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Elena Vozmediano

Centelleos de cine

1 comentario

Publicado en El Cultural
Noches eléctricas. Are y pirotécnia
Comisarios: Phillippe-Alain Michaud, Laurent Le Bon, Benjamin Weil. LABoral. Los Prados, 121. Gijón. Hasta el 12 de septiembre.
    


El centro de arte LABoral de Gijón presenta una interesante exposición que pone en relación el cine, la pirotecnia y fenómenos lumínicos y explosivos asimilables.


Los grandes museos hacen circular sus obras por el mundo. Con motivaciones diplomáticas, crematísticas, o como colaboración entre instituciones culturales. Estospacks viajeros suelen confiar en que la “marca” del museo sea suficiente para “vender el producto” y, así, nos encontramos a menudo con exposiciones tituladas Obras maestras del museo X o, como mucho, Tesoros del Impresionismo (u otros períodos históricos) del museo Y. Se incluyen unas cuantas obras importantes, se rellena con otras pasables... y tenemos muestra de éxito. El Centre Georges Pompidou de París no es ajeno a esta práctica -en este momento hay en Tokio una gran exposición sobre el Surrealismo con obras de su colección- pero es también capaz de generar itinerantes cien veces más interesantes, como ésta Noches eléctricas, que ha prestado ya sus servicios a la nación al integrarse en el programa cultural del Año Rusia-Francia (2010) -en la Moscow House of Photography- y llega ahora a LABoral.

Philippe-Alain Michaud, conservador de la colección de cine, ha concebido este proyecto que pone en relación el cine, la pirotecnia y fenómenos luminosos y explosivos asimilables. Los desmesurados espacios de LABoral sirven a la perfección para figurar un cielo nocturno. Decimos “fuegos artificiales” cuando queremos significar que algo es espectacular pero vacuo. Michaud quiere demostrar que hay una tradición cultural vinculada a éstos que es recogida por el arte contemporáneo y que se expresa de manera privilegiada en formato cinematográfico. La noche, y sobre todo la noche en la ciudad, es un tema de la modernidad.

La obra de 1928 que da título a la muestra, de Eugène Deslaw, refleja esa fascinación por las luces eléctricas, que hacen flotar en la oscuridad letras y dibujos de neón, constelaciones de luces que parpadean. Son los fuegos artificiales de la ciudad del siglo XX. Pero el hombre, y aquí entra un apenas insinuado elemento antropológico, no ha olvidado su antigua atracción/temor hacia el fuego. Las explosiones, igniciones e incendios, erupciones volcánicas, rayos... aúnan violencia natural o bélica y belleza. Por algo Nerón quemó Roma. Michaud busca en el cine una correspondencia con esa inevitable atención hacia las incandescencias y los centelleos. La película en sí y las manipulaciones a las que puede ser sometida -tintes, montajes, velocidad de filmación- encarna ya esos destellos de luz en la oscuridad; y la proyección se asimila al lanzamiento de las luces hacia el espacio en la pirotecnia.

El Pompidou ha adquirido filmaciones que, sin haberse hecho con una intención artística sino científica o documental, contribuyen al entendimiento de las obras de arte en movimiento. En la exposición hay varias películas antiguas sobre erupciones, fuegos artificiales, observaciones de la estratosfera y eclosiones vegetales, que encajan perfectamente entre las proyecciones de los artistas. También se han seleccionado un par de grabados barrocos y un grupo de fotografías vanguardistas (Brancusi, Maar, Monoly-Nagy, Brassäi, Kertesz), que enuncian el vocabulario de la representación de los fenómenos lumínicos nocturnos.

La exposición subraya la tradicional lectura icónica de las formas producidas por las explosiones como estrellas y como flores, estableciendo un puente entre lo natural y lo artificioso. En buena parte de las obras se puede identificar una proximidad a los fenómenos naturales, a veces irónica, como en la erupción de Roman Signer, otras más trascendentales, como la impresionante instalación de Anthony McCall, que dibuja con haces luz sobre el humo unas arquitecturas móviles que hacen alusión a cuerpos vivos. Lo corporal está muy presente en las performances (con pólvora y velas) de Ana Mendieta o en la obra que Cerith Wyn Evans dedica a Pasolini. Hay otro elemento con el que nos identificamos desde el cuerpo, por los latidos del corazón: el ritmo, visual o sonoro. Por ahí nos atrapan también lo que arde y lo que detona de forma discontinua: John Cale y sus sirenas de coche de policía; el acompasado “sol” de Claude Lévêque; la sucesión de explosiones extraídas de películas en Claude Closky; la sesión DJ de Anri Sala bajo figuradas bombas; el sonido de encendido de cerillas en Rui Toscano o el parpadeo de imágenes en los hipnóticos montajes en cámara de Rose Lowder. El humo, en Ange Leccia, Cai Guo-Qiang y McCall, cierra el círculo sensorial.





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Comentarios

Robert Vandenbego escribio el 30-03-2011:
Excelente información.Gracias. Os sigo. Un saludo Robert ;) http://bego360.webnode.es/

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