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Juan Carlos Gea

Incitaciones a la locura

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Un recorrido por las muestras de Fernando Gutiérrez, Juan Fernández, Vicente Pastor, Rocío Pinín y Javier Valles




Publicado en La Nueva España

Era cuestión de tiempo (y de afinidades electivas) que Fernando Gutiérrez, uno de los artistas más personales y con mayor proyección nacional del joven arte asturiano, entablase diálogo público con El Bosco. «La extracción de la piedra de la locura», la clásica tabla del XV en la que el maestro holandés alegoriza sobre la estupidez y la credulidad humanas está en el origen de «Lubber Das», intervención y animación en vídeo que el gijonés expone en Espacio Líquido y que toman el nombre del personaje que encarnaba la idiotez en el folclore holandés, figura central en el cuadro. Como brotes salidos de la misma cabeza de Lubber Das, los muros se pueblan de una imaginería infantil, animal y botánica a través de las cuales Gutiérrez constata «la mirada de la inocencia y de la estupidez, que no hay que descartar que sea la del propio artista», e invita a la vez a ajustar los ojos del espectador a esa misma inocencia, que mucho tiene que ver con la infancia y los cuentos que nos dejábamos contar en la infancia. La maestría y precisión de su dibujo, siempre imaginativo, espontáneo y poético, pone la música para que los ojos se enreden en una danza pueril como la que reiterativamente anima al niño de su videoinstalación. 

También la figura humana y los juegos de la representación -esta vez en un sentido tan dramático como pictórico- ocupan a Juan Fernández en «Play», la muestra con la que regresa a Guillermina Caicoya. Sin perder jamás pie en su amor confeso (y obvio) por los viejos maestros y por el ejercicio en sí de la pintura, Fernández profundiza en su personal investigación acerca del género del retrato mediante una colección de óleos y dibujos en las que lo retratado no son personas, sino personajes. Sus figuras, bastantes de ellas referencias o iconos cinematográficos muy reconocibles, no son medios para la búsqueda de la identidad, la autenticidad psicológica bajo la máscara del retratado, sino una nueva capa en el sistema de máscaras: una explotación de las virtualidades de la pintura para suscitar historias posibles mediante «actores pintados» comprimidos en la escenografía del cuadro. 

Pero, hablando de talento joven, la cita por excelencia del calendario anual aguarda, casi medianera con medianera junto a «Play», en la sala Borrón, donde se exhibe la vigésimoprimera Muestra de Artes Plásticas del Principado, más que consolidada (y refrendada por los hechos) como una útil prospección anual para sondear en qué andan los creadores más jóvenes del arte asturiano. La gijonesa Alicia González-Lafita ocupa el centro de la selección de este año con la pieza premiada, en la que escenifica a través de los efectos de la luz una instalación mecánica que deja ver su formación como arquitecta la pugna científica entre Isaac Newton y Robert Hooke a propósito, justamente, de sus teorías sobre la luz. El resto de trabajos, tan variados en formato, técnica y planteamiento como es esperable (y deseable) mezclan la firma de autores más incipientes junto a otros en su primera madurez: Noé Baranda, Adrián Cuervo, Manuel Griñón, Noemí Iglesias, Santiago Lara, Iraida Lombardía y Lucía Rivero. 

Siempre cerca de la tierra y siempre sensible a todos los estímulos del paisaje -un paisaje habitado, vivido intensamente a ras de naturaleza-, Vicente Pastor registró el verano del pasado año el efecto de esa inmersión en un rincón de la costa del Sur de Portugal. Allí nacieron las pinturas que expone en Ángulo bajo el título de «Dus»: una colección en la que dice haber regresado «al placer de la pintura-pintura». Aunque Pastor siempre haga mucho más que eso. En este caso, ocupó, casi intervino o convirtió en una instalación, unas barcas varadas en las playas próximas a Tavira en las que trabajó con total espontaneidad usando los mismos pigmentos puros que se utilizan en la arquitectura popular de la zona. El resultado: un vibrante atlas pintado que cartografía en decenas de pequeños territorios aquel paisaje y las sensaciones que provocó en el artista asturiano. 

La delicadeza, el lirismo y una cierta melancolía son las notas comunes de las dos exposiciones que, como de costumbre, se reparten el espacio de Texu: «Los pájaros», de Rocío Pinín, y «Mundos de silencio», de Javier Valles. La propia biografía y un homenaje al cantante Tino Casal se entremezclan en la obra de la primera, que se apoya en las nuevas tecnologías -la impresión por ordenador, posteriormente intervenida, y el vídeo- para construir un mundo traslúcido, en grises, rojos y negros, poblado por pájaros y ángeles. Por su parte, los «mundos de silencio» de Valles alternan pequeñas esculturas en porcelana y madera de olivo de gran concentración poética, cuya calidad orgánica emerge también en los relieves en gres, inspirados en la arquitectura neoyorquina, y erizados de pequeños brotes que simbolizan la supervivencia de algo natural, y quizá algo humano, en la dureza urbana.


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