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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

Alientos de libertad

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Maite Centol expone en Oviedo su nueva serie, que mantiene la apuesta por el orden, las tramas, los planos fragmentados, las capas y las acotaciones en el lienzo


 


Publicado en El Comercio
Artista: Maite Centol (Logroño, 1963). Reside en Gijón.
Título: ‘Aliento / hope’.
Lugar: Galería Guillermina Caicoya (Asturias, 12). Oviedo.
Finaliza: 8 de marzo. 
Horario: Lunes a viernes, de 10.30 a 14 horas y de 17.30 a 21 horas.
Libertad y optimismo, esencialidad y ritmo que se configuran en series, pintando y dibujando en un complejo mundo de sensaciones elementales. La nueva exposición de Maite Centol en Guillermina Caicoya patenta su constante fe en la pintura, y su capacidad para sintetizarse, mirar adelante y concentrarse en nuevas búsquedas y hallazgos.

Maite Centol tan pronto ocupa una bodega en La Rioja, encajando sus instalaciones entre vinos, toneles y viñedos, como dirige sus proyectos hacia el trabajo colectivo, en concienzudas acciones ciudadanas, o coordina encuentros didácticos, o rinde homenaje a sus amigos. Y todo siendo consciente de que lo bien hecho, bien parece.

Por eso, quizás, no abandona el noble ejercicio de la pintura. Su nueva serie (‘Aliento/Hope’) se nutre de varios formatos, con obras realizadas en los dos últimos años que la artista asume como «aire expulsado al respirar o como esfuerzo, valor, esperanza... no pretenden tener un uso poético, sino definitorío de la pintura, de la acción y la pulsión». De nuevo, el optimismo. De nuevo, la alegría voluntaria o forzada. De nuevo, el soporte asumido como una auténtica ‘base para los días alegres’, retorno constante, imperecedero, reposo y pausa de esta ‘guerrera’ que quizás se está cansando de ciertas cosas, pero nunca se cansa de pintar.

Amor por la pintura

A través de combinaciones casi espirituales que parecen retomar las palabras de Goethe («si quieres correr hacia el infinito basta con que camines en lo finito hacia todos lados») Maite Centol intervino hace poco la Capilla de San Benito, en León, recuperando allí la sentencia de uno de los teólogos de la orden («El arte supremo es el amor a Dios») y colgando un rótulo luminoso con otra verdad más escueta y rotunda («El arte supremo es el Amor»).

Ese Amor se proyecta aquí hacia la pintura, compartiendo espiritualidades. Las obras expuestas en Oviedo fluyen desde una reflexión sobre la arquitectura asumida como receptáculo, como paisaje abierto para contener emociones, para que la gestualidad y la geometría se articule. Procesos vitales, cotidianos e introspectivos, pues en la pintura de Maite Centol late siempre una suerte de ‘purificación’ personal, casi mística, que ella misma aprovecha para revitalizar su quehacer diario.

De ahí el orden, la repetición, las tramas, los vacíos, las retículas, los contrastes cromáticos, las acotaciones del lienzo, los planos fragmentados, las capas múltiples, la armonía, la perspectiva del tiempo y del espacio. Y el silencio. Quizás, porque todo artista que aspira a la autoreflexión a través del arte termina derivando en íntimos silencios.

O porque las telas, aquí, permiten visualizar trozos rasgados y cosidos, superficies vibrantes que la pintora define como la «piel irregular » de cada uno de estos cuadros.

Una mirada a las representaciones en los dibujos técnicos de superficies, a la humanización de la geometría. «La monocromía se rompe puntualmente», dice Maite Centol. «Todo está a la vista: el soporte, el proceso, la pintura y todo queda encapsulado bajo la imprimación final».

Una pasión que, lejos de reducirse, se intensifica con el tiempo, aglutinando ideales acerca del poder liberador del arte. Palabras, colores, acciones, amigos o encuentros. Homenajes, en fin, al equlibrio, las tensiones polimórficas y las cadencias musicales.





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