23-01-2010 / Revista de prensa
Donde habita el misterio
Desde que se jubiló, hace ya diez años, trabaja obsesivamente en sus pinturas sobre tela y sus delicadas serigrafías sobre papel. En el estudio de Oviedo reposan estos días sus trabajos más recientes, que en abril presentará en Madrid
Publicado en El Comercio
Ángel Antonio Rodríguez
Sosiego y reflexión. Serenidad y misterio. Dialécticas comunes, íntimas, que inspiran a quien logra penetrar el 'sancta santorum sanjurjiano', donde el sol y la lluvia comparten protagonismo sobre los altos lucernarios de este gran piso ovetense, reformado y ampliado. La sobriedad arquitectónica del local, en la calle Valentín Masip, contrasta con el desorden (controlado) que generan las decenas de cuadros, los centenares de libros y el sinfín de herramientas de trabajo, mientras las plantas se multiplican cada temporada, invadiendo rincones. Un espacio enorme que, sin embargo, resulta abigarrado cuando tratamos de seguir los pasos de Bernardo Sanjurjo (Barres, Castropol, 1940) por estos aleatorios pasillos que comparten su soledad. A Sanjurjo le gusta el retiro cotidiano, y ama el silencio pero, seis años después de fallecer su esposa, Francoise Peron, aún no se ha acostumbrado a ciertos vacíos. «Es inevitable», dice, «que hoy reflexione más sobre la vida, el paso del tiempo y esa verdad rotunda e inmutable de la muerte. Y supongo que estas experiencias se advierten en mis útimas pinturas». Con frecuencia le visitan sus hijos, sus nietos, sus numerosos ex alumnos, poetas y artistas que respetan a este veterano de lujo del circuito astur cuya obra más reciente (2007-2009) se presentará el próximo 13 de abril en Madrid, en la gran exposición que está preparando el Círculo de Bellas Artes bajo el comisariado de Fernando Castro Flórez. Allí se colgarán sus últimos lienzos y varias carpetas de serigrafías realizadas con versos de poetas cercanos al pintor, como Antonio Gamoneda, Marcos Canteli, José Miguel Ullán y Olvido García Valdés. Licenciado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y doctorado después en la Universidad Complutense, Sanjurjo ha llevado su constante formación a varios frentes. Primero, hacia sí mismo, para beber de los clásicos y estudiar los grandes maestros de las vanguardias y las nuevas corrientes estéticas que revolucionaron el arte internacional en el siglo XX. Luego, hacia sus miles de alumnos, durante su paso como profesor por la Escuela de Artes Aplicadas de Madrid y, desde 1973, en la Escuela de Oviedo, donde fue director desde 1975 a 1990. Quince fructíferos años que renovaron la escuela ovetense, revitalizando y dinamizando departamentos y talleres. Pintor, grabador y muralista, suyos son los grandes paneles del vestíbulo del Hospital Central de Asturias y de la Facultad de Humanidades, bajo una estética que entronca con una pintura heredera de las grandes firmas del expresionismo abstracto norteamericano. En su largo currículo hay más de setenta exposiciones individuales e innumerables proyectos colectivos. También es conocido como autor de los pavimentos pictóricos de la gijonesa plaza del Humedal, que restauró recientemente. «La primera intervención, con resinas de poliéster, no tuvo el mantenimiento que habíamos previsto. El tratamiento actual es más duradero; estoy contento con el resultado, pero la obra casi me vuelve loco y el asunto de los 'resbalones' más. Había cierta 'psicosis' al respecto en Gijón. Ahora no habrá problema, siempre y cuando respeten el mantenimiento». Lejos de las polémicas, hoy le interesa la introspección, este aislamiento voluntario en su taller, con algunos viajes de 'estudios' y constantes escapadas a su pueblo natal. «En Barres, mientras cuido de mi anciana madre junto a mis hermanas, disfruto de una vida retirada. Tenemos un pequeño bosque y un jardín que, como dicen los canteros de la zona, estoy diseñando 'a sentimientu'. Vamos, que lo hago de forma bastante caótica. Pero me encanta. Camelias, robles, castaños y abedules me ocupan durante días». Desde su jubilación, hace diez años, las jornadas transcurren lentamente, entre música clásica y libros acumulados por doquier. «Alterno los ensayos de arte con la novela. Ahora estoy con 'Lo que viene', de Paul Virilio, y con 'Estambul. Ciudad y recuerdos' de Orhan Pamuk». Sosiego, reflexión y misterio, también llenan sus pinturas recientes. «Al mundo del arte le falta serenidad», afirma. Sus obras abogan por la esencialidad poética, la energía, la meditación y el gesto. «Es un agradable colofón a mi carrera porque dispongo de horas suficientes para escoger papeles, trabajar con los lienzos, hilar unas piezas con otras... sin prisa. Es una aventura constante donde, a veces, lleva más tiempo el trabajo previo, la meditación, que el hecho de ponerse a pintar. En realidad, todo forma parte de un proceso. El problema es concebir el camino porque, en el fondo, hablamos de buscar la verdad». Tras admirar la obra que llevará a Madrid le advertimos que será, sin duda, su exposición más contundente. «¡Pues yo estoy 'acojonao'!», sentencia. Pinturas de grandes formatos, la mayoría verticales, que juegan con colores negros, verdes y rojos sin remilgos ni amaneramientos. «La pintura es una experiencia vital, un acto implícito al tuétano del artista. Hay que 'vomitar' las cosas que te preocupan, identificarte con ellas y contar tu vida con tu obra». Lo mismo hace en sus series serigráficas, tan efectivas como hermosas, que en los últimos años han alcanzado su punto álgido. «Entiendo la serigrafía más allá de su carácter técnico. Debe permitir al pintor traducir su propia pintura. Pero no me interesa la 'cocina', sino los contenidos». Un escrupuloso método de trabajo le lleva a veces a emplear, a veces, más de diez tintas por plancha, haciendo que las aterciopeladas texturas se desparramen sobre el papel. Capas de materia ungidas de veladuras infinitas. Un lujo para los sentidos. «La honestidad es fundamental. Yo procuro volver a empezar cada temporada y no 'fabricar' obras; escapar de la mímesis y el aburrimiento. Cada artista opta por 'su' mundo, es preciso creer en algo. Saber lo que quieres precisa toda una vida». Norteño y lúcido, Sanjurjo genera imágenes orgánicas que reclaman una contemplación pausada y nos recuerdan una verdad suprema: toda sombra indica que en un lugar cercano resplandece la luz.
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