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Crítica

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Javier Ávila

Un lugar común

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Rastros e Indicios
Valey. Centro Cultural de Castrillón
Hasta el 16 de abril de 2011 
Entrada gratuita

Arrancar un proyecto buscando los anclajes al lugar no es una estrategia, es una necesidad y una obligación para con el público y el imaginario colectivo en el que se debe de insertar su oferta.

Abiertas sus puertas hace unos días, el Valey Centro Cultural de Castrillón lo hace desde su misma denominación, referencia a la tradición minera de la comarca, más concretamente a la mina de Arnao. En ese mismo tono se inicia la investigación plástica de la primera exposición programada bajo el título Rastros e indicios, comisariada por Benjamín Weil, fruto de la colaboración firmada con Laboral Centro de Arte, detalle este nada casual en su intención de plantar unas bases de contemporaneidad y apuesta por una creación actual, la siguiente presentación corresponderá a Juan Fernández y Chechu Álava, respondiendo a otras de las máximas de todo espacio cultural y su atención a los agentes locales, no por ello localista.

Rastros e Indicios incide en una mirada e investigación a la memoria colectiva de la comarca y sus habitantes, alimentados por la experiencia  y los recuerdos de la tradición industrial y minera, que nada tiene que ver con la nostalgia y sí con el re-conocimiento de un origen, y la nómina de artistas convocados a esta tarea coinciden en unos intereses comunes a la hora de establecer los valores de sus obras en lo que se puede denominar como una suerte de “arqueología próxima”, la memoria histórica no se limita a una determinada cronología, de este modo se establece un nexo común entre todos ellos, Ángel de la Rubia, Bárbara Fluxá, Nicolás Combarro, Víctor Esther G.

A. de la Rubia, quien ya nos presentara su magnífico trabajo sobre la Fosa de Valdediós, presenta para la ocasión las series «Galería» y «Fachada interior», miradas centralizadas en los trabajadores de la explotación minera, en sus condiciones laborales y vitales, ahondando en la esencia que emerge entre la investigación histórica y sus implicaciones íntimas, un trabajo de introspección de enlaza directamente con sus raíces familiares.

Por su parte Nicolás Combarro pone en escena un juego de engaño, de simulacro, ofreciendo las imágenes del antiguo castillete minero, así como una video proyección filmada gracias a la colaboración de Juan Luís Gutiérrez, quien cedió una minuciosa maqueta de la explotación. En palabras de propio artista, sus objetivos no son otros que “servir de enlace entre la gente de la zona y otras maneras de "mirar" a su propio contexto, por eso tratamos de promover un encuentro ciudadano dentro del marco de la exposición». Lástima que en la presentación en la sala no se incluyese la propia maqueta.

Víctor Esther G. parece centrar su obra en una llamada de atención a la manera en la que nos movemos por nuestro entorno próximo, sin percatarnos de detalles que salen a nuestro paso a los que no otorgamos valor alguno, piezas que nos rodean y que guardan en su interior el valor de lo allí ocurrido. Para ello al artista recurre a un formato cercano a la instalación donde confluyen objetos, fotografías, proyecciones o un cartel en cuyo reverso leemos la palabra “DERIVA”, vocablo en el que probablemente se encuentran las claves de su pensamiento.

Quizás la pieza más contundente de la muestra es la presentada por Bárbara Fluxá, contundente en el sentido de forzar el recuerdo, de rescatar del olvido conflictos aún por resolver, conflictos como un pueblo desaparecido bajo las aguas de una obra hidrográfica, la construcción de un embalse que ofrece un nuevo paisaje “natural” erigido sobre el desplazamiento y, en consecuencia, el desarraigo de los habitantes del lugar. «Paisaje cultural sumergido. Argusino 2010»  técnicamente es un proyecto muy complejo, se trata de sacar imágenes de un pueblo sumergido por la construcción de un embalse mediante sonometría y batimetría, son técnicas que utilizan el sonido para captar los volúmenes que hay debajo del agua, sin necesidad de sumergirse. Si bien la pieza de Bárbara Fluxá no se construye sobre una localización de la zona, el pueblo se encuentra en Zamora, sí que engloba todas las preocupaciones conceptuales de la muestra, dirigiendo hacia todos nosotros una exigencia de evitar el caer en la desmemoria.

Valey no es sólo una Centro de Arte, su función va mucho más allá, su objetivo es, y debe de ser, un lugar catalizador y dinamizador de manifestaciones culturales en todos sus formatos y disciplinas, en este sentido no cabe duda que la pieza fundamental del complejo y su futura repercusión en la comarca es el Teatro, también debe de convertirse en centro aglutinante de iniciativas, lugar común del asociacionismo, espacio de encuentro en el que el usuario se encuentre en un espacio propio. En mi opinión, este inicio discursivo, programático y conceptual se dirige hacia ese camino, los saraos inaugurales son otra cosa, desde luego ajenos a lo que nos ocupa.







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