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Crítica

Antonio Alonso de la Torre

Arte en Gijón

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En el Museo Evaristo Valle interseccionan sus obras Tadanori Yamaguchi y Jesús Castañón. Tadanori crea un jardín zen con piedra de granito negro y Jesús levanta sus rojas arquitecturas cerámicas. Los dos artistas se conocieron en otro tipo de trabajos menos artísticos, en la obra y entre andamios. Esta amistad los lleva ahora a unir dos sensibilidades, dos materiales, dos técnicas y dos colores muy distintos. Sin embargo el resultado es un juego agradable de experimentación. El riesgo que los ha llevado a utilizar nuevos cortes en las piedras o a introducir toques naranjas junto al rojo los conduce en esta exposición conjunta a concluir algunas piezas iniciadas por el otro.

Por desgracia extraña encontrar en el ambiente artístico colaboraciones de este tipo. Se necesita una actitud abierta, que no tema a lo desconocido ni a perder egoístas dosis de autoría. Los resultados están a la vista, ya que ambas partes se enriquecen y los dos evolucionan y aprenden.

Jesús Castañón es un artista que no teme estas experiencias, como ya demostró el pasado verano con la muy interesante experiencia que llevó a cabo con la artista argentina Ailí Chen.

Reseñar por otro lado que Castañón está exponiendo actualmente en la exposición La cerámica española y su integración en el arte que hasta el cuatro de febrero puede visitarse en el Museo Nacional de Cerámica de Valencia. Castañón es el único asturiano presente y comparte espacio con otros sesenta artistas entre los que destacan nombres como Antoni Gaudí, Llorens Artigas, Picasso, Miró, Madola, Rosa Amorós, Chillida, Tàpies, Miquel Navarro, Sicilia, Barceló, Anleo...

Hasta el 25 de febrero puede visitarse en el Palacio Revillagigedo la exposición Itinerarios de la gráfica contemporánea asturiana. En ella se reúnen trabajos de veinticinco grabadores asturianos que aplican el tema del viaje a lo artístico sirviéndose de técnicas clásicas o de nuevos y sorprendentes procedimientos. Desde la veteranía del gijonés Antonio Suárez hasta la joven Laura Blanco se observan varias generaciones de artistas que han cedido tres estampas concebidas ex profeso para la muestra. Hay trabajos de gran calidad artística de algunos jóvenes que han evolucionado sorprendentemente, sobre todo Fernanda Álvarez, Laura Blanco, Marta Fermín, Isabel García Cuadrado o Ana Vila.

Desde el nativo rincón a la mítica Itaca. Periplos, viajes e itinerarios artísticos. Este subtítulo de la muestra es indicativo no sólo del desarrollo de la experiencia vital de cada uno de los artistas, también la propia exposición tiene ya su larga aventura que culminará este mismo año en la sala internacional del Centre de la Gravure et de l’image Imprimée de la Louviére en Bélgica.

La actual riqueza de grabadores en nuestra Asturias es sorprendente. Es posible que en ello tenga mucho que ver el trabajo que desde hace años viene realizando la profesora, y comisaria de la exposición, María del Mar Díaz. Junto al grabador Francisco Velasco recuperó y estudió minuciosamente el trabajo de la gijonesa Litografía Viña, que es hoy un reconocido centro de estampación litográfica. Además María del Mar dinamiza con acierto todo el mundo del grabado asturiano.

En la capilla del Barjola se expone el proyecto ganador de la IV beca del museo hasta el cuatro de febrero. Los hermanos Gema y Luis Ramos presentan la proyección cenital titulada Odio el arte. El suelo de la capilla se convierte en una superficie con movimiento que duplica el simbolismo de la cúpula desde la que se proyecta. En la imagen van apareciendo palabras y frases referentes a los sentimientos que puede haber entre dos personas. Tras las palabras aparece una pareja de bailarines que expresa con sus cuerpos estos sucesivos acercamientos o distanciamientos posibles. Esa misma sucesión de sentimientos contrastados entre dos enamorados es la que se siente a menudo ante el arte. Atracción o rechazo, a veces inexplicable, del mismo creador hacia su trabajo o entre el espectador y la obra.

A destacar la belleza plástica de los movimientos de los dos bailarines vestidos de rojo. La comunicación entre ellos es total. Aunque nunca pierde calidad es muy distinta la visión de este trabajo desde la tribuna de la capilla o sobre el mismo suelo, donde el espectador casi interactúa con los mismos bailarines. La relación con la obra varía mucho. A veces es cuestión de perspectivas, de saber guardar las distancias adecuadas a cada momento.

La galería Gema Llamazares continúa la tarea de recuperar a los muchos artistas asturianos que llevan años viviendo y trabajando lejos de nuestra comunidad. En este caso el reencuentro es con la pintora Trinidad Fernández. Hasta el 10 de febrero pueden verse sus últimos óleos sobre lienzo. En ellos se reconocen como característicos de su trayectoria los tonos grises y azulados y sorprende encontrarse con algunas obras en las que dominan los rosas. Son todas ellas obras muy armoniosas y claramente estructuradas, que poseen esa intersección mágica entre abstracción y figuración que abre las puertas a la imaginación del espectador. Se trata de lugares que Trinidad guarda en su memoria, al parecer paisajes del sur de Inglaterra, de Dover, donde pasó una temporada. No extraña por ello que la autora juegue con esta sensación y con su propio nombre para titular la muestra Los escondites de tres.

Con esto de los setenta años del fin de la guerra civil española, y tras treinta años de democracia, parece que se pierde el miedo a recuperar le memoria histórica. Nuevas exposiciones en el Museo Nicanor Piñole y en la Casa-Natal de Jovellanos se unen a la ya inaugurada hace unos meses en el Pueblo de Asturias. Trabajos indispensables para conocer nuestro pasado reciente.

En el Piñole se muestran los testimonios recogidos por el mismo Nicanor Piñole durante la guerra en Gijón. Como él ya tenías cincuenta y ocho años se libró de la parte más dura de cualquier guerra, pero su sensibilidad lo llevó a recoger las penurias del pueblo que sufre, de mujeres, niños o viejos. Incluso animales como las xilografías de una vaca que muge desesperada.

Más jóvenes eran Mariano Moré o el fotógrafo Constantino Suárez. Por eso en su trabajo, que puede verse en la Casa-Natal, se refleja preferentemente la vida en la cárcel de El Coto o en “la Iglesiona” convertida también en presidio.

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