hasta el paisaje dieciochesco; desde el arte primitivo hasta las vanguardias; desde la escritura hasta las artes decorativas. 

Dentro de esa maraña de pintura, a veces entrevisto y a veces recortado en un claro de la enramada, el protagonismo corresponde no obstante a la figura humana. Es una selva habitada por el motivo central de la tradición pictórica de la que Díaz Roiz se exhibe como apasionado continuador: el cuerpo humano. Cuerpos esencializados, retorcidos en un movimiento perpetuo a la vez armónico y descoyuntado, que se convierte no en patrón o medida de todas las cosas, en el sentido humanista, sino en matriz de formas de cuya danza surgen los rítmicos segmentos de los que se construye el mundo. O al revés, cuya danza adopta los ritmos fragmentarios que aprende del mundo. 

Pero lo más peculiar es el modo en el que ese mundo y quien lo habita acaban reducidos a otra condición, más allá de su descomposición pictórica: la condición de signos, de códigos depurados formalmente para una escritura privada, una especie de idiolecto esotérico al que se hubiera llegado mediante el viaje a través del bosque de la pintura, y en el que se escribe la clara y al mismo tiempo indescifrable «Pequeña oración» que posiblemente que encierre todo el blindado misterio de esta pintura. 

Escritura sobre madera 

Tenacidad y reserva, y un amor muy similar por la pintura entendida como un lenguaje personal y necesario, muestra también el arquitecto praviano Jesús Álvarez Arango en «Mater Materia», la exposición que esta tarde inaugura en la sala de exposiciones del Centro Asturiano de Oviedo. En ella ha aplicado a su producción de los últimos diez años la mirada distanciada y casi ajena del espectador para seleccionar más de medio centenar de obras en una especie de antología no personal, sino más bien impersonalizada al máximo, alejada del mero gusto personal, a través de una actividad que sin embargo nace muy ligada a las emociones cotidianas. 

No tiene que temer Álvarez Arango que el visitante de su muestra caiga en el hastío ante la repetición que él mismo dice detestar como espectador. A partir de un soporte común, la madera -«materia», en su etimología latina- que está en la base de su pintura, cada obra se desarrolla técnicamente conforme a unos códigos internos y propios en los que a veces se trabaja con la ligereza y la fluidez del consumado acuarelista que el autor fue en su momento, y en otros con la densidad que quien se las ve realmente con la densidad y las resistencias de la materia. 

Pero sí que hay, con todo, rasgos compartidos y aires de familia, en todos los hijos de esta «Mater Materia». Uno de ellos, su propia filiación en la experiencia diaria, que confiere su vibración vital y su urgencia a cada obra. Otra, la transmutación de toda esa fluencia biográfica en otra cosa, otro lenguaje, una pintura resuelta como «amalgama de significados» en el que «cada cuadro constituye un texto» y, en efecto, contiene muy a menudo trazos y grafismos que se organizan como una escritura, también privada como en el caso de Díaz Roiz, y también dirigida a excitar en el espectador la tensión de la interpretación posible. Y, finalmente, hay en todas estas obras un mismo desinterés por la belleza entendida del modo más convencional, y una misma querencia, sin embargo, por otro tipo de esforzada belleza que transcribe el mundo.


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