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Francisco Fresno

El centro del arte

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Publicado en La Nueva España

 No aprenden de los errores que supuestamente ya deberían estar superados desde hace mucho tiempo. No quieren aprender. O no les interesa. Quinientos años después, y en pos de la modernidad, siguen con otra equivalencia discriminatoria de las artes plásticas similar a aquella que jerarquizaba las artes como manuales y liberales. Nos presentan como novedad, y disculpen la redundancia, las nuevas tecnologías, cuando el avance tecnológico siempre acompañó a las artes, desde la Prehistoria. 

Sin duda, los medios y las técnicas posibilitan la creación artística y su extensión, pero el Arte siempre supera los medios. Las pinturas de Vermeer sobrepasan con mucho el empleo de la cámara oscura. «Las meninas», una metapintura abierta, es un buen ejemplo del arte procesual, en el que cada espectador sigue renovándola al colocar su propio tiempo frente al de Velázquez en el lugar que antes ocupó el espejo. 

Pero lo grave, y lo aberrante, es que esta discriminación que hoy pone en segunda fila a las artes plásticas sea una iniciativa de políticos y gestores que rebasan la línea que delimita sus competencias, para entrar en las que nos corresponden a los artistas, a los que nos deben de considerar menores para justificar su innecesaria tutela paternalista, impuesta por su poder, despreciando así nuestra inteligencia para elegir y discriminar nosotros los soportes que utilizamos según nuestras necesidades expresivas. 

Pongamos que trasladáramos lo mismo a dos ejemplos de la arquitectura, ambos premios «Pritcker»: resultaría absurdo que nos dijeran que la exposición de un Norman Foster «tecnológico» debería celebrarse en los espacios de un centro de arte contemporáneo, y que a la de un Peter Zumthor, por venir de la artesanía de la madera, le corresponden los de un museo de Bellas Artes. Pues un absurdo así, que pone tabiques divisorios a las artes dependiendo de los medios utilizados, es el que viene manteniendo el Gobierno del Principado de Asturias, afirmándolo incluso en declaraciones públicas sin ningún rubor. Un centro de arte y un museo de Bellas Artes se pueden solapar, pero parece lógico que a un museo le corresponda, principalmente, aquello que ya está más consolidado, y a un centro de arte contemporáneo, el apoyo, canalización y difusión de todos los ensayos y búsquedas creativas presentes que aporten algo, sin limitaciones, y sin preferencias por unos medios jerarquizados puestos por delante de los contenidos. 

El estímulo y el desarrollo de la creatividad exigen una amplitud de miras que debería dar una igualdad de oportunidades a todos los artistas con independencia de los soportes que utilicen, sin ningún tipo de discriminación previa. La mente creativa busca, de forma flexible, todo tipo de interrelaciones técnicas, temáticas, metafóricas, conceptuales, críticas..., y estas interrelaciones y los resultados que puedan alcanzar vienen, en gran medida, del particular discurso y capacidad de cada autor, y de la atracción que cada uno pueda sentir por las distintas técnicas y formas expresivas, igual que de los estímulos y apoyos del entorno. 

La todavía influyente inercia lineal que proviene de las vanguardias artísticas del siglo XX, de lo que va por delante, ya está caduca por limitada, por el defecto de entender los avances como sustituciones. En materia musical lo pone en evidencia muy bien Alex Ross en «El ruido eterno». Por ello, deberíamos tener presente que nuestro mayor salto evolutivo, inseparable de las artes, se dio cuando nuestra mente logró una transversalidad entre las distintas inteligencias. Una inteligencia técnica no comunicada con una inteligencia social no permitiría la creación artística y el sentido de sus guiños expresivos y simbólicos. Desconsiderar esta transversalidad, también entre las distintas formas de creación, expresa una pobreza para entender el centro de la creación misma, que ha de ser, más allá de las modas, como un Aleph en el que confluyen y pivotan todos los puntos posibles. 

Hoy especialización es sinónimo de limitación, y por ello especializar cualquier centro de arte supone restarle la altura que exigen nuestros tiempos para asumir las sinergias que derivan de los mayores niveles de diversidad. Dando iguales oportunidades a los distintos medios se enriquecerían todos ellos por sus múltiples y recíprocas influencias. Añadir, en este caso, sería a la vez sumar y multiplicar. La modernidad bien entendida pasa por que ésta sea una consecuencia de lo eficiente y no un objetivo en sí misma, pues lo contrario, su búsqueda directa, solo lleva a lo esnob y a lo hueco. 

No vamos a negar que hayan virado algo las cosas últimamente en la dirección que aquí apuntamos, pero el cambio aún resulta muy insuficiente; se requiere una total apertura que comprenda las artes plásticas. Un centro de arte, igual que cualquier artista respecto a su trayectoria, también debería exigirse una saludable revisión autocrítica, valiente y sin complejos, porque no nos podemos permitir el seguir desperdiciando ideas y capacidades por prejuicios que discriminan buena parte de nuestra creación, ni por esnobismo, ni por moda, ni por hacer la ola con otros contextos diferentes del nuestro. 

Deberíamos pensar por nosotros mismos utilizando los ejemplos con mejor ajuste y más sentido crítico, y ser conscientes de que a finales del siglo XIX el principal freno para los impresionistas estaba situado detrás; hoy, sin embargo, el dominio está en lo que nos ponen por delante: en lo que nos imponen en aras de una modernidad mal entendida que no comprende los diferentes medios por igual de modo complementario, como los contrastes cromáticos en la paleta impresionista, y que, por lo tanto, tampoco es capaz de captar todas las longitudes de onda de la luz de hoy. 

Que no nos engañen, el verdadero centro del arte, el de la creación, aunque algunos no lo vean, o no lo quieran ver, no se localiza ni en lo anquilosado ni sólo en una parte decidida por algunos políticos y gestores, sino en lo que de forma más abierta y compleja se interrelaciona y mueve con mayor capacidad y exigencia entre todas las opciones artísticas, en base al alcance de sus resultados, y no condicionado por una limitación impuesta que se contradice al cerrar puertas a los artistas con el pretexto de una jerarquización de los soportes totalmente prescindible.

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