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Juan Carlos Gea 



Microfísica de la belleza

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Herminio regresa a Gema Llamazares con «Eppur si muove», una individual en la que mantiene sus principios pero incorpora nuevos elementos a su escultura



Publicado en La Nueva España

La belleza pura se conquista solo muy trabajosamente. Pero una vez conquistada, su presencia resulta tan perfecta y absoluta que se impone por sí sola ante los sentidos y la mente y hace olvidar todo el resto; incluso las preguntas acerca de cómo ha sido posible llegar a ella y cómo es (y será) posible que persista en un contexto en el que todo conspira para desestabilizarla. Impresiones de este tipo o algunas confusamente similares son las que suscita el trabajo de Herminio, el artista naviego que hoy vuelve a ocupar con su obra reciente la galería Gema Llamazares, casi tres años después de su última individual en la sala gijonesa. 

Como es habitual en él, se trata de esculturas en las que masa, geometría y magnetismo se someten en un estricto procedimiento para llevarlos a un diálogo que transcurre en equilibrio oscilante, un temblor al borde del desmoronamiento que sin embargo transmite la misma sensación de perdurabilidad, de solidez ajena al tiempo, que pueden transmitir, no ya una arquitectura o una pieza escultórica particularmente logradas, sino realidades que existen más allá de su encarnadura física: una buena metáfora, una fórmula matemática, una idea feliz. 

Y no deja de ser llamativo comprobar cómo aquella curiosidad casi infantil por la génesis y el cómo-se-hizo se esfuman ante la consumación de la obra; y ello incluso cuando se ha podido ver a Herminio enfrascado en el montaje de cada una de las piezas, levantando laboriosamente con ayuda de dos operarios, entre andamios, embalajes y piezas aún inertes -aún desactivadas- cada una de las minuciosas ingenierías que hace pivotar sobre una arista, o descansar al filo de la vibración sobre un invisible lecho de magnetismo. En el momento en que los andamios se retiran, desaparecen los trastos y el propio escultor elimina escoba en mano cualquier resto de impureza que pueda haber quedado en torno a la pieza o que se haya adherido a su inmaculada superficie, la obra comparece como si hubiera aparecido allí por sí misma en toda su perfección, y allí se fuese a quedar para siempre. 

Los principios del trabajo de Herminio siguen siendo los mismos; no podía ser de otro modo, de la misma manera que los principios de la física o de las matemáticas subsisten sin alteración alguna: una depuradísima belleza tridimensional de rasgos geométricos puesta en estado de delicada pero máxima tensión; dispuesta según estrictas reglas y proporciones para vibrar y emitir su música como la cuerda de una lira pitagórica, en el límite mismo entre la estabilidad y la inestabilidad. 

Lo que cambia son los elementos mediante los que se materializan esos principios invariables. En «Eppur si muove» -título de significativas resonancias galileanas que ha escogido para la exposición- Herminio erige piezas más masivas y contundentes que los exquisitos poemas tridimensionales de ecos marineros de su última individual en Gijón. Más en la línea de la obra con la que el pasado año hizo su apabullante desembarco en la galería Cayón de Madrid y de la que acaba de exhibir en Arco, y más sustentada sobre el juego con el triángulo -la figura geométrica de estabilidad más ambigua-, «Eppur si muove» aporta novedades como el uso del cristal, que añade planos y profundidades, y la presencia de nuevos colores que enriquecen a la habitual paleta suprematista de blancos, negros y rojos: un profundo azul y un amarillo que introduce una evocación casi pop inédita en la obra del naviego, aplicados con la misma laboriosa técnica industrial que convierte el aluminio lacado en otra cosa; no la síntesis de un material y un color -un soporte metálico pintado y un sofisticado tratamiento rematado con barnices cerámicos-, sino una especie de nuevo elemento en estado químicamente puro, como recién cortado de una veta de pureza extraterrestre. 

A partir de ahí, la exposición se reparte entre las esculturas exentas, a veces más aposentadas sobre su propia masa y otras erguidas y enigmáticas, como tótems de otro mundo, junto a piezas más intimistas y recogidos; composiciones horizontales y verticales dispuestas sobre el muro a modo de relieve; series, también de pared, en las que el juego de la luz sobre la escultura arranca dibujos de sombra, y que como o dibujos quedan confinadas en un marco, o portentos como la minúscula pieza de fragmentos de alambre conectados como pequeños trazos que gira, se yergue y se desmaya sobre un espejo: no tanto un «dibujo animado» como algo orgánico, una forma de vida filiforme entregada a sus insondables tropismos. 

Y en el centro de todo, un móvil en el que dos esbeltas barras negras giran lentamente, encaradas y aproximándose, sin tocarse nunca, en un «pas-de-deux» que se parece mucho a alguna forma de cortejo, y que genera a partir de la estabilidad inicial de las paralelas los inestables triángulos que protagonizan buena parte de esta exposición. Exactamente igual que las visiones microscópicas de un fragmento de arenisca de una pirámide, del mármol de una escultura clásica o del granito de un sillar de catedral revelan su estructura y las fuerzas finalmente inexplicables que la sostienen, la escultura de Herminio constituye una inmersión tridimensional en la naturaleza profunda de la belleza; muestra a la vez que cuestiona el milagro de la existencia, la consistencia y la perduración de una belleza que, no obstante, como todas las cosas, pende de un hilo: aguanta sustentada por nada.


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