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Juan Carlos Gea

Por un nuevo arte de la memoria

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Publicado en La Nueva España

El edificio proyectado por Jovino Martínez Sierra para el flamante Valey Centro Cultural de Castrillón es toda una declaración de principios: engastado al milímetro en su escenario urbano de Piedras Blancas, diáfano, casi volcado sobre la plaza de Europa y, a su vez, accesible a la mirada desde el exterior; la perfecta encarnadura arquitectónica de su aspirac ión de integrar de la cultura –en lo que esta tiene de patrimonio compartido, de memoria común, pero también de exploración y avanzadilla- con toda normalidad en la vida cotidiana del concejo. Pero quizá el punto del Valey desde el cual se recibe el impacto más significativo es el pasaje que atraviesa el edificio y que deja ver desde arriba al transeúnte su espléndida sala de exposiciones. Y, dentro de ella, los fulgores y parpadeos digitales de las piezas que integran la exposición inaugural del centro: Rastros e indicios, una muestra de arte rigurosamente contemporáneo que es, de nuevo, toda una declaración de principios.

La colaboración con Laboral Centro de Arte y Creación industrial,cuyo comisario jefe Benjamin Weil ha comisariado, a su vez, esta colectiva en la que el pasado y la identidad del territorio –el más inmediato, de Castrillón, pero también el de toda la Asturias industrial y minera- circulan hacia el interior de la sala de arte a través de la obra de cuatro artistas: Bárbara Fluxá (Madrid, 1974), Nicolás Combarro (A Coruña, 1979), Ángel de la Rubia (Vigo, 1981) y el gijonés Víctor Esther G. Lo que Rastros e indicios tiene de emblemático respecto a las intenciones del Valey viene dado, desde luego, por esa atención al preciso suelo cultural y social sobre el que se asienta el Centro, y a su voluntad de contar con él desde el primer momento. También la colaboración con otras entidades, Laboral en este caso.

Pero, sobre todo, lo que cuenta como declaración de intenciones son las características de los creadores y las creaciones elegidas como mascarón de proa de su programación artística: nada de faraonismos, nada de concesiones al populismo o a la condescendencia paternalista, y sí atención a los nuevos formatos, los artistas jóvenes y las áreas del arte contemporáneo donde el espectador medio puede encontrar anclajes y sentidos. Y además –algo que preocupa tanto al comisario como al director del Centro,Jaime Luis Martín- buscando reconciliar la sensibilidad artística contemporánea y su utillaje hipertecnificado y cada vez más inmaterial con la carnalidad de la vida cotidiana y la memoria común de sus destinatarios.

El visitante que accede a la sala, situada bajo el nivel del suelo, se encuenta en primer lugar con la poderosa videoinstalación de Bárbara Fluxá sobre el embalse de La Almendra, en Zamora.Paisaje Cultural sumergido: Argusino practica literalmente, un buceo en la memoria profunda del paisaje y una incontestable revelación de lo que éste tiene de construcción cultural humana. Empleando técnicas de batimetría y sonometría, la artista ha barrido el fondo del embalse para reconstruir la imagen tridimensional de los restos del pueblo de Argusino, sepultado por las aguas. Aunque estremece, su visión no interpela a la nostalgia de ninguna arcadia rural perdida ni a idealizaciones de corte ecologista que Fluxá considera, por otra parte, “hipócritas”, sino que constata más bien el alcance de la configuración humana del entorno como efecto de la relación del hombre con la naturaleza.

El pasado industrial de Castrillón se hace presente a través deSerie negra, el trabajo de Nicolás Combarro sobre la mina de Arnao, permanentemente presente en el Centro Cultural a través de ese “valey” que alude al nombre que se le daba a ciertas galerías transversales de la mina. Combarro se aproxima también a la fusión del paisaje con la acción humana, pero en este caso a través de las construcciones asociadas a la explotación de los recursos naturales. De una parte, con una pieza de video que circunda obsesivamente y al detalle una espléndida maqueta de José Luis Gutiérrez del castillete de la mina de Arnao, revelando lo que tiene de orgánico; de otra, mediante una serie fotográfica que documenta varias intervenciones escultóricas en las ruinas arqueológicas de la explotación minera (una de las cuales pasó, por cierto, en la última edición de Arco a formar parte de la colección de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson).

La perspectiva de las instalaciones de Ángel de la Rubia está más atenta a los aspectos sociológicos derivados de la urbanización de los valles centrales surgida a partir del desarrollo minero. Además de Galería, una batería de videoinstalaciones con imágenes de la propia actividad en la mina, De la Rubia presenta Fachada interior, una intervención en uno de los muros de la sala en la que las diapositivas de una vivienda obrera común y corriente se sobreponen sobre una retícula dibujada en la pared; en realidad se trata de la transcripción exacta de un muro de ladrillo tal como se revela tras el enlucido. La fusión de esas dos imágenes, y de los conceptos asociados de interioridad y exterioridad, privacidad y construcción, apuntan al interés del artista por mostrar el modo en el que la planificación de las urbanizaciones obreras envolvía una precisa manera de reticular, influir, ordenar y controlar la vida de los trabajadores.
Finalmente, Víctor Esther G. aporta la pieza más abierta y lírica del conjunto, MVLB 3RE-Conversión, 2010, en la que piezas de maquinaria industrial y fragmentos de minerales tratados como esculturas o reinterprtetados en cajas de luz entran en relación en una instalación azarosa, casi surreal, que reproduce la fórmula “deriva = ocio + consciencia” que su autor declara como método de trabajo en esta instalación.

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