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Jaime Luis Martín

No queremos que piensen que somos felices

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Texto publicado en el catálogo se la exposición  Sara García "No queremos que piensen que somos felices" Del 5 al 27 de Octubre. Sala Borrón

En toda la obra de Sara García hay un momento transgresor, un punto de desbordamiento del límite, un tono ácido y visceral, un compromiso con lo femenino, una irrupción de lo kitsch rechazando cualquier jerarquía, una cierta voluntad alegórica, un instante irónico, una dramaturgia del montaje y un afán desestabilizador al incorporar al monstruo a su última producción. Esta estética neobarroca sólo puede ser comprendida a la manera como Severo Sarduy entendía el barroco en nuestra época: como una amenaza al espacio de los signos de la economía burguesa. La artista denuncia con sus trabajos una cultura de apariencias, mostrándonos una sociedad falsa que oculta todo aquello que rechaza y fija los lindes de lo permisible –excluyendo a quienes se encuentran fuera de los mismos- en nombre de un orden establecido e inamovible, una sociedad que apuesta por una estética cómoda y unas narraciones que rehúsan cualquier conflicto dando la espalda a la realidad, a la crudeza, agresividad, horror y desolación que nos rodea.
La mezcla y la yuxtaposición forman parte del despliegue iconográfico de esta creadora, una especie de orden del desorden, con piezas tan inquietantes como la montaña de pelo coronada por una vajilla y un pollo asado de plástico, en el que se reúnen lo repulsivo y lo bello, lo monstruoso y lo familiar, lo real y su apariencia, un encuentro fortuito que crea una extraña sensación, en la línea perturbadora de Helen Chadwick con su obra Riza mi rizo (1991), que consistía en un rizo de pelo enroscado alrededor del intestino de un cerdo. Sara García se acerca a lo diferente, a lo extraño, a lo que se sale de la norma, en un intento de horadar la superficie, de visibilizar la cara que se nos oculta con el fin de remover las aguas estancadas, dejando al descubierto nuestra vulnerabilidad.
No se trata de escandalizar, sino de transformar las formas,   con el marco como protagonista de la reflexión, convertido por la burguesía en lo más singular del acto pictórico, aquello que le confiere apariencia y re-presentación. Pero el marco que propone Sara García se encuentra urdido con pelo humano, con el resplandor de una trenza que entrelaza la intimidad y lo repulsivo, lo bello y lo siniestro. O bien elabora una moldura de chocolate que resume la dulzura de la estética actual. Otro marco, realizado con chicles en los que ha quedado la huella de la masticación, busca una reacción vomitiva, confrontando ornamentación y despojo, aceptando que también lo sublime y lo erógeno se encuentran entre las babas.
En este recorrido por lo grotesco, por la parodia, por intentar definir otros soportes simbólicos que garanticen nuevos nodos de comunicación, la artista evoca la pintura, pero ya convertida en arte del patchwork, con unos bodegones, collages, que reprograman la tradición aunque mantienen la fiesta de los sentidos, la prodigalidad material, con la carne del animal cruda o cocida, sangrando, sazonada de teatralidad, expresión de lo doméstico, metáfora de nuestro destino, como protagonista. Estas naturalezas muertas se asocian con la mezcla, con la hibridación, con la mirada babélica, convertida la creación en un amasijo de lenguajes donde tanto monta el punto de cruz como la fotografía, las flores como el solomillo, una escena idílica como la longaniza. Las conexiones que se establecen remiten a diferentes reflexiones, entre las que no se puede obviar que esos alimentos han servido durante siglos para construir un complejo pensamiento visual sobre la transcendencia y la muerte. Sara no esquiva este tema – se hace más evidente en el dibujo de un conejo abierto en canal que muestra las vísceras- pero estas imágenes están cargadas de un gamberrismo crítico que alude a la violencia, al exceso, a la belleza relamida, al maquillaje del cadáver, a la hipocresía y a una estética descerebrada de salón que mira hacia otro lado cuando todo a su alrededor se vuelve desolación.
La ironía vandálica de Sara García se prolonga en una escultura de cerámica policromada que representa a una sirenita posromántica y decadente que emerge sobre un plato de patatas fritas y cuya cola ha sido sustituida por un pollo asado. La pieza no es muy diferente de cualquier figurilla de loza que decora nuestros hogares, pero en este caso el feliz encuentro, de lógica surrealista, entre el cuerpo de la mujer y el pollo se convierte en un abismo decorativo de tonos pornográficos.
No cabe duda de que esta exposición nos sitúa en la inestabilidad, en un laberinto sin ningún centro, en la desesperanza, recurriendo a diversos iconos, fragmentos de historias conocidas, recordadas, para desenmascarar las apariencias, provocar la náusea y descubrir el vacío que nos habita –no queremos que piensen que somos felices- y a partir de esa nada, de esa vacuidad, dejar que nos atraviese lo real, aunque se vuelva insoportable para los sentidos tanta obscenidad.
   










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