AJIMEZ ARTE

Crítica

Imagen

Juan Carlos Gea

En la entraña del proceso

0 comentarios

Víctor Esther G. presenta en ATM Naves y ATM Contemporary el resultado de una indagación multimedia en torno a los caminos, las trampas y las posibilidades de la creación artística






Publicado en la Nueva España




 A muchos probablemente les pueda desorientar el nombre del autor: Víctor Esther G. Sin embargo, si han seguido hasta ahora el sólido y muy coherente itinerario de Víctor García (Gijón, 1976), es bastante posible que, simplemente a la vista de la doble instalación con la que artista asturiano residente en Nueva York vuelve a las dos sedes de la galería Altamira, desvelen enseguida que es este nombre el que ahora se encarna en aquel nom de guerre, que encierra una hermética alusión, en clave de homenaje, al nombre de la abuela del artista. 

Y eso que la parte más divulgada del trabajo de García -por la que mereció en su momento espaldarazos tan decisivos como su selección para PhotoEspaña, o su acceso a espacios como Matadero Madrid y Casa de las Américas-, aparece rigurosamente oculta en Nada es nadie (expectativa), la poderosa y al tiempo descarnada intervención que ha proyectado para un espacio singular: las antiguas instalaciones fabriles de Deva, junto a uno de los rincones más bellos de la campiña de Gijón. Allí ATM puso en marcha la pasada primavera una ambiciosa mezcla de taller, espacio expositivo, centro de retiro artístico y, en un futuro próximo, según las previsiones de la galería, también lugar de debate y reflexión en torno al arte contemporáneo, en la que Víctor García sucede a Javier Soto. 

Comisariada por Benjamin Weil y con la colaboración del Universidad de Oviedo y Cajastur, Nada es nadie (expectativa) mantiene un núcleo de constantes respecto a trabajos anteriores de su autor, como la última instalación en la propia galería Altamira, hace cuatro años, cuando bajo un título igualmente intrigante y sentencioso, Tú no eres yo, recurría a la naturaleza como metáfora y matriz de los procesos creativos de todo tipo, al uso de objetos cotidianos y al interés en mostrar desde una perspectiva de vocación conceptual, pero al mismo tiempo confesional, poética y en algún momento nimbada de una sutil ironía, los entresijos de su propio trabajo como artista. 

Nada hay de irónico, sin embargo, sino más bien de sobrecogedor en la serie de fotografías de series anteriores del autor que ocupan uno de los muros de la nave, completamente cubiertas por piezas de tela, como viejos muebles en una casa cerrada; un elocuente testimonio de la negación y el olvido que a veces se hace forzoso arrojar sobre la obra previa, por valiosa y reconocida que esta sea, si se quiere seguir adelante con sinceridad. El conjunto de recuadros cegados y enmudecidos invocan una presencia espectral, pero presencia al fin y al cabo, que está en el centro de la instalación. 

Al pie de esa fantasmal galería de imágenes silenciadas, siguiendo la alargada configuración de la antigua nave, Víctor Esther G. ha dispuesto cuatro vitrinas con otras tantas miradas hacia distintos hitos en el itinerario de su propio método. La primera contiene una colección de cámaras de fotografía y video y otros útiles ópticos, expuestos con la misma pulcritud y casi reverencia con que se los exhibiría en un museo en una -aquí sí- irónica llamada de atención hacia la fetichización de determinados medios de creación, a menudo revestidos de una patente de credibilidad que no guarda relación con lo sustancial de aquello que finalmente producen. 

Otras dos vitrinas muestran -o más bien insinúan- el recurso del artista a un archivo de imágenes, una especie de tesoro iconográfico que se va nutriendo con las imágenes recolectadas en la propia vida: imágenes cotidianas, iconos culturales o artísticos que configuran la mirada tanto como la excitan y le sirven de punto de partida para la creación; o presentan unas cuantas diapositivas junto al bastidor de su proyector, quizá como comentario a lo obsoleto de ciertas técnicas y, de nuevo, como metáfora del descarte, de lo que se supera y queda atrás, casi como un resto arqueológico de la creatividad. Pero la más poderosa y enigmática de las cuatro vitrinas es la que permanece totalmente vacía; un comentario, quizá, sobre los hiatos y los huecos de la creación, los momentos en blanco y las detenciones, o, en tono más trágico, sobre el final de cualquier proceso en términos de insatisfacción, expectativas no colmadas o incluso destrucción y olvido absolutos. 

Todo ese conjunto está envuelto en una doble proyección que añade el elemento natural que no suele faltar en el trabajo del gijonés: un vídeo sincronizado que aparece en dos superficies simultáneamente -al fondo de la sala, desbordando una de las paredes y lamiendo la techumbre de ladrillo y madera del recinto-, y en el costado de la primera vitrina. La ambigüedad es máxima: el fuego genera combustión, irradia luz y calor, pero también incendia y consume todo cuanto alberga la nave. 

Además del trabajo exhibido en el mismo lugar donde realizó la residencia, el artista ha ocupado la galería de la calle de la Merced con otras tres piezas flotantes en un espacio casi vacío: una escultura que presenta, en tres planchas de plexiglás transparente, los colores de la tricromía RGB («Red-Green-Blue»), los tres primarios a partir de los cuales se sintetiza el resto de los colores y, en particular, el sistema de imagen de vídeo del mismo nombre: la materia misma de la creación visual tal como la practica el artista. A su lado, dos proyectores enfrentados, uno muy cerca de otro, se proyectan mutuamente la misma imagen, basada en esos tres colores: un circuito cerrado, absorto como en una cópula -el autor habla de «proyectores copulantes»-, que emite agónicamente pero cuya emisión se anula y no desborda hacia el mundo, como arruinando las expectativas que encerraban en sí mismos los colores de la escultura. 

La claustrofobia y la agonía que encierra esa sencilla pieza se convierte, de nuevo, en ironía, en un video en el que un paisaje natural se acaba revelando como la filmación de una fotografía del artista fijada en la pared: no tanto un trampantojo como un comentario sobre las limitaciones y las posibilidades de la realidad y la representación.






Volver

Comentarios

No hay comentarios a esta critica

Si lo deseas, puedes enviar un comentario a critica:

Envía esta referencia