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Crítica

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Ángel Antonio Rodríguez

Crónicas del silencio

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Las últimas series pictóricas de Javier Victorero rinden nuevos homenajes a la luz, la calidad y la esencialidad

 





Publicado en El Comercio
«Pintura musical, por lo que tiene siempre de variación sobre unos cuantos temas, una y otra vez asediados, con resultados nuevos, distintos a cada vez. Musical, obviamente, de ‘música’ callada». 

Las palabras de Juan Manuel Bonet para la exposición que Javier Victorero (Oviedo, 1967) inaugura el próximo jueves en la galería Cornión hablan de la coherente evolución del pintor asturiano, pero también subrayan sus constantes: el silencio, la luz, las calidades, los ‘tempos’ pausados y la capacidad de síntesis. 

Hace ocho años hablábamos ya de ‘Pintar la música’ al escribir sobre un incipiente Victorero, que después expondría con éxito en salas de Asturias y Madrid consiguiendo el aplauso de los especialistas. 

Su última presentación fue el año pasado en la sala Robayera de Miengo (Cantabria). Entonces otro crítico muy querido, Santos Amestoy, escribió que nuestro pintor llevaba tiempo tratando de encontrar su ‘verdad’ y enamorándose de esa ‘tradición iluminista’ que aún perdura. Esta nueva exposición gijonesa se dedica a Amestoy, recientemente fallecido. 

Pintura de otra luz, otras maneras e idénticas verdades, entre geometrías donde este ‘poeta de la luz’ que es Javier Victorero sabe componer hermosas melodías con sus azules, verdes, amarillos, rojos y negros que cimbrean, entre compases armónicos, dudas, satisfacciones, miedos, sentimientos y vacíos. Ya cuando en 2004 ganó el Premio de la Junta General del Principado con ‘Jardín para Boticelli’, sus lienzos se ordenaban pasionalmente, entre pinceladasy signos abiertos a otras realidades. 

Desde entonces, como también señala Bonet, Victorero ha seguido demostrando su sensibilidad para el oficio, «depurando, adelgazando su pintura y sus títulos, hasta llegar a la región de concentración y de silencio donde hoy mora». Así se anuncia esta última hornada de pinturas, que nos acerca a una obra tremendamente sólida, construida lentamente, desde la síntesis formal y la fuerza emotiva, mirando siempre al mar, al horizonte, a la noche o el día, a ese mágico instante del amanecer que indica la hora de los ‘Maitines’, rezando al alba. Otras veces, el pretexto compositivo es un ‘Florecer nocturno’, juego vertical, clave para líneas y planos de una dinámica expansiva y jovial. 

Pero también cabe la sempiterna luz negra de Victorero, ese interés obsesivo por el bodegón, con permiso de Zurbarán, Sánchez Cotán o nuestro Luis Fernández, que ha derivado en varias ‘Vanitas’ y otras inquietudes humanas. Son crónicas de un silencio bien entendido, tan intensas como singulares.

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