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Crítica

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Juan Carlos Gea

Destiempos pintados, lugares vividos

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María Álvarez, Carlos Casariego y Rodolfo Pico cargan de vivencias personales sus muestras en Guillermina Caicoya y Gema Llamazares


Publicado en La Nueva España




 No acierta el espectador a ver qué pueda haber «A destiempo» en las pinturas que muestra estos días en la galería Guillermina Caicoya María Álvarez, salvo quizá el hecho de que sumergirse en el disfrute sosegado y minucioso de esta obra implica una ruptura, un destiempo, respecto al tiempo de afuera. Posiblemente haya en el título una raíz autobiográfica y una referencia a la relación de esta serie con el conjunto de la trayectoria de la artista; el enigma queda abierto después de su contemplación y, en todo caso, anulado por completo durante por la intensidad de la experiencia de su disfrute. Un disfrute que fundamentalmente consiste en ir desvelando poco a poco -tomándose, en efecto, un tiempo que no es el de la percepción habitual del medio- la infinita exquisitez de los matices y la riqueza emocional que acopia esta obra engañosamente simple, estricta y económica. 

«A destiempo» está construida como algo más que una mera agregación de pinturas. Todas ellas son tablas y todas ellas comparten un pequeño formato muy similar, sobre el que María Álvarez ha concentrado con obsesiva minuciosidad los recursos mínimos de la pintura línea y color de forma que no se presentan como otra cosa que eso que son: línea y color. Pero, del mismo modo que la seriación, el juego de tonalidades y contrastes, la combinatoria entre trazos y trazos, manchas y manchas y trazos y manchas entre sí acaba componiendo en cada recinto pintado una suerte de registro emocional diferente, la relación entre todas estas pequeñas tablas entre sí configura algo que es más que su mera agregación. Algo que es ya pintura expandida, puesta en escena o incluso instalación. 

Esta última dimensión cuenta sobre todo por el modo en que la percepción inicial del conjunto se transforma en el trato íntimo con cada obra. La sensación de uniformidad y monotonía que se obtiene al entrar en la sala se transforma con el cambio de escala, cuando el espectador focaliza su atención en cada tabla y descubre su propio juego plástico, su propio pálpito. Las hay que son climas o casi paisajes, más orgánicas y abiertas; las hay completamente definidas, con una línea limpia y perfilada que evoca una taracea más que un trazo; las hay atravesadas verticalmente por el temblor de una repetición obsesiva de líneas que ocultan tras ellas su música de fondo, o que, al revés, sólo dejan entrever la presencia de la línea tras la oscuridad del color con un acercamiento máximo. Pero en todos los casos el método es el mismo: descubrir espacios pictóricos que sólo se nos desvelan cuando nos tomamos tiempo. Que, de algún modo, en sus códigos reiterados, seriados, han capturado, concentran y miden el tiempo real y subjetivo invertido por María Álvarez en pintarlos. 

En el caso de la doble muestra que estos días expone «La Colección», la segunda sala de la galería gijonesa Guillermina Caicoya, las emociones se ponen en relación no con el tiempo sino con el espacio en cuanto que espacio vivido y habitado. «Gijón-La Habana» reparte en las dos plantas del espacio sendas muestras recientes del quehacer del pintor Rodolfo Pico y del fotógrafo Carlos Casariego en las que ambos muestran, respectivamente, el resultado de su fricción sentimental con dos ciudades que significan mucho en términos emocionales y en términos artísticos para ambos. 

Casariego recopila en sus piezas, todas de homogéneo y compacto formato cuadrado, sus andanzas de flâneur con cámara por su ciudad adoptiva, publicadas recientemente como parte del libro «Viajero en Gijón», editado por Trea. Es al mismo tiempo una visión reconocible y radicalmente distinta -tanto más desconcertante cuanto mejor se la conoce- de la ciudad, por cuanto el ojo es de forastero y elude o desmonta las visiones más tópicas, costumbristas o esperables de la villa. La mirada es al mismo tiempo la del paseante sorprendido en su caminata, la del pintor capaz de encontrar valores plásticos en cualquier sitio y la del fotógrafo con la destreza técnica como para capturarla con el máximo de intensidad y belleza. Y también, marcadamente, la del fotógrafo sensible a las cualidades del espacio urbano y arquitectónico, como lo es el excelente profesional de la fotografía de arquitectura que es Casariego (que, por cierto, aplicó estos mismos métodos en una espléndida serie habanera). 

Por su parte, Rodolfo Pico despliega todo su riquísima y muy personal imaginería y todos sus recursos como pintor para envolver al visitante en una experiencia casi apabullante. Como las fotografías de Casariego, las obras de Pico también ilustran un libro - «Asturias-Cuba. Los que se quedaron», de Belén Menéndez Solar- y remiten a una vivencia profundamente personal, que hunde sus raíces en los propios orígenes familiares de Pico y en su experiencia de la ciudad habanera. El conjunto constituye un relato de la aventura humana de la emigración a Cuba en general narrado mediante otro tipo de migración: la de las imágenes del uno y del otro lado. Pico traslada todo su mundo, su léxico y su idioma artístico hasta reimplantarlo en suelo cubano, y trae imaginería (y santería) cubana hasta el territorio de su pintura, evidenciando lo mucho que ya había de cubano y habanero en él. Como no podía ser de otro modo, al final esos dos mundos se hacen uno en esta apasionada individual.



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