AJIMEZ ARTE

Crítica

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Juan Carlos Gea

Sustancias interiores, luces exteriores

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Jorge Nava derrama su pintura visceral en el Antiguo Instituto de Gijón, y Adriana Suárez reúne tres conceptos del paisajismo fotográfico en su galería


Publicado en La Nueva España

Pocas experiencias plásticas resultan tan intensas en el pequeño pero bien provisto orbe del arte asturiano como la inmersión en la pintura de Jorge Nava. Desde su irrupción, hace unos años, bajo la enseña de la galería Altamira, el joven pintor gijonés ha ido dejando claro muestra tras muestra el origen visceral de su pintura y la inmediatez apremiante con la que el medio pictórico constituye para él, más que un medio externo, una sustancia corporal que vincula la entraña y el estallido casi orgánico que acontece en el soporte. «Vómito» es un término que el pintor no se arredra en emplear; y, ciertamente, no es impropio: menos que por el componente escatológico de muchas de las imágenes y efectos que acumula lo pintado, por el modo en el que la acción de pintar se convierte para Nava en una purificación interna operada mediante la expulsión violenta de aquello que, con la misma violencia, ocupa, intoxica y hace enfermar el cuerpo. O la mente. 

«Showrooms», el sobrecogedor proyecto patrocinado por la Fundación Municipal de Cultura gijonesa que ocupa la Sala 1 del Antiguo Instituto, lleva esa manera de pintar a su culmen (hasta el momento) en la trayectoria del artista gijonés. El propio Nava define el conjunto como «una especie de sótano del inconsciente colectivo», y es verdad que la muestra -conforme al espíritu de la sala- no es una exposición convencional de pinturas sino una instalación pictórica, una escenografía que define un lugar unitario presidido por el gran fresco que ocupa una de las paredes de la sala y por las pinturas de diverso formato que gravitan en torno a él, como fragmentos de un mismo mundo en el que el visitante se siente sumergido (o quizá encerrado), como en una atormentada Sixtina pintada en el interior de la propia bóveda craneal y luego trasvasada, a escala, a un recinto externo. Nava insiste en el cuerpo a cuerpo físico que supone la pintura sobre pared -y en su carácter efímero, tan paradójicamente enfrentado a la espectacularidad del resultado- después de la experiencia de la avilesina galería Vorágine; pero si en Avilés su mundo se adelgazaba en la planitud exquisita de los frescos romanos, en el Antiguo Instituto cobra más volumen y dramatismo, más cerca de las superpobladas y saturadas alegorías medievales del Dante o del Bosco. 

Aunque nada haya aquí de alegórico ni de narrativo. Ni siquiera de expresionista o de surrealista en el sentido estricto, porque ni un sueño o ni una emisión convulsiva de fluidos corporales pueden ser llamados «expresionistas» o «surrealistas» sin impropiedad. La violencia grotesca y espectacularizada, a la manera mediática; el sexo -valga de la redundancia- en carne viva; los tótem y los juguetes desmembrados de alguna turbia mitología acuñada en la infancia o la calidad visceral de los tonos y el flujo coloidal las pinceladas están aún más acá de cualquier infección o programática, y más allá, por lo que respecta al espectador, de su propio interior. Cada vez más cerca del centro del cuerpo y cada vez más lejos del concepto, conforme a la poética que se ha marcado Nava. 

Por contraste, a sólo unos metros, en el espectador puede darse un baño de otro tipo de belleza, esta vez determinada, literalmente, no por las sustancias interiores sino por la luz exterior: la luz del paisaje transformada en fotografía. Ese es el hilo conductor que comparten las obras de José Ramón Cuervo-Arango, Marcos Morilla y Noé Baranda que ocupan el también luminoso y diáfano espacio de la galería Adriana Suárez, asomada sobre la plaza del Instituto. La colectiva viene a ser una cata en tres generaciones y tres conceptos del arte fotográfico en Asturias en la que, a partir de unas sensibilidades muy distintas pero igualmente exquisitas, los tres fotógrafos emplean técnicas diferentes para destilar mundos también muy diferentes que parten del mundo presuntamente exterior y objetivo, pero no pretenden en absoluto reflejarlo según el viejo mito de la objetividad fotográfica. 

Así, Cuervo-Arango se emplea concienzudamente con los procedimientos más tradicionales en una trabajosa pesquisa de la belleza clásica que se desenvuelve tanto en los escenarios naturales -urbanos o no- como en el laboratorio. Marcos Morilla, por su parte, emplea la fotografía como un medio para transformar sutilmente el paisaje en pura plasticidad, sin miedo -todo lo contrario- a que sus visiones de la costa asturiana se alineen con la mejor tradición paisajística de la pintura regional. Y, finalmente, Noé Baranda plenamente entregado a los recursos que permiten las técnicas digitales, construye el paisaje jugando con elementos artificiales y figura humana, alterando las escalas y calculando las puestas en escena, pero para inundar ese escenario virtual con los relatos y ensoñaciones primigenias que asociamos con la infancia de los individuos, pero que tienen que ver aún más con la infancia de la especie. 

Una luz metafórica, la de la solidaridad, aspira a alcanzar otros paisajes mediante el arte. El Auditorio Príncipe Felipe toma mañana el relevo a la sala Guillermina Caicoya en las exposiciones benéficas organizadas por la Fundación «El Pájaro Azul» en el marco de las II Jornadas de Solidaridad con África; las «Miradas» de Inmaculada González-Carbajal se clausuran hoy en la galería, y el Auditorio expone a partir de mañana y hasta el 15 de mayo trabajos de José Arias, Hugo Fontela, Antono Gil Morán, Kely, Lisardo, Ricardo Mojardín, Pelayo Ortega, Vicente Pastor, Lara Ríos y Consuelo Vallina en la II Exposición por la Solidaridad.

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