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Juan Carlos Gea

Los últimos deseos de Josep Guinovart

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Van Dyck inaugurará el próximo día 28 la primera individual gijonesa del artista catalán, fallecido en 2007, basada en la obra de sus años finales

Publicado en La Nueva España



 Desbordante, proteico, genuino, contundente y poético, Josep Guinovart (Barcelona, 1927-2007) ha dejado una de las obras plásticas más intensas y significativas de la segunda mitad del siglo XX en España. Y esas cualidades, que circularon desde el artista a su obra con los objetos cotidianos como frecuentes intermediarios, se mantuvieron en un flujo constante hasta el fin de sus 80 fecundos años de vida. Es algo que quedará claro en la individual que la galería gijonesa Van Dyck dedicará al artista catalán a partir del próximo día 28 de enero: una muestra que puede considerarse como una antológica de la última etapa de Guinovart, con la que la sala consolida su apertura hacia importantes nombres de la abstracción española, tras las dedicadas a pintores como Feito, Canogar o Farreras en los últimos años. 

También quedará patente en Van Dyck hasta qué punto la creatividad de Guinovart -que sólo se había expuesto en formato de muestra individual en Asturias en 1977, en la desaparecida galería Tassili- se desplegó en un abanico casi inabarcable de géneros, lenguajes, materiales y recursos al servicio, siempre, de lo que su propio autor describió como «una expresión humana». Sobre el horizonte de su infancia campesina en Agramunt, sus viajes, su ética del compromiso social y un sentido directo y casi artesanal del trabajo artístico, Guinovart bebió sin límites ni complejos del informalismo, el pop, el surrealismo y el arte popular para fusionarlos en una obra al tiempo inclasificable e inconfundible en la que conviven pintura, escultura, collage, concepto y hasta escenografía. Una obra que se deja describir mucho mejor como una serie de ciclos siempre abiertos a los que su autor vuelve cada tanto que con el tradicional recurso a la sucesión lineal de etapas. 

La selección de obras reunidas para su primera individual gijonesa ofrecerá poderosas -y gozosas- muestras de algunos de esos ciclos, tal y como los cultivó el artista en sus últimos años de vida: el del «Retablo de Jerusalem», con sus tirachinas incrustados en cruz sobre un territorio cuarteado y en guerra que evoca el del Próximo Oriente; las evocaciones poéticas del Mediterráneo con el sempiterno azul del mar de infancia; los objetos cotidianos -platos, cortinas de plástico como en la serie de Port-Lligat- transubstanciados en un idioma para hablar de la propia experiencia; la conmovedora pintura pura de «Algeciras», en la que se denuncia con desgrarradores ecos del «Guernica» la tragedia de las migraciones africanas hacia Europa; las obras en las que la naturaleza irrumpe en forma de troncos, semillas o paja del rastrojo, como un resto sólido expulsado por la memoria campesina del niño Guinovart? 

Caminos perpetuamente en descubierta y, sin contradicción, constantes recurrencias en pos siempre de una autenticidad que enlazó el arte primitivo, las vanguardias históricas y las exploraciones del último siglo XX en una obra cuya expansividad desconcertante se explica, quizá, mejor que de ningún otro modo, en las palabras que el propio artista compartía medio año antes de su muerte en una conversación con Daniel Giralt-Miracle: «El fenómeno artístico es un misterio. El arte es siempre un proyecto, un boceto inacabado, una aproximación al deseo y un mero intento de atrapar el agua con un cedazo». En ese sentido, la muestra de Van Dyck bien podrá verse como una expresión de los últimos deseos -deseos incumplidos, pero de formulación plena- del artista catalán.

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