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José Luis de Vicente

Laboratorios. En la cocina de la cultura

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Los "labs" buscan el cortocircuito creativo



Publicado en El Cultural

Ya es un espacio casi imprescindible en cualquier centro o museo que quiera ser “del presente”. Son los laboratorios de cultura, lugares de investigación y procesos de colaboración artística con las nuevas tecnologías como telón de fondo. Entramos en el mundo de los “labs”.


¿Son los museos dispositivos obsoletos? ¿Sirven los centros culturales para explicar los modos de producción cultural de hoy? Cualquier respuesta con matices necesita de mucho más espacio que el de este artículo, pero hay cosas que parecen claras. En un momento de transformación de paradigmas, el impulso de la cultura de internet ha desterrado la figura del “espectador” y difuminado las líneas que separan al público y al autor. Además,muchas de las líneas de investigación artística actuales no producen objetos sagrados sino metodologías y herramientas, que admiten su carácter de prototipo temporal y en permanente revisión.

Las instituciones culturales intentan responder al cambio con programas educativos, talleres y ciclos de actividades, pero en su día fueron diseñadas para producir conocimiento en forma de catálogos impresos, gastar recursos en carpintería y pintura, y mover objetos por todo el mundo. Y en demasiados casos se dedican básicamente a eso.

Mientras en cada rincón de España se construían centros de arte contemporáneo y desaforados museos de firma, hoy de incierto futuro, fuera de los focos han aparecido otra clase de instituciones que ponen el énfasis en el usuario-participante, en los procesos colaborativos y en la investigación como una forma de práctica cultural válida por sí misma. Son los laboratorios de cultura. Desde la sala de actividades
Los discursos de la innovación como agente de cambio social y económico han facilitado un clima en que, cualquier institución cultural que se precie necesita manifestar un compromiso con “los procesos de investigación”, y cualquier centro o museo necesita tener un espacio al que llama “lab”, aunque sea en realidad una simple sala de actividades. ¿Qué es un “lab” en el entorno de la cultura, realmente? En esta etiqueta confluyen tradiciones distintas con funciones diversas.

Algunos, como Medialab Prado en Madrid surgen de la tradición de los “media labs” anglosajones en que científicos, artistas y tecnólogos trabajan juntos en nuevas direcciones creativas. Otra inspiración directa son los “hack labs”, espacios sociales autogestionados cercanos al activismo online. Mientras tanto, Citilab en Cornellá, Barcelona sigue el modelo de los “living labs” nórdicos, espacios cívicos en que los ciudadanos pueden colaborar con investigadores en procesos abiertos de innovación que aborden problemas cercanos a su realidad cotidiana.

Otros laboratorios son partes de instituciones más grandes y atienden a necesidades que el resto de sus departamentos no cubren, como Plataforma Cero, el centro de producción de LABoral en Gijón, o el CCCB Lab, el laboratorio del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, dedicado a explorar precisamente, de qué manera estos cambios de paradigma deberían transformar la forma en que las instituciones culturales operan.

Los laboratorios de cultura de hoy en España son de alguna manera hijos de los centros de producción artística de los 90, nacidos ante la evidencia de que el sistema artístico nacional no podía existir sólo a base de escaparates como bienales y museos, y que estaba profundamente necesitado de cocina. Espacios como Hangar en Barcelona o Arteleku en San Sebastían fueron las primeras instituciones que pusieron el acento en la creación de contextos creativos donde se facilitaran a los artistas no sólo recursos, sino entornos de intercambio de conocimiento que fomentasen la generación de nuevos discursos.

No sólo para artistas
Pero mientras en los centros de producción la prioridad ha sido sobre todo la de ofrecer servicios y recursos a artistas “en ejercicio” para ayudarles a desarrollar sus proyectos, los laboratorios no han establecido tan claramente que sus usuarios tengan que ser creadores profesionales. Para Marcos García, de Medialab Prado, “Los ‘labs' no son espacios dirigidos sólo a artistas. Como en internet, el laboratorio ofrece muchas posibilidades de participar en la producción y la investigación, algunas más débiles y otras más intensas. De la misma manera en que en Wikipedia puedes escribir un artículo completo o hacer sólo una pequeña aportación, nuestro sistema quiere basarse en la granularidad de la participación, en que haya muchas formas distintas entrar en él”.

La transdisciplinareidad es otra de las características definitorias de los “labs”; no se espera que los creadores trabajen en un entorno homogéneo, sino que se busca el cortocircuito creativo que surge de confrontar tus ideas con las de los que trabajan en disciplinas muy distintas, de la ingeniería al activismo, el periodismo o la economía. Y finalmente, la transparencia: se presupone que los procesos deben ocurrir a puertas abiertas y como en la investigación científica lo que allí ocurra tiene que quedar debidamente documentado, para poder ser aplicado en cualquier otro contexto. Los “labs” están sufriendo los mismos dolorosos recortes que el resto de las infraestructuras culturales y costará preservar su papel en tiempos cortoplacistas: ningún laboratorio puede evaluar su éxito en número de visitantes. Pero para Pedro Soler, responsable de Plataforma Cero en LABoral, los laboratorios son ejemplos de un modelo sostenible de práctica cultural: “Todas las instituciones van a tener que generar actividades más baratas.

En tiempos de vacas flacas hay que apostar por cómo generar conocimiento del mayor valor posible, por el menor precio; nosotros que venimos de una tradición más independiente en que nunca hemos tenido grandes medios, somos una apuesta muy sensata para la generación de contenidos”.



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