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José Luis Argüelles

Nel Amaro y Pulgu

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Publicado en La Nueva España
Hoy despedimos en Mieres del Camino, su villa y la mía, a Nel Amaro. Sobre su féretro, flores blancas, la bandera tricolor a la que nunca renunció y una entrañable foto del poeta de luengas barbas (también dijeron de él, como de Valle, que era un extravagante ciudadano) con Pulgu, su perro situacionista. Los poetas se mueren de pronto (al cabo nada nos deben, les debemos lo que escriben) y empezamos a entender cuánto significan para la comunidad en la que viven, crean y sueñan ante el desprecio casi siempre general. 

A Nel Amaro le llevó toda una vida cumplir su destino de creador transfronterizo, de escritor sin género que transita todos los géneros, de prestidigitador verbal y visual dispuesto siempre a sacarle un conejo lírico a la negra chistera municipal y espesa. Pasó hambre como un bohemio del siglo XIX, vagó por mil y un oficios de los que huía a toda prisa porque siempre echaba de menos la música de su máquina de escribir, sufrió prisiones y silencios, hostilidades y burlas, pero supo alzarse del suelo una y otra vez como los grandes ciclistas de todos los tiempos, a los que él tanto admiraba. Parece que los poetas tuvieran que morirse para hacerse inteligibles. 

Nel Amaro pasa a la historia de las letras asturianas como uno de los fundadores de la nueva literatura que trajo el Surdimientu. Es uno de los autores fundamentales de la primera generación de ese movimiento, aún en construcción. Ahí -del teatro a la poesía, de la novela al cuento- dejó una voz reconocible, singular, amasada a partir del tema del que surge toda su obra escrita: la confusa y compleja educación sentimental de un hijo de la derrota republicana en la larga posguerra española. 

Pero Nel Amaro es mucho más que el escritor torrencial y todoterreno, el que bailaba rock con la sintaxis. Sus aportaciones a la poesía experimental tienen un capítulo destacado en las más exigentes antologías españolas, al lado de Cirlot, Ullán, Francisco Pino o López Gradolí, por ejemplo. Y sus acciones como performer (él, que le depiló el bigote a Aznar) le sitúan entre los mejores, como demostró en Laboral. Pudo ser nuestra Marina Abramovic, pero optó por algunas fidelidades incompatibles con el divismo: su timidez, su autodidactismo, su mala leche de la cuenca minera, el barrio de Santa Marina, la república independiente de Turón, los perdedores, la ironía, hacer de su perro no una mascota, sino un aventajado discípulo de Debord. 

Ya echamos de menos a Nel y a Pulgu, una de las parejas más entrañables, lúcidas y disparatadas de nuestra historia cultural. Estaban siempre con un subidón de poesía.

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