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Crítica

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Jaime Luis Martín

La calidez de los Ángeles del mal

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Publicado en La Nueva España

Jorge Nava
La habitación de la carne
Del 25 de marzo al 30 de abril
Vorágine

 
Frente al esplendor que algunos persiguen, otros preferimos lo sombrío y apartado, las pequeñas estancias, íntimas, en los márgenes, refugio de algunos artistas que buscan momentos de emoción, sabiendo que no arrastrarán a las masas pero conectarán con el espectador, invitándole a participar, provocándole sensaciones, respetándolo como sujeto inteligente, capaz de reflexionar y acumular experiencias al facilitarle imágenes diferentes a aquellas con las que habitualmente nos bombardean los medios de comunicación.

Pues bien, esto es lo que ha hecho Jorge Nava (Gijón, 1978) en la sala Vorágine, transformada por el artista, tras la intervención pictórica en sus muros, en una cámara infernal, con el rojo como protagonista de una belleza perturbadora. Esta propuesta barroca y sensual, demoníaca y orgiástica, de tormento y enajenación, de sexo y muerte, no es sino una parodia y una alegoría que ambiciona adentrarse en el éxtasis de la carne. Resulta, en definitiva, una catarsis sexual con la muerte siempre presente, desgarrando el placer.

Sus antecedentes hay que rastrearlos en la serie de calaveras y orquídeas que protagonizaron su muestra «Todavía vivo» en la Sala Borrón (2011), unas «vanitas» que exploraban los contrastes por los que siempre se sintió interesado, entre la fealdad y la beldad. Pero, también, en sus retratos estaba presente esa carnalidad inquietante, sometiendo la belleza fotográfica de las modelos retratadas a un proceso de descomposición mediante brochazos de pintura que modificaban sus rostros.

Pero este artista, ganador del premio «Asturias Joven» en la XVIII Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias, con numerosas exposiciones regionales y nacionales, ha conseguido crear un fresco que es el reflejo de una sociedad de excesos, cínica, capaz de escandalizarse cuando se enfatiza lo sexual y el deseo y, sin embargo, permanecer indiferente a una realidad de dolor y destrucción. Se trata de una pintura muy física y directa, realizada con enorme soltura, aplicada con energía sobre la pared, vomitada en un ejercicio de náusea y sinceridad.

Un mural, en definitiva, que cuestiona el gusto cutre de la burguesía que entiende lo pictórico como algo decorativo, ya sin posibilidad de rebelarse. Pero aquí todo es efímero, nada se puede comprar, y cuando finalice la muestra las paredes recuperarán su blancura habitual y sólo quedará el recuerdo de un artista que nos hipnotizó con la «calidez de los Ángeles del mal» de los que hablaba Baudelaire.

En esta escenografía aparecen diferentes elementos simbólicos: el ángel herido, el demonio con su falo enhiesto en medio de la escena, orgulloso de su triunfo; monstruos fornicando con los humanos, cuerpos descabezados, personajes de un teatro donde se confunde lo onírico con lo opresivo aderezado con dosis apocalípticas. Frente a este mural de los excesos aparece otro, en el mismo tono cromático, protagonizado por una sola figura, un esqueleto de rodillas que mantiene una actitud orante, con la carne, en el suelo, desprendida de los huesos.

Jorge Nava consigue en esta habitación un intenso momento pictórico iluminado por monstruos, demonios, sexo y muerte, que resulta, con todo, menos provocador que las estructuras económicas que nos muerden la carne y no precisamente para darnos placer.


















































































































































































































































































































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