AJIMEZ ARTE

Crítica

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Juan Carlos Gea


De paseo por el hiperespacio

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La Laboral se abre a la colección de Francesca Thyssen-Bornemisza, en una exposición inmersiva, sensual y disfrutable, nacida para desafiar convenciones





Publicado en La Nueva España




Francesca de Habsburgo-Lorena, nacida Thyssen-Bornemisza, parece tomarse totalmente en serio dos principios fundamentales sobre el arte contemporáneo. El primero, su misión: desafiar la percepción de lo que tradicionalmente se considera como arte para que el arte pueda, a su vez, desafiar (y ampliar al infinito) la visión que el ciudadano común tiene de su mundo. Y el segundo, que para conseguir eso no es preciso laminar al espectador bajo un alud de discursos cerebrales y pedantes; se trata, más bien, de sumergirlo de un modo que no duda en describir como «sensual» e incluso «divertido» en un universo donde las referencias no son las mismas que en el resto del universo. Ella misma es muy capaz -como lo demostró ayer en Laboral Centro de Arte y Creación Industrial- de defender esas posiciones apasionadamente, con inteligencia y energía un tanto abrumadoras y un don para comunicar que retiene una buena parte de su pasado como modelo y actriz. Pero, sobre todo, habla por ella su portentosa y atípica colección de arte contemporáneo. Y hablará, por fortuna y durante cinco meses, al público asturiano merced a «Pasajes. Viajes por el híper-espacio», una selección de los fondos de su fundación, la Thyssen-Bornemisza Art Contemporary 21 (TBA 21), que desde ayer se puede ver en Gijón en una exposición que quizás haya que ir pensando en calificar de histórica.

Lo histórico está, en primera instancia, en la cimera selección de artistas internacionales seleccionados por los comisarios -Benjamin Weil, por parte de Laboral; Daniela Zyman, en representación de TBA 21-; un «dream team» en el que se cuentan cracks absolutos del arte contemporáneo como Doug Aitken, Ai Weiwei, Olafur Eliason, Maurizio Cattelan, Janet Cardiff, Ernesto Neto, «Los Carpinteros», Pippiloti Rist o Carnsten Höller (y «sólo un español», casi se disculpa Francesca Thyssen, pero poderoso: Sergio Prego). 

Histórica, respecto a los tres años un poco largos de vida del centro, se espera que sea también la convocatoria de una exposición que, al margen de su calidad, llega envuelta en un cierto celofán rosáceo. Pero sobre todo lo está en la afinidad electiva y el presumible principio de colaboración que, sobre la base de una filosofía muy similar de trabajo, Laboral y TBA 21 han sembrado con esta exposición, según confirmaban sus respectivas responsables; un espaldarazo al proyecto de Rosina Gómez-Baeza por parte de una de las personalidades que más influencia tienen en el arte europeo contemporáneo. 
Porque limitarla a la categoría de «coleccionista» no sólo no le disgustaría a la archiduquesa y Princesa Imperial consorte sino que sería sobre todo inexacto. Ella prefiere hablar de sí misma como «productora» y no responde en absoluto al perfil obsesivo-compulsivo del coleccionista que adquiere, acumula y guarda para sí, ni al de la diletante que juega unos cuartos en la azarosa bolsa del arte. «Mi pasión son las ideas; llegar a hacer posibles las ideas de los artistas», confiesa. Y eso resulta ser «Pasajes»: una serie de deslumbrantes ideas materializadas en piezas artísticas de gran poderío físico, las más de ellas espectaculares en dimensiones o efectos, que Zyman y Weil han querido exhibir al desnudo, sin ningún tipo de compartimentación ni escenografía expositiva para «favorecer el diálogo entre las obras» y ponerlas en contacto directo con un espacio tan portentoso como el de Laboral. Exactamente igual que si se estuvieran mostrando en un exterior, una gran plaza o jardín, a través del cual el espectador pudiera pasear para detenerse entre las piezas, no tanto en calidad de obras de arte como de presencias físicas, accidentes del paisaje urbano.

«Pasear». Ahí está la clave. Como su propio nombre indica -en referencia a la gran biblia del deambular urbano, «Libro de los Pasajes» de Walter Benjamin-, la exposición busca que el espectador la atraviese como lo haría en una caminata ociosa por la ciudad, tomándose su tiempo, desplegando los sentidos, entregándose a los detalles y sumergiéndose en la experiencia «para devolvernos», puntualiza Benjamin Weil, «el contacto con una realidad sensual y física en un momento en el que la realidad es, cada vez más, virtual». Respecto a la noción de hiperespacio, poco tiene que ver los atajos siderales a lo Star Wars: alude al concepto acuñado por el crítico de la posmodernidad Frederick Jameson para referirse al espacio dislocado y confuso propio de cierta arquitectura contemporánea en el que, sin embargo, el cuerpo es capaz de transformar su desorientación inicial en nuevas percepciones de su entorno cotidiano.

La intención de los comisarios ha sido, pues, la de generar un «hiperespacio paseable» en el espacio de Laboral mediante la inclusión en él de entidades sorprendentes: un laberinto orgánico; una especie de gigantesca lámpara kistch construida sobre una columna de madera de la dinastía Ming hallada en un vertedero; un túnel de luz capaz de inducir estados alterados de la mente con el ritmo de sus pulsos luminosos; un foco que, en lugar de iluminarla, sustituye a la bailarina de «strip-tease» en su barra de exhibiciones; la explosión de un muro, congelada en cientos de fragmentos en el espacio; un recinto recamado de espejos huidizos; una vivienda llena de puertas y compartimentada hasta el absurdo... Merece la pena alargar un poco el paseo de fin de semana hasta entrar en Laboral y sumergirse en «Pasajes» hasta que haya que detenerse y -como hizo otro maestro del vagabundeo alerta, Robert Walser- cuestionarse: «Paisaje y gente; sonidos y colores, rostros y figuras, nubes y sol giran como sombras a su alrededor, y ha de preguntarse "¿Dónde estoy?"». 

Y, a ser posible, ensayar algún intento de respuesta

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