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Javier Ávila

Avelino Mallo. “Paisajes vividos, revisitados”

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Avelino Mallo. “La licuefacción del paisaje” Galería Gema Llamazares. Gijón

Aún recién clausurada, me asalta la necesidad de escribir una líneas sobre la obra de Avelino Mallo que se ha podido contemplar en las paredes de Gema Llamazares, espacio que ha apostado claramente por una generación de artistas cercanos a la región, aunque con entradas más o menos esporádicas a otros creadores de diferentes latitudes, una generación próxima en trayectorias y reconocimiento por un público local, en lo que no supone por otro lado riesgo alguno en cuanto al trabajo de investigación y apuesta por nuevos formatos o discursos, pero que construye un relato de un momento creativo muy definido y sólido.
Decía que me asalta la necesidad de escribir, un asalto extraño pues reconozco en la pintura una disciplina alejada en muchas ocasiones de mis puntos de interés y que, sin embargo, en este caso sí que encuentro propia, en los planteamientos y referencias al paisajismo del Romanticismo, acometido desde la experiencia personal del camino y la propia piel, a modo de viaje iniciático, tal y como era entendido por los viajeros que se aventuraban a atravesar las cordilleras para encontrarse con las referencias históricas, para recrearse en su contemplación y poder contar los avatares a su regreso.
Se construye la pintura de Avelino Mallo desde esta necesidad, confiando su factura al accidente y lo encontrado en la travesía, aquellas anécdotas, más o menos controladas y forzadas a su acontecer, confiado a todo lo alejado de lo establecido y que, en realidad, es lo que daba y da valor al periplo.
Se trata, por lo tanto, como ha indicado Juan Carlos Gea en su acertado análisis del artista, de pintar no el paisaje, sino la experiencia del paisaje; de revelarlo tal como lo ha interiorizado alguien que conoce de primera mano los secretos de la montaña y el monte asturiano. Del mismo modo que sucede en sus Veneros –reflujos de un mundo licuado y prístino de manantiales de montaña-, el ímpetu original, torrencial e informe de la vivencia directa de la naturaleza se encauza en esta pintura y adopta la forma de la sensibilidad del pintor: una sensibilidad que él mismo califica como “ecológica”, configurada mediante el contacto directo con el paisaje. Un contacto directo y necesario sobre el que se construyen las imágenes como evocaciones, como momentos detenidos, rodeados de sonidos, de palabras y conversaciones pausadas.
La misma pausa necesaria para un control minucioso de los vertidos sobre el soporte, un control mental y físico que, en una suerte alquimia con cierta dosis de magia, convierte el accidente del color en accidente geográfico, accidentes que recomponen los fluidos en macizos, superficies por las que discurren las corrientes, en angostos desfiladeros en los que cualquier destello otorga una visión irrepetible y única.


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