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Crítica

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Juan Carlos Gea

Diecisiete sujetos en busca del objeto

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Publicado en La Nueva España

De los dieciséis pintores que reúne Natura silente, la colectiva que se inaugura mañana en La Colección -segunda sala de la galería gijonesa Gema Llamazares-, ninguno ha aportado la imagen que sirve de carátula al catálogo-libro editado con motivo de la muestra. Dis Berlin, su comisario, ha escogido como portada un fragmento de Canto d’amore (1914), óleo pintado por Giorgio de Chirico en la plenitud de la etapa que le convertiría en el fundador y referente máximo de la denominada escuela metafísica: una forma de representar los objetos del mundo cuyo rasgo distintivo no reside tanto en las oníricas combinaciones y escenografías que acabarían haciendo que el surrealismo aceptara temporalmente en sus filas al italiano como en la extraña y enajenada intensidad emocional con que se pinta cada uno de esos objetos. Al final, ser metafísico en pintura es, a la manera chiricana, un pintar las cosas después de haberlas mirado como si se vieran “por primera vez”, como Chirico vio la piazza Santa Croce de Florencia antes de emprender su aventura. Y ahí se extiende el territorio común de estos dieciséis artistas contemporáneos españoles, o residentes en España: en su pasión por el objeto, codificado en todos los casos en forma de natura silente, naturaleza muerta: bodegón.
Tal y como señala Juan Manuel Bonet en Objetos en silencio,su texto introductorio al catálogo, la exposición viene a ser también una apología no solo de la pintura, sino muy señaladamente de la pintura figurativa en tiempos neotecnológicos y multimediáticos, como lo fuesen antes otras sonadas muestras comisariadas por Dis Berlín; en particular El retorno del hijo pródigo (1991). También es “un mapa de la España disberlinesa” representada con enfoques y técnicas muy dispares en la obra de Melquiades Álvarez, Juan José Aquerreta, Enric Balanzá, Andrea Bloise, Reyes Díaz Blanco, Marcelo Fuentes, Miguel Galano, Emilio González, Angélica Kaak, José Luis Mazario, Chema Peralta, Alberto Pina, Sara Quintero, Esther Revuelta, Gonzalo Sicre y el propio anfitrión de este banquete de figuración objetual, Dis Berlín.
Las obras de todos ellos se han ido amoldando a la versátil geografía de La Colección de manera que el espectador podrá disfrutarlas en los espacios más abiertos de la sala, o bien ingresar en la caja blanca, convertida en una suerte de pequeña capilla de exvotos pintados por Galano, o recogerse en la oscuridad de lacaja negra frente a un rotundo bodegón de Sicre o las quebradizas obras de Reyes Díaz Blanco y los inquietantes paisajes confinados de Sara Quintero, que se enfrentan en un peculiar coloquio.
En otros casos los pintores recurren, al revés que en el caso de esta última autora, al artificio de romper el muro del fondo y desbordar el previsible espacio doméstico, incorporando el paisaje al bodegón con pleno protagonismo. Sucede en el Bodegón desierto de la misma Reyes Díaz Blanco y en dos de las misteriosas piezas de su marido, Melquíades Álvarez, o en el cielo en el que hace volar sus geometrías de origami Chema Peralta. A veces, la ambigüedad entre exterior e interior es tan extrema como en elBodegón submarino de Andrea Bloise, cuyo espacio pictórico ha inundado la totalidad del cuadro. Otras, la escala deja de importar, como en las opacas arquitecturas de Marcelo Fuentes, tratadas con la misma compacidad y organicidad que un objeto natural. Y en obras como las de Emilio González, la mirada se suspende en una escala intermedia en el que el bodegón incluye la totalidad del espacio doméstico: muebles, estanterías, libros, todo tipo de enseres.
Con todo, predomina en Natura silente el bodegón de concepto más clásico, en el que los objetos, sus cualidades y sus relaciones concentran todo el esfuerzo de los artistas. Así sucede con las exquisitas aportaciones de Aquerreta; las reconcentradas representaciones vegetales de Angélica Kaak o Alberto Pina, que se tornan ingrávidas y estilizadas en Esther Revuelta; los homenajes dibujados del Inventario cubista de Enric Balanzá o las sugerencias de Dis Berlín para jugar a deslizar el bodegón hacia el retrato, o viceversa. Como en el caso de Galano, en el de José Luis Mazarío, los perfiles del objeto se difuminan en una especie de trepidación casi mística.

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